Cuando joven viajaba a Cartagena y Estados Unidos, iba a la universidad en carro, mi casa era una de las más grandes del barrio y nunca me faltó la plata. Toda la fortuna de mi familia se debía a que éramos dueños de Torino, una compañía de metalurgia donde trabajé algunos años ganándome tres millones mensuales, mucha plata para la época. Para ese entonces manejaba un Mercedes y vivía con mi esposa e hijas en un apartamento en Rosales, un penthouse de unos 220 metros cuadrados.

En 1989 vendimos Torino y compramos una siderúrgica donde trabajé hasta que la liquidamos. Monté una empresa de plásticos con unos amigos y otro socio —a quien yo no conocía—, para importar bodegas prefabricadas de Estados Unidos y Canadá. La empresa no funcionaba bien, a mi parecer debido a este nuevo socio. Extrañamente él mismo logró convencerme de que los incompetentes eran mis amigos.

Decidimos separarnos de ellos —mis amigos— y fundar una empresa con un préstamo del banco por 150 millones de pesos. Mi socio viajó a Canadá supuestamente para arreglar unos problemas con nuestros distribuidores, y creó una compañía propia a donde pasó la representación canadiense que teníamos. El tipo se borró del mapa. Me dejó con la enorme deuda que quise pagar con la venta de mi empresa de plásticos, plata destinada a pagar deudas personales.

Tenía 39 años, me presenté a varias entrevistas y no conseguí trabajo. Ya con tres hijas, estaba separado. Vendí el Mercedes y el BMW que tenía, y me fui a vivir a la calle 122. Mi segunda esposa se dio cuenta de que la riqueza que me quedaba era para pagar deudas y se fue de la casa con mi otro hijo. Un amigo me ofreció trabajo vendiendo estructuras metálicas, con un sueldo de 400.000 pesos mensuales, pero no me alcanzaba para vivir donde estaba. Tuve que mudarme a la calle 147 con 20 donde, lejos de mi apartamento en Rosales, empecé a vender perros calientes, de ocho de la noche a tres de la mañana, en un carrito que me prestaron en Industrias Praga, fabricantes de embutidos. No me iba bien y pasé a vender chorizos con arepa en concursos de equitación, me dejaba unos 100.000 pesos de ganancia por fin de semana. Allí me encontré muchas veces con caras conocidas que me apoyaban comprando varios chorizos cada vez que me saludaban.

El negocio de los chorizos era rentable y en el CESA me ofrecieron manejar la cafetería. Me ganaba un millón de pesos mensuales, hasta que cambiaron la entrada principal, y mi negocio quedó escondido. Tuve que cerrarlo. Mi papá me ofreció trabajo como administrador de un parque de diversiones en un centro comercial del sur, por 80.000 pesos por fin de semana. De ahí pasé a vender adornos de Navidad en un Renault 4 usado que compré, hasta que me lo robaron con toda mi mercancía adentro. Con lo poco que me quedaba y sin haber pagado los meses de arriendo que debía, compré unos juegos inflables que puse en diversos bazares y que llevé a un festival en Villa de Leyva. Allá un ex cuñado me ofreció posada durante un año, tiempo en el que tuve permiso para poner los juegos en la plaza principal, pero a los tres meses me sacaron, alegando que se veían muy feos. Traté de llevarlos a Paipa, pero era más lo que me gastaba en transporte, hotel y comida, que lo que lograba ganar con los inflables.

Llevaba un año sin ver a mis hijas, y conseguí trabajo en un cultivo en Tocancipá, por 700.000 pesos, vivía en una pequeña casa en los predios del cultivo. Los domingos iba a Bogotá a visitar a mis hijas, y las invitaba a comernos un sándwich en algún parque de la ciudad. Cuando regresé a la capital arrendé una habitación en la 106 con 18, en una casa donde vivían prostitutas y algunos travestis con quienes tenía que compartir el baño. Mis amigos se desaparecieron durante esta época y mi familia no me apoyó, en parte porque venía teniendo disputas con mi papá y mis hermanas.

Un día fui al CESA a revisar mi correo electrónico —era el único lugar donde tenía acceso a internet gratuito— y me encontré con una oportunidad de negocio con inmuebles que mi amigo Santiago Sáenz, experto en finca raíz, me ayudó a explorar. El negocio no se dio, pero Santiago me propuso que lo ayudara a arrendar un apartamento y lo logré en el año 2000.

Empecé a meterme cada vez más en el mundo de la finca raíz junto con Santiago hasta que en 2004 me independicé y seguí con mi actividad. Alquilé un cuarto en la 76 con 14 y luego un pequeño apartamento en la 67 con 5. Compré un Mazda 323 que les dejé a mis hijas, y actualmente tengo un Mazda 626 y una Nissan Pathfinder. En el 2004 pude viajar a Estados Unidos nuevamente y el año pasado estuve en Madrid visitando a una de mis hijas, que estudia en Europa. Hoy en día estoy tranquilo porque encontré una actividad que me gusta, estoy al día con mis deudas, y aprendí que más que la plata o la opulencia prefiero aprovechar lo que uno tiene, así sea poco, sacándoles jugo a todos los momentos de la vida, por más sencillos que estos sean.

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