Es conocida como “El mecánico dental” o “Sonría ya” y fue elegida por mis seguidores en internet como la mejor que he hecho.

Era el año 1990 y yo llevaba poco tiempo haciendo bromas telefónicas para la televisión. Por esos días había encontrado un anuncio en el periódico en el que un dentista ofrecía servicios y tratamientos odontológicos inverosímiles, como “cromo cobalto sin ganchos” y cosas así. Algo sabía yo sobre el tema porque ya me había jubilado como gerente comercial de Odol, una marca de productos de higiene corporal y bucal muy popular en Argentina. Entonces vi una oportunidad de hacer la broma.

Llamé. Pregunté por el doctor encargado diciendo que tenía un primo hermano que había ido a ese lugar a hacerse un tratamiento y ahora se le estaba cayendo la dentadura. El dentista era un tipo muy nervioso y cuando me escuchó quiso colgarme de inmediato y me dijo:

—Perdóneme, ¿cuál es su problema? Dígame rápido que tengo que estar trabajando…

—No, rápido no. Usted me tiene que atender, ¿cómo mierdas me dice “rápido”?

Desde ese momento todo salió como esperaba. El hombre empezó a ponerse más pesado y cuando reiteré que a mi supuesto primo hermano se le estaban cayendo los dientes, me respondió: “Dígale que se pegue la dentadura, ¿sabe con qué?, con saliva”. “Ah ¡qué guarango que es usted, hijo de la gran puta!”, le respondí y de ahí en adelante la conversación se convirtió en un tiroteo de insultos con el dentista cada vez más exaltado y yo tratando de contener la risa.

Luego, dije cosas más graves: “¿Estás nervioso? ¿Querés que vaya hasta allá y te cague a trompadas?... Si por la voz y por el tono se te nota que sos un afeminado… ¡Ponete de perfil, hijo de puta!”, a lo que el tipo respondía con expresiones que para la época tenían connotaciones clasistas y racistas, como “sos un cabecita negra”, “seguro que vos sos hincha de Boca” y pavadas de ese estilo, y hasta llegó a tratar de convencerme de que me estaba hipnotizando por teléfono, de inculpar a su secretaria, que fue lo más ridículo de todo. Tartamudeó, dijo que llamaría a la comisaría y después de ocho minutos ‘hablando’ por teléfono cortamos la llamada.

Para mí había sido una broma como cualquier otra y no esperaba que se convirtiera en el fenómeno que fue. De repente, en la calle las frases comenzaron a circular entre la gente y las usaban con más frecuencia en sus propias conversaciones. Algunos de los programas en los que yo trabajé por entonces eran censurados por los contenidos, las malas palabras y las groserías, pero eso le encanta a la gente y el caso del dentista fue el más popular.

Al poco tiempo, la broma se convirtió en una grabación de culto. La gente —los que me reconocían— me felicitaba, me preguntaba por mi primo hermano, que no existía, y fue tema de conversación entre personajes muy conocidos de los noventa, como el expresidente Carlos Menem, que decía que no podía hacer sus viajes presidenciales sin tener en el avión una de mis grabaciones, o Luis Alberto Spinetta, el Flaco, quien se declaraba mi fanático, me invitó a cenar en su casa en algún momento y con el tiempo nos hicimos buenos amigos.

Sin embargo, comprobé que había sido una gran broma por el criterio de alguien más importante: el de mi esposa. A Nora la conozco desde que éramos niños y en todo ese tiempo no le simpatizaba mucho lo de las bromas. Comencé grabando algunas en casetes, en 1964, para alentar a Sixto, un amigo que estaba enfermo por un tumor en la cabeza y se la pasaba postrado en una cama. A todo el que llegaba a visitarlo se las mostraba, todos se desternillaban de risa, pero Nora no. Quince años después, cuando yo mismo me enfermé de hepatitis y retomé lo de las llamadas para animarme a mí mismo, Nora tampoco se mostraba muy entusiasmada con la idea. Pero cuando corrí a mostrarle la grabación de “Sonría ya” fue completamente diferente porque esta sí la hizo reír.

Al dentista no lo conocí, como no conocí a muchos a los que les hice bromas, aunque me buscaban, la mayoría diciendo que eran ellos los que me iban a cagar a trompadas. Hace dos años me retiré oficialmente del mundo del espectáculo por problemas de salud, después de haber hecho más de 130 shows en teatros de Argentina y Uruguay y vender muchísimas copias de CD con mis grabaciones.

Ahora vivo en Buenos Aires con Nora, estoy a punto de cumplir los 97 años, tengo tres nietos y dos bisnietos, me veo con algunos de los buenos y pocos amigos que hice como bromista y recibo cartas de gente que me escribe comentando las grabaciones y lo mucho que los hace reír. Eso me sube el ánimo. Eso, y hacer alguna broma de vez en cuando.

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