Sin embargo, la rabia seguía viva en ella y por eso hizo el amague de que le iba a pegar con su cartera. Pero Garzón siempre tenía una salida inteligente, así que, disfrazado de mesero y recitando fragmentos de Cien años de soledad, les pidió disculpas, que no sin dificultades fueron aceptadas.

Un par de meses antes, Jaime Garzón se encontraba con algunos amigos, entre ellos Enrique Santos, en el apartamento de uno de ellos, en Bogotá. Era 1991 y el gobierno del presidente César Gaviria se encontraba en conversaciones con las Farc, el ELN y el EPL para llegar a un acuerdo de paz. Esas negociaciones tuvieron lugar, primero en Venezuela, cuando ese país estaba gobernado por Carlos Andrés Pérez, y luego en México, en la ciudad de Tlaxcala.

Los amigos estaban hablando sobre el tema de la paz cuando a Garzón, secundado por Santos, se le ocurrió hacerle una broma al nobel de literatura García Márquez. Santos tenía el teléfono de la casa de Gabo en Cartagena y, aprovechando las habilidades de Garzón para imitar a personajes de la vida nacional, en especial al presidente Gaviria, decidieron llamar.

Al otro lado de la línea se oyó la voz de Mercedes Barcha y la conversación fue más o menos así:

—Señor presidente, cómo le va, ¡qué alegría oírlo!

—Lo mismo le digo, pues a mí no tan bien como a ustedes, que me han contado que andan construyendo un palacete allá en Cartagena. 

(Ese año García Márquez construyó una casa en la ciudad amurallada, diseñada por el reconocido arquitecto Rogelio Salmona) 

—Pues sí, pero no tan grande como el que usted tiene por acá, señor presidente… 

(Haciendo referencia a la casa de huéspedes de la Presidencia) 

Después de terminados los saludos, García Márquez pasó al teléfono. Gaviria, es decir Garzón, le comentó, muy preocupado, que las conversaciones que se estaban llevando a cabo en Venezuela atravesaban por una grave crisis y que necesitaba de su colaboración urgentemente.

García Márquez había participado como mediador en las conversaciones de paz entre el gobierno de Belisario Batancur y el M-19, y ya era una persona muy reconocida y respetada. Por eso, Gaviria (Garzón) lo convenció de que su apoyo era crucial y le consultó si, como primera medida, podría reunirse con el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez.

García Márquez cayó redondo. Accedió a ayudar y quedaron en que, al otro día, Gaviria le enviaría un avión privado para llevarlo directo a Caracas. Concertado el tema y dadas las gracias, el falso presidente se despidió del nobel.

Después de las risas nerviosas que invadieron la reunión de los amigos, a Enrique Santos le pudo más su cargo de conciencia y decidió “delatar” al humorista. Llamó a Gabo y cuando le contó que era una broma de Garzón, casi le cuelga el teléfono. Se puso muy, muy bravo y ni qué decir de su esposa, Mercedes, que solo unos meses después y ante un Garzón casi arrodillado, aflojó una sonrisa y pudo, finalmente, perdonarlo.

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