A pesar de que nunca lo tuve, o precisamente por eso, el artista plástico Aldo Chaparro está construyéndome un brazo nuevo. El año pasado le fue asignado un pequeño patio del MoMA de Nueva York para que expusiera un proyecto. En ese mismo tiempo yo me encontraba en la India, en la ciudad fantasmal de Benarés, donde decidí arrojar al Ganges, al lado de los cadáveres que pasaban flotando alrededor de mi barca, la prótesis que intentaba sustituir mi brazo derecho. Sin embargo, una vez que regresé a mi casa en México empecé a experimentar una sensación de pérdida que me impedía la movilización absoluta a la que estaba acostumbrado. Es decir, esa sensación de vacío dificultaba, mentalmente, realizar algunas conductas que me eran imprescindibles. En cierto momento advertí que lo que me hacía falta era la artificialidad que había estado presente en mi cuerpo durante todos los años, casi todos los de mi vida, en que porté un brazo artificial. Pero a pesar de que sentía la necesidad de ese brazo no quería volver al mundo de la ortopedia, de donde habían salido casi todos los adminículos utilizados hasta entonces.
En ese ámbito, por lo general, en lugar de resaltar lo artificial se busca esconderlo. Algunos años atrás, en Berlín, había realizado un experimento en ese sentido, donde busqué llevar hasta el límite lo falso presente en un brazo de esta naturaleza: un famoso mascarero decoró el agresivo garfio que usaba entonces con una serie de piedras de fantasía. Cuando tuve claro que mi próximo brazo tenía que venir necesariamente de la plástica recurrí a Aldo Chaparro, quien ideaba su proyecto para el MoMA, y pensaba que debía girar en torno al cuerpo humano y sus búsquedas de supervivencia. Con tal idea ya había construido una casa portátil para homeless, un urinario con agujeros para quienes tenían la necesidad irrefrenable de sostener sexo clandestino, una caja de madera de cuerpo entero, dotada de música y luces de diferentes colores, donde las personas podían ingresar para escapar del mundo cotidiano. De esa forma ideamos una serie de brazos y manos posibles, que al mismo tiempo tuvieran una función práctica —existe un esbozo para construir un miembro capaz de portar de manera oculta un celular, una navaja suiza, un iPod, un minúsculo lapicero y un exhalador de gases para prevenir cualquier agresión— se presente como una propuesta artística.

La propuesta quizá sea hacer del accidente, de la marca que establece el vacío alrededor de mi brazo derecho, un hecho comunitario. He decidido que aquella característica deje de pertenecerme exclusivamente a mí para convertirse en un hecho que involucre al resto. El artista Aldo Chaparro haría las veces de un curador. El hecho plástico, estético, sería rodear el elemento supuestamente faltante de una máxima artificialidad. El proyecto se abriría a otros artistas para que, a partir de ciertas normas, completen de manera colectiva el silencio de la ausencia. Siento que una acción semejante es similar a cuando un autor entrega un texto a una editorial.

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