A las 6:00 de la mañana del viernes 18 de agosto de 1989, escuché que mi padre salía de su habitación y se dirigía a la mía. Estaba uniformado y listo para salir a las instalaciones del Departamento de Policía Antioquia, donde ejercía el cargo de comandante. Llegó hasta la puerta de mi cuarto para despedirse con un cariñoso “chao, vago”. Fue la última vez que lo vi.

Quince minutos después fui a la habitación a saludar a mi mamá, que estaba escuchando RCN. Luego salí a alistarme para ir al colegio, cursaba mi último año de bachillerato. Minutos más tarde, mi madre gritó el “NO” más desgarrador y doloroso que jamás en mi vida he escuchado y que, aún hoy, oigo en mis pesadillas. Su grito fue suficiente para saber que el cartel de Medellín había cumplido su cobarde amenaza de atentar contra la vida de mi padre, después de varios intentos de asesinarlo, uno de los cuales resultó en la infortunada y equivocada muerte del entonces gobernador de Antioquia, Antonio Roldán.

Mi mamá me decía, con desespero e insistencia, que mi padre estaba herido. Mi reacción fue correr a la mesa de noche de mi papá para apagar el radio. Creo que ese fue el primer acto de negación de su muerte, pero también admito que fue un acto de temor; no quería saber cómo había sido el atentado. Mientras escuchaba a mi mamá llorar y decir repetidas veces: “Él está bien, solo está herido”, me llené de valor y prendí el radio. Escuché la voz de Juan Gossaín diciendo: “Repetimos la noticia de última hora que se origina desde Medellín”, y le pedía al periodista que informara de nuevo. “Hacia las 6:15 de la mañana, un grupo conformado por cerca de ocho sicarios que se movilizaban al parecer en dos carros asesinaron al coronel Valdemar Franklin, comandante del Departamento de Policía Antioquia…”. Apagué el radio y tuve que confirmarle a mi mamá la fatal noticia.

Ante el llanto inconsolable de mi mamá y sus recurrentes preguntas “¿por qué nos haces esto, Dios?, ¿por qué lo permitiste?”, reprimí cualquier sentimiento de dolor y me dediqué a consolarla, repitiéndole insistentemente que nunca la dejaría sola y que la protegería siempre. Sabía que mis palabras eran insuficientes ante su indescriptible dolor, pero a mis 17 años eso era lo único que podía ofrecerle a una persona que acababa de perder para siempre el verdadero y único amor que había tenido en la vida.

El teléfono empezó a sonar hacia las 6:30 de la mañana. Recuerdo mucho la llamada de Claudia, mi hermana mayor, desde Bogotá. Con toda la calma del mundo me dijo: “No te preocupes, vamos a salir adelante. Viajo más tarde a Medellín para estar con ustedes”. Sus palabras fueron una voz de aliento, me brindaron ánimo y seguridad en un momento en el que uno piensa que la vida ya no tiene sentido.

La primera persona que llegó a la casa fue el coronel Antonio Sánchez, quien para esa época era el comandante de la Policía Metropolitana de Medellín. Visiblemente consternado y llorando me decía: “¿Por qué su papá no me hizo caso?, ¿por qué no tenía escoltas?”. Permanecí callado y ni siquiera fui capaz de llorar.

A partir de ese momento, los hechos fueron muy confusos. Hacia las 7:30 de la mañana, nuestra casa se llenó de amigos, de militares, de policías y de otras personas que no conocía. Tuve que fungir de “anfitrión” ofreciendo sillas para que la gente se sentara en la sala cerca de mi mamá para darle el pésame, contestando el teléfono que no dejaba de sonar, indicándoles a las personas dónde podían encontrar un vaso o hacer café y buscando el uniforme de gala de mi padre para preparar su cuerpo para la ceremonia de velación y de entierro.

A mi edad pensaba que las personas que vivían este tipo de tragedias tenían licencia para expresar públicamente sus sentimientos. Sin embargo, mi mamá permanecía sentada en la sala. Me preguntaba cómo podía tener ese aplomo y tranquilidad frente a tantas personas que le daban su pésame, sin siquiera derramar una lágrima. En ese instante comprendí, con el ejemplo de mi mamá, el significado de la palabra dignidad.

A las 10:30 de la mañana, mi hermano Carlos llegó a la casa. Precisamente ese año había ingresado a la escuela de oficiales de policía General Francisco de Paula Santander. Tenía el uniforme de cadete, y debido a su parecido físico con mi papá, no pude contener mis lágrimas. Fue la primera vez que me percaté de que mi padre ya no estaba con nosotros, y suplicaba con todo mi corazón que alguien también pudiera abrazarme y consolarme. Nunca olvidaré ese abrazo.

Al mediodía salimos en una inmensa caravana de carros y de escoltas con destino a la iglesia del comando de la Policía Metropolitana de Medellín, donde se hizo la primera ceremonia religiosa. De ahí nos dirigimos al aeropuerto Enrique Olaya Herrera con destino a Bogotá, donde se realizó la ceremonia de velación y, al día siguiente, el entierro.

Padre, han pasado 25 años desde tu muerte y han sido muchas las experiencias que he tenido que vivir sin tu compañía y sabio consejo. Pero te confieso que el día que más te extrañé fue cuando nació mi hija: ¡tu nieta Emilia! Hoy que soy padre, valoro más que nunca tu amor, porque con él siempre me sentí protegido; tu comprensión, porque con ella me enseñaste que uno tiene derecho a caerse, pero también tiene el deber de levantarse, y tu sacrificio, porque con este nos mostraste que un padre siempre estará dispuesto a dar hasta su vida por el bienestar de su familia. Tal como lo hiciste por la tuya, así como por la de miles de colombianos para librarlos del flagelo del narcotráfico.

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