Sí, nací hombre, pero en realidad soy mujer. La verdad es que nunca me identifiqué con el sexo que me tocó. Desde niño supe que algo no estaba bien, no me sentía cómodo con esas imposiciones de género que intentan meterte en la cabeza. El problema es que para muchos el genital te determina. Y no: hay mil maneras de ser hombre o mujer. Ser parte de un equipo o del otro tiene que ver con una construcción personal y con unos roles sociales. Yo, por mi parte, nunca entendí por qué no me podía vestir igual a mi hermana o hacer las mismas cosas que ella. Mis papás querían que hiciera cosas “para machos”, como meterme al equipo de fútbol del colegio. Pero el caso estaba perdido.

Empecé a tener una actitud afeminada desde los 5 años. Me acuerdo de que mi papá me pilló con un vestido de mi hermana y me gané un castigo. Eso fue muy fuerte para mí; tanto que de ahí en adelante intenté disimular lo que era. Vivía muy presionado, pues no sobraban los comentarios como: “Este niño es muy raro”, “hay que obligarlo a comportarse como un hombre”, “tenemos que volverlo niño”.Mi infancia fue muy difícil, a veces era el hazmerreír, me molestaban y me agredían. Cuando me preguntaban: “¿Y usted qué es?”, yo respondía: “Femenino”. Se burlaban sin que yo entendiera por qué. En la adolescencia tuve un sinnúmero de problemas; si cuando era pequeño nadie se quería relacionar conmigo, a los 16 o 17 años, menos. En este punto mi orientación sexual era más visible y empecé a decirle a todo el mundo que yo me llamaba Laura. Era muy chistoso porque llamaban a mi casa y preguntaban por Laura y mi mamá decía: “¿Y quién es esa tal Laura?, ¡la llaman todo el día!”.

En esa época también me vestía como mujer a escondidas. Recuerdo que mi mamá encontró unas medias veladas y preguntó que de quién eran, mientras cantaleteaba “como en esta casa no se sabe”. Yo creo que ellos, en el fondo, ya sabían pero se hacían los locos. Sin embargo, traté de cambiar lo que tanto les molestaba. Tenía una amiga que me decía: “Si me enseña a caminar como usted, yo le enseño a caminar como un hombre”. Y comenzamos el aprendizaje para que la gente me aceptara. Traté de salir con mujeres y fue imposible, no me gustaban. No sabia ni cómo coquetearles. Confieso que sí tuve mi “fanaticada”, algunas se enamoraron de mí, era curioso. Conocí a la primera de ellas en un campamento y al final me pidió el teléfono. Comenzó a llamarme y un día me dijo: “Quiero ser tu novia”. Quedé aterrado y le colgué.

A los 20 años tuve mi primer novio, mi familia no sabía. En ese momento comencé a travestirme, vistiéndome como mujer de vez en cuando. También empecé a tomar hormonas: antiandrógenos y estrógenos. Con estas pastillas comencé a sentir cambios de ánimo, me volví más sensible, te vuelves “ventiochudo”, pues los niveles de testosterona se reducen a lo mínimo. La esperma comienza a cambiar (se vuelve más líquida), el crecimiento de los vellos es menor y comienzan a presentarse leves cambios en la voz. A esa edad me fui a vivir a Israel persiguiendo mi sueño de ser rabino y, aunque terminé estudiando Historia, la experiencia me dio fuerza para contarle todo a mi familia.

Volví a Colombia con la decisión de hacer una transformación de sexo. Al poco tiempo fui diagnosticado por un psiquiatra con disforia de género. Con esa certificación inicié el tratamiento de feminización y pude ajustar mi cuerpo a lo que siempre había querido. Hace tres años me puse implantes de mama, al parecer mis hormonas se habían equivocado, pues un pecho me creció más que el otro. La operación te genera una sensación extraña, es lógico, ahora tienes algo nuevo, sientes presión en el pecho. Pero bueno, con el tiempo uno se acostumbra y todo se vuelve tuyo. Al año, me sometí a una cirugía de cambio de sexo, pues no me sentía a gusto con lo que me veía. Nunca logré tener un vínculo cercano con mi genitalidad, existía pero me incomodaba.

La recuperación duele mucho, duré unos 20 días en la cama y tres meses sin poder realizar actividad física. Cada cuerpo es diferente y a mí me fue bien. En mi caso particular, no sentí mucho la diferencia, yo siempre oriné sentada, eso no cambió. No era algo que no tuviera, lo que hice fue modificarlo. Contrario a lo que la gente piensa, “no te quitan ni te ponen nada”, utilizan lo que ya tenías y lo transforman. Lo único que te retiran son los testículos, todo lo demás lo utilizan para realizar el cambio, es una cirugía funcional.

Mi vida sexual cambió, hoy tengo relaciones placenteras. Ahora un orgasmo es un corrientazo que me pasa por todo el cuerpo, es una cosa diferente a lo que sentía antes. La suavidad de mi piel es otro cambio que he podido notar. Un dato realmente curioso es que los transexuales envejecemos más lento que los demás por la ingesta diaria de hormonas. Además, es importante aclarar que, en algunos casos, nuestra edad biológica no concuerda con la emocional, pues uno empieza a quemar todas las etapas de la vida (adolescencia, juventud, adultez) desde que adopta el nuevo género.

La operación no es necesaria para ser feliz, pero me ha permitido ser más auténtica y proyectarme como siempre había querido. Hoy trabajo en el Centro Comunitario LGBT brindando apoyo en temas de derechos humanos y liderando un grupo de apoyo a personas transexuales. Gracias a esta lucha he podido romper varios estigmas y decirle a la gente: “Oiga, yo existo, nosotras existimos”. Y no, no caminamos por la carrera 15 en tacones, somos mujeres comunes y corrientes.

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