“La realidad es una desagradable impresión producida por la falta de alcohol”, leí una vez en la pared de un bar de Bombay, y la verdad es que de inmediato me precipité a la barra y pedí una ginebra nacional doble (Bombay azul), pues hacía calor y eran ya pasadas las once de la mañana, hora universal aceptada por la iglesia y los rabinos y John Cheever y algún que otro psicoanalista dipsómano para entrar en acción, destapar la botella y evacuar a ese genio que esconde cada una por dentro y que siempre nos ofrece mucho más que tres deseos, tantos como grados etílicos o atardeceres solitarios de viejas películas en blanco y negro. Y digo también atardecer porque, citando a Vila-Matas, “cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”.

¿Qué hacen los abstemios a esa hora, a cualquier hora? Toman una foto con el celular, beben un té de menta, rellenan algún impreso, hablan por teléfono. Los he visto en todas partes y en el fondo sé muy bien lo que hacen: se vigilan, vigilan el mundo. Una amiga me lo confirmó: “Acostarse con un abstemio, después de una velada, es como hacer el amor con un inspector de rifas, juegos y espectáculos —dijo—, ¡se acuerdan de todo!”. Es verdad, el abstemio toma nota y se acuerda, y mira obsesivamente el reloj para saber qué hora es en el mundo.

Porque ser abstemio, en el fondo, es recordar y saber en todo momento qué hora es y cuánto falta y cuánto va a durar.

“Es hora de tomarse un buen trago”, dicen los personajes de Graham Greene en cualquiera de sus novelas, siempre a las once de la mañana. No importa si están en un barco (Los comediantes) o en Liberia (El revés de la trama) o en Saigón (El americano impasible). Es la hora del coctel o el trago seco, de la introspección, del recogimiento. O de la charla. Las cosas que se dicen con un trago en la mano son más profundas y las promesas son de vida o muerte. Las ideas se afilan, por eso dice Fitzgerald: “Muy pocas cosas resisten un examen a las tres de la mañana”, hora a la que solo se llega sosteniendo un vaso, que es el hacha de Thor de las madrugadas frías. Las tres de la mañana. “La hora en que los moribundos entran en agonía y la iglesia se llena de demonios” (cito de memoria a Ernesto Cardenal). ?El abstemio nada sabe de estas cosas: a esa hora, él duerme porque muy temprano va al notario, y lo hace porque desconfía de todo el mundo. Por eso quiere levantarse muy temprano y releer el contrato varias veces (cualquier contrato) y le grita a su secretaria si un desconocido lo llama por teléfono.

Porque ser abstemio, en el fondo, es estar siempre de un genio terrible. Y no es para menos.
“El alcohol es el peor enemigo del hombre, pero Dios dijo: ama a tus enemigos”, teorizó Frank Sinatra. ¿En qué creen los abstemios? Creen en cosas concretas y les preocupa el pasivo pensional. Pero, por encima de todo, creen en la oferta y la demanda; también creen que pueden demandar a todo el que involuntariamente cometa una infracción o contradiga una ley (incluso la de la gravedad), así no sea grave y esté arrepentido. ¿Se arrepiente un abstemio? Jamás, porque nunca se equivoca ni se ausenta. Él siempre está ahí, vigilante, y es la realidad la que cambia, no él. A la realidad le da jet lag, no a él. Su moral y la realidad son una misma cosa porque nunca se mira desde el balcón del frente. Beber, en el fondo, es mirar la propia vida y a sí mismo desde el balcón del frente. El abstemio se mira en el espejo y mueve la boca hacia atrás y hacia adelante, y odia comprobar que pasa el tiempo. Ser abstemio es odiar el tiempo y temer la vejez y creer que la muerte no existe, que es algo que solo les pasa a los demás. ¿Cuál es el Vaticano del abstemio? Yo lo sé porque los conozco y los he visto entrar y salir de ahí. Es un edifico rectangular y lleno de hollín con un desvencijado aviso sobre la entrada: Contraloría General de la Nación. Si el bebedor tiene su bar, el abstemio tiene su despacho público. ¿En qué oficina perdió ese hombre su juventud o su pelo, y su amor a la vida?

En el fondo, muy en el fondo, el abstemio y el bebedor tienen algo en común: están solos y tienen miedo. Pero el abstemio es muy bueno para las matemáticas.?Porque ser abstemio, en el fondo, es saber siempre, en todo momento, en cuánto va la cuenta: de los tragos que no toma y de la ruidosa o poética soledad de los demás.

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