Ahí. En plena carrera 23 de Manizales estaba Mi Libro. Una librería atendida por su dueño sobre quien pesaba una leyenda maléfica: era comunista, o filocomunista o criptocomunista. No importa. Portaba una maldición.

Con frecuencia entrábamos a ojear, a acariciar, a oler los libros arrumados en estantes cuyo orden solo él conocía. Encontré un ladrillo sobre filosofía marxista y lo compré como quien roba un primer beso furtivo o fisgonea a una reina de belleza que se desnuda.

Para aquellas calendas, a mis 15 años, carecía de capacidad intelectual para digerir el tocho monumental y abstruso. Pero allí permanecía escondido en mi mesa de noche como un compañero encubierto.

Un día mi madre, católica ferviente, encontró el libraco. Lo expropió sin indemnización. Se dirigió al padre Belisario, uno de mis profesores, quien recomendó la hoguera en la cual pereció sin contemplaciones. Me quedó una rara nostalgia: una nostalgia por un vacío que nunca estuvo lleno por mi incapacidad de descifrarlo. El vacío del vacío. También un sabor a rebelión inorgánica. Una cierta tensión en la nuca que no pasaba de ser una vaga insatisfacción informe y borrosa. Por aquella época escribí un cuento, El peso del Meridiano. Una letárgica molestia permanente que acongojaba a un habitante de Greenwich. Una angustia diluida en pequeñas dosis producto del peso del Meridiano. Algo así sentía yo en aquella etapa.

No ayudaba la rígida disciplina impuesta por mis profesores en un colegio de la Arquidiócesis, adobada con una enorme dosis de culpabilidad. Todo placer era culpable, en especial aquel que recalaba en los genitales. Placer que, entonces, se entreveía magnificente y diabólico. Una guerra entre ansias ignotas y culpas presentidas.

Fue por ese entonces cuando en unos ejercicios espirituales, el padre Arcuza, jesuita, dibujó a la mujer como enviada de Lucifer. ?Huid de la mujer —nos dijo—. La ecuación mujer-placer es la perdición de la humanidad?.

Con esa imagen ominosa en mente, leí varias encíclicas y documentos vaticanos. Allí descubrí que el placer erótico estaba confinado al estricto límite del matrimonio católico, siempre y cuando, además, estuviese enderezado a la procreación.

Promediaba el bachillerato. Solía estudiar en casa de José Escobar. Su padre, ya fallecido, guardaba en su biblioteca las obras completas de Stekel, psiquiatra austríaco. En mis ratos de descanso comencé a pasearme por sus páginas, ilustradas con casos clínicos a la vez espeluznantes y deliciosos. Descubrí que, al contrario de mi creencia, las mujeres ejercitaban el placer a tutiplén. Algo se derrumbó en mi interior. Quedaron flotando escombros que solo vine a recoger después.

El otro ángulo: los sábados íbamos en brigada a trabajar en la construcción de viviendas populares. Un programa auspiciado por monjas claretianas. De cierto modo era una especie de redención para aquellos fantasmas que flotaban en mi cabeza.

Ya comenzó a dibujarse una estructura: un entramado de insatisfacción y de protesta. Ensortijada en él, la idea creciente de que el mensaje de Cristo había sido utilizado de manera desleal para iniciar una guerra sin cuartel contra el placer. Además, la percepción de que el mensaje de Cristo estaba más cerca de mis trabajos sabatinos al lado de los desposeídos que de los dogmas vaticanos.

Comencé a acumular evidencias del entramado principal: una estructura de poder basada en el temor a la condena eterna, poder que desde lo espiritual se transvasaba hacia lo mundano mediante un imperceptible flujo capilar, una cierta ósmosis entre el poder terrenal y el poder celestial.

Aún sin mucha claridad estratégica, se fue asentando una idea: la necesidad de limpiar, de barrer, de descombrar, de romper. Salir del ahogo. Cayó en mis manos Más allá de las cadenas de la ilusión, de Fromm. Allí estaba la cita de Marx sobre el papel de la crítica histórica: no arrancar las flores imaginarias de las cadenas para que el hombre las soporte, sino para que las rompa y brille la flor viva.

Es en ese contexto en el que surge el nadaísmo. Una voz fresca, un collage luminoso, no siempre orgánico, una colección de destellos, un llamado a la libertad.

Caí allí como abeja al panal. En ese momento, como algo más instintivo que razonado. Claro que el instinto fue siempre un componente vital del nadaísmo. Yo era una generación más joven. No hice parte del estado mayor. Fui un monaguillo de la causa. Más una labor de propaganda que de producción. El aire conventual de Manizales, además, dificultaba una tarea mayor. Un escrito mío en el periódico Juventud me hizo objeto de amenaza de expulsión del colegio. Medió mi profesor de Filosofía, el padre Aristizábal, quien salvó mis estudios.

Pero aquí surge el punto central de la meditación: ¿qué momento misterioso es el que hace que vidas paralelas, con características comunes, tomen caminos diversos en la vida posterior?

Tomemos el libro de León Valencia Mis años de guerra. Un periplo semejante hasta el momento crítico de tomar la decisión de la lucha armada. No es el único caso. Presidí el Consejo Estudiantil de mi universidad y en esa condición asistí a las asambleas de la Federación Universitaria Nacional hasta el momento en que Carlos Lleras la ilegalizó. En ese mar de ideales comunes compartidos por miles de muchachos, llega el momento de la verdad, por llamarlo de esa manera. Quienes nos quedamos en la legalidad tomamos el camino del reformismo, más audaz en unos que en otros, pero en todo caso en el escenario de las ideas liberales que, día a día, se han venido acentuando en mi talante. Pero, en cambio, otros muchos fueron a la lucha armada y su deriva marchó en dirección contraria: a mayor rebeldía y violencia, también mayor cercanía a esquemas totalitarios. Extremos que se tocan. Respuesta intolerante contra la intolerancia original.

Del nadaísmo queda el sustrato central: la mente abierta, el deseo de experimentar, el terror al dogma, la búsqueda incesante de la libertad, el derrumbe del mito.

Ahí sigo.

Y ahora, en Cuba, buscando afanosamente la paz, creo que continúo el mismo camino. El de la búsqueda de la verdad, el del repudio a la violencia, el de la tolerancia, el del respeto a la diferencia.

Buscando que mis nietos no tengan que vivir bajo El peso del Meridiano que en estas breñas no es la metáfora de juventud, no es el meridiano de Greenwich. Es el abrumador meridiano de la violencia.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.