Al bajar la escalera, me encuentro de frente con él. Siempre es impresionante verlo, como si el simple saludo pudiera ser un acto fantástico, un momento metafísico. De alguna manera lo es; estamos en la entrada de la casa de mi padre en Coyoacán. Atravesando libros y cuadros, nos acercamos. Él camina muy erguido como siempre y sus inefables botas de cuero, hechas a la medida, taconean contra el piso de cantera que caracteriza a tantas casas de esta zona de México. Una vez estamos cerca, me abre sus ojos grandes y suelta su alegórica sonrisa que ya no es solo la de un hombre feliz, es la de un viejo sabio y en ella carga la alegría, el asombro y la admiración de todo el mundo occidental. Al verla, inmediatamente me vienen a la memoria tiempos pasados.

Cuando era niño, mientras hurgaba en la biblioteca de mi familia, encontré una fotografía en la que aparecía mi abuelo, Álvaro Castaño, vestido con un frac impecable y abrazado a un hombre en piyama blanca luciendo la sonrisa más sabrosa que yo hubiera visto hasta entonces: la sonrisa era más elegante que el frac. El marco era grueso y pulido, importante, y su lugar era el centro de la repisa designada para las fotografías emblemáticas, talismanes antiguos, amuletos, y la India Catalina, claro. Le pregunté con curiosidad a mi abuela: “¿Quién es él? ”, señalando al hombre en piyama. “Es Gabo”, me dijo. “¿Y en dónde están?” “En Estocolmo. Está a punto de recibir el Premio Nobel”.

Esa sonrisa quedó grabada en mi memoria y es la misma que Gabo luce hoy mientras pasamos al comedor.
La mesa está perfecta, las tortillas calientes, descorchamos la champaña, que es lo que más le gusta tomar hoy en día, después de muchos años de mantenerse fiel al whisky. Se la toma con un cubo de hielo, para hacerla más ligera y mantenerla fría. Antes que nada, levanta la copa y la quijada para brindar. Primero mira a los ojos a Mercedes, por supuesto, y a su hijo Gonzalo, que vino desde París a visitarlo. En la mesa somos ocho personas y el ambiente es muy familiar. El que conoce México sabe que todo gira en torno a la mesa. Se come tarde y se acaba tarde. Pero, sobre todo, se come bien. Y ahora estamos frente a un plato de chiles en nogada y es difícil decidir qué es más placentero, si comer o ver a Gabo comer. En su cara se desdoblan los sabores del chile poblano con salsa de nuez relleno de carnes y frutas, acitrón y el rojo de las granadas. Es importante resaltar que la comida es uno de sus placeres favoritos y lo hace con suma elegancia y ganas incuestionables. Mirando el plato que dibuja los colores de la bandera mexicana, insiste en su frase: “Ser mexicano no es un gentilicio, es un signo del zodíaco”. Y es que los mexicanos dicen que Gabo les pertenece, pero no es sino que diga unas palabras para sentir la brisa en la cara y ver una piragua en la arena. Es el puro costeño gozón y descomplicado.

Ya entrados en chiles y conversaciones mundanas, alguien le pregunta cómo está su comida. “¡Buenísima, pero ya me piqué!”. Y yo, que soy aficionado al picante, le digo: “Qué va, Gabo, estás muy viejo”. Y él se voltea y me responde haciéndome pistola con la mano derecha. Afortunadamente aprendí hace unos años que cuando uno está sentado con García Márquez tiene que estar siempre con la cámara engatillada.
La comida pasó apacible y entendí que ese era un día cotidiano en la vida de los Gabos. Visitando alguna casa o restaurante, transitando la ciudad en donde escribió Cien años de soledad, en donde formó su biblioteca y trazó cuidadosamente el gran laberinto de amigos que hoy comparten su vida. Las conversaciones son sobre el mundo, Colombia, las mujeres… sobre todo las mujeres, sin que nadie le haga cuestionarios y, sobre todo, sin hablar de política. ¿Para qué? Él ya está por encima del bien y del mal. Sé que se pasea por las noches con la Gaba, al lado de Genovevo, su chofer de toda la vida, que frecuentemente los lleva al bar Siqueiros, en donde canta los boleros y los vallenatos que de memoria evoca. El público espera el momento adecuado para empezar un peregrinaje ritual hacia la mesa del maestro, con la ilusión de tomarse la foto del recuerdo, llevarse una firma o tan solo estrecharle la mano y agradecerle por haberles hecho la vida, simplemente, mejor. Con frecuencia hace una pregunta sencilla y de la respuesta compone un poema en la dedicatoria.

Como la vez que premonitoriamente le escribió a Andrés Jaramillo: “Andrés Carne de Res, en donde entran dos y salen tres”. Recuerdo esta frase ahora porque en estos días Andrés le mandó 5000 mariposas de papel. Me pareció el regalo perfecto y supe de inmediato que eran el símbolo adecuado para las fotos que acompañan este texto.

Dos días después de nuestro almuerzo en Coyoacán fui a verlo a su casa. Las calles del pedregal de San Ángel parecían enmarañarse adrede, como diciendo que solo puede llegar quien esté invitado. Finalmente lo logro y estoy ahí en la Calle de Fuego, frente a la enredadera que trepa las paredes de su casa. La puerta se abre y está su secretaria y mano derecha (la Gaba es su espina dorsal). Ella es Mónica y desde hace diez años les ayuda a ordenar una rutina que nunca ha dejado de ser ajetreada, recibiendo llamadas de Bogotá, España, Francia y no me extrañaría que a veces desde Aracataca. Mónica es tan simpática como todas las personas que los rodean y me invita a seguir. Atravesamos la sala plagada de flores, cuadros y esculturas. La decoración es limpia y fresca: hay una mezcla de arquitectura colonial campesina, típica del arquitecto Manuel Parra, con remodelaciones más bien minimalistas. Todo es blanco y las ventanas enormes dejan ver el jardín que sirve de antesala para el lugar mítico: su oficina, en donde reposa el computador. 

Al entrar, veo paredes repletas de libros, estanterías con decenas de premios y los reconocimientos más prestigiosos que existen en el mundo de las letras. Para mi sorpresa había hasta un galardón de Playboy que llamó mi atención. Sobre una mesa de centro, una edición gigantesca de Cien años de soledad recibe a los invitados. A su lado hay un recipiente con arena tipo japonés, lleno de piedras, cada una con el nombre de una de sus novelas escrito a mano y el año de publicación. 

Al seguir, entro en una segunda habitación y ahí está don Gabriel. Sentado, elegantísimo. Traje negro de rayas grises y sus gafas pesadas que le ayudan a leer un periódico que, aunque ya no analiza de la misma manera, lo mantiene al tanto de los sucesos del mundo. Nos saludamos y me pregunta: “¿Cuánto me vas a pagar por las fotos? Porque yo cobro caro”. Le respondo que depende de si me deja usar sus mariposas y, como un mago, saca un puñado de mariposas amarillas de su bolsillo. “¿Estas?”. Él no tenía la menor idea de que yo quería usarlas para esto. Y así arrancamos una sesión que parecía más bien un juego. Gabo ya no habla tanto como solía. Espera los momentos precisos para hacer un chiste corto y casi siempre genial. Me hace pensar que, después del arte, de la revolución, de la pobreza y la riqueza, después del exilio y hasta del Premio Nobel, lo único realmente importante es el amor y el humor. Pregunta: “¿A qué horas es que vamos a comer? Que si no me llevan, me voy solo por ahí”. Y después de una hora de estar entregado a mis fotos, me interrumpe y me dice: “¡Ven! ¡Para! Vamos a ver la buganvilia que ya está empezando a florecer”.

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