Todo ocurrió por la época del Mundial de Francia 98. El técnico de la Selección en ese momento, el Bolillo Gómez, me acababa de sacar de la lista de convocados. Fue algo que no entendí, porque nunca tuve un problema con él, y fueron mis goles los que finalmente nos clasificaron al Mundial. Con la Selección todavía en París me tocó regresar a Colombia. En ese momento logré que un conocido me prestara una finca espectacular que tenía una piscina con vista al lago Calima. Tan pronto llegué de Europa a Bogotá, me monté en otro vuelo hacia Cali, donde mi hermano Martín me estaba esperando en un Mercedes Benz y una Toyota Burbuja con Pirry, Papelito (que en paz descanse) y un par de amigos más. En ese momento solo quería pasar un buen rato y olvidarme de todo lo que acababa de suceder.

Cuando paramos en una tienda para hacer el mercado, conocí a una de las mujeres más bonitas que he visto en mi vida. Quedé loco, me encantó. Era una peladita de Cali espectacular, pero ahora no me puedo acordar de su nombre. En todo caso, la invité a mi casa para que nos tomáramos unos tragos. Lo único que respondió fue que ella escogía la música. Y, efectivamente, tan pronto llegamos a la casa de mi amigo, lo primero que hizo fue poner trance, que en la época era un género popular, pero que a mí me aburría mucho. A la media hora no me aguanté más y puse un poco de salsa. De una me amenazó con que si no cambiaba la música, ella se iría, pero por más bonita que estuviera esa niña, yo no lo hice. Desafortunadamente nunca más me volví a encontrar con esa mujer tan linda, hasta que un día la vi en una de las primeras portadas de la revista SoHo. Y yo que la dejé ir y me quedé tomando. Las cosas de las que se pierde uno en la vida...

Me acuerdo que ese día vimos el partido de Colombia contra Túnez, cuando Léider Calimenio Preciado metió el único gol en ese Mundial. Fue una sensación muy extraña, porque me alegré mucho por la victoria de mis compañeros, pero me dio muy duro no haber podido jugar con ellos. Mientras veíamos el partido, nos pusimos a tomar. Para la ocasión habíamos comprado aguardiente y whisky Old Parr, que siempre lo tomo en copa y sin hielo. Cuando estoy bebiendo, a mí nunca me da por llorar o por ponerme violento. La verdad, el trago solo me da sueño, pero ese día fue diferente y la parranda nos duró hasta las cinco de la mañana, y eso que empezamos a tomar como al mediodía.

Al día siguiente, el guayabo fue tenaz, no tanto por el dolor de cabeza y la maluquera en general, sino porque lo único en lo que pensaba era que ya nunca más iba a poder participar en un Mundial. Supongo que no había tenido tiempo para darme cuenta de que ya no volvería a jugar con la Selección y que acababa de perder mi última oportunidad para brillar por mi país.

Cuando estoy enguayabado, normalmente me da por no contestarle el teléfono a nadie, y ese día no fue la excepción: desconecté todos los teléfonos de la casa y me tomé una changua, la mejor cura para cualquier guayabo, que mi hermano me había mandado preparar. Al rato me sentí un poco mejor y me puse a jugar billar pool. Sin embargo, nunca me pude quitar el malestar de perderme el partido contra Inglaterra. Por eso, lo único que me quedó por hacer fue meterme en la piscina,  seguir tomando whisky y pensar en la mujer que dejé ir. 

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