Cuando Diego llegó al centro médico La Pradera, en Cuba, el 18 de enero del año 2000, su condición de salud era muy delicada. Sufría una grave afección cardiaca con un cuadro de hipertensión y arritmia ventricular, todo como consecuencia de su adicción a la cocaína. Estaba enfermo, con casi 20 kilos de sobrepeso y un aspecto descuidado. Todavía recuerdo algo que le dijo a la prensa, meses después de su arribo: "Llegué muerto pero a los 15 días mi corazón ya funcionaba en un 48%".

Para lograr una mejoría tan rápida lo sometimos a un tratamiento cardiovascular intensivo a base de medicamentos y terapia de rehabilitación física. El centro de salud de La Pradera atiende patologías y no adicciones, por lo que nuestra misión específica fue tratarle su estado cardiológico. Debo decir que el largo tiempo que pasó con nosotros Diego Maradona se comportó como un excelente paciente, respondiendo con delicadeza y disciplina a todos los planteamientos del grupo de médicos que lo cuidábamos. Quizá esa conducta positiva tuvo que ver con el hecho de que llegó a Cuba no por imposición de nadie, sino por propia voluntad.

Él nos decía que en La Habana se sentía protegido por los cubanos que lo trataban como una persona del común, le demostraban cariño y respeto, pero sin idolatrarlo. Vivía muy tranquilo, sin estrés y en un ambiente familiar que lo ayudó a recuperarse. Los únicos que lo acosaban en forma permanente eran los periodistas internacionales cada vez que Diego salía de la clínica, ya que el régimen que seguía era ambulatorio.

En La Pradera, Maradona ocupaba dos bungalós con mucama y cocinero propios, atención médica personalizada y un contacto cotidiano con el resto de los pacientes para participar de terapias y charlas grupales. En un principio lo acompañaron sus padres, además de Claudia Villafañe, en ese entonces su esposa, con sus dos hijas, Dalma y Giannina, el médico personal Alfredo Cahe y Guillermo Coppola, quien ideó un sistema muy particular para incentivar a Diego a bajar de peso: cada miembro de la familia debía anotar en una cartulina que estaba pegada en el comedor su respectivo peso día tras día. El que más adelgazaba recibía un premio, y el que más engordaba, un castigo. Así, Diego logró rebajar en un principio hasta 6 kilos siguiendo una dieta de pollo, pescado, verduras y frutas.

Con el correr de los meses comenzó a recibir visitas de todo tipo: amigos personales, deportistas cubanos como el atleta Javier Sotomayor, con quien trabó una gran amistad, pero ninguna tan impactante como la del comandante Fidel Castro, quien desde el comienzo se mostró especialmente interesado en la salud de Diego.

En la medida en que él iba mejorando desde el punto de vista cardiovascular, también se incrementaron sus actividades deportivas. En especial la práctica del golf, un deporte del que se apasionó aquí en Cuba, a tal punto que se pasaba entre seis y ocho horas diarias jugando en un campo cercano. Incluso muchas veces lo hacía en la noche con pelotas fluorescentes.

Hoy a la distancia se ve como un hombre nuevo, recuperado, que parece mucho más joven, y eso a nosotros los cubanos nos alegra mucho. Nos da mucha satisfacción que hayamos aportado algo en su recuperación y estamos seguros de que en su nuevo cargo de entrenador de la selección argentina de fútbol va a triunfar.

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