Ahí entendí que la cosa era en serio, que me tenían que operar… “Mierda —no paraba de pensar—, ¡me van a quitar una hueva!”.

Todo empezó en 2009, a los 28 años, en un viaje familiar. Me estaba bañando cuando me pareció que tenía el testículo izquierdo más grande de lo normal. Pero como uno siempre se mete en la cabeza que todo está bien por allá abajo, me hice el loco. El problema fue que empecé a sentirme incómodo cuando caminaba. Claro, estaba cada día más grande. Me sentía literalmente huevón.

El paseo se acabó y yo dejé pasar una semana antes de ir al médico. Hasta que un día me levanté y tenía la hueva del tamaño de una pelota de tenis. No estoy exagerando, era inmensa. Ahí sí me asusté. Lo único que sabía de tumores hasta ese momento era que no duelen. Y, en efecto, cero dolor. La vaina pintaba mal. El urólogo Germán Briceño me revisó y me pidió que me sentara para darme la noticia: “Sí, tiene un tumor el berraco —me dijo—. Toca operarlo esta noche”.

Horas después, en una ecografía, me enfrenté por primera vez al tumor. Veía las imágenes en una pantalla, como cuando le muestran su hijo a una mujer embarazada. Primero pasaron por el testículo bueno, que se veía blanco, radiante. Después, por el otro, negro e hinchado. Era como el mal supremo de El quinto elemento, que en la película es un círculo oscuro con fibras arrugadas y capas como ásperas. Afortunadamente todo eso lo sacan en la operación: el testículo, el conducto, las fibras arrugadas, todo. Y uno se despierta con la pelvis dormida. De hecho hoy, cuatro años después, todavía hay una partecita que no se me ha despertado.

Yo había oído que la gente que pierde una pierna, por ejemplo, sigue sintiéndola. Pues con una hueva pasa lo mismo. Es como si la mente necesitara un tiempo para asimilar la amputación. Y cuando esa sensación termina es más raro aún: como uno está acostumbrado al roce inconsciente con las piernas, se siente diferente. No sabría cómo describirlo, pero es distinto.

Uno de mis miedos cuando recibí la noticia era que después de la operación mi vida sexual fuera a cambiar. Pero nada, todo en orden, todo firme. Los testículos no tienen nada que ver con la potencia. Con una sola hueva funciona al pelo. Hasta se ve igual, pues la que queda se reacomoda en la bolsa y listo. Lo único diferente es que se eyacula menos.

Otro de mis miedos era no poder tener hijos. Pero tampoco. Uno puede tenerlos sin problema. Lo que pasa es que como a mí me hicieron quimioterapia porque el cáncer había hecho metástasis en el pulmón, preferí consignar en el banco de semen por si el tratamiento me afectaba la parte reproductiva.

Y ese es otro tema, la quimio, que la puedo resumir así: el médico Juan Carlos Arbeláez me recomendó, sin leer ninguno de mis exámenes, un tratamiento de radioterapia que me habría matado, pues según otros expertos ni siquiera atacaba el problema del pulmón; el oncólogo Hernán Carranza sí hizo la tarea y me recetó la quimioterapia que me salvó la vida; las sesiones duraban hasta ocho horas y me volvían pedazos; la fuerza la sacaba no sé de dónde, tal vez de la compañía de mis amigos, de mi familia y de la que era mi novia en ese momento; el día que Carranza me dijo “estamos limpios” sentí como si me hubiera graduado de Harvard… qué va, mucho mejor.

Hoy no tengo rollo con eso de tener una sola hueva. De hecho, le conté a mi novia la primera vez que salimos y me río cuando mis amigos me dicen “monohueva”. Eso sí, siento que tengo que dar gracias porque el cáncer me dio en una parte del cuerpo que uno se ve y se toca todos los días. Una parte que, la verdad, ya no me hace falta.

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