En 1994 se deterioró el panorama político y la economía también empezó a caer. Para ese entonces tenía dos proyectos en construcción; ya con la inversión hecha y las cartas jugadas, varios de los clientes retiraron sus inversiones porque creían conveniente tenerlas fuera del país, una de las medidas que tomaron varias personas para prevenir mayores pérdidas.

En esos años inicié mi aprendizaje de crisis, con una lección: "Sin importar lo difícil de la coyuntura, siempre hay que honrar la oferta de valor". Contacté a los bancos con los que tenía créditos de línea constructor a corto plazo y reformulé la forma de pago a quince años "cuota supermínima". Pero, ante todo, había que cumplirles a los que invité a la fiesta y tampoco les estaba yendo bien. Llamé así a mis contratistas y proveedores, al ornamentador, al de los tapetes, a todos, y les firmé con mi socio pagarés de mi puño y letra en los cuales nos comprometíamos a pagar todo en término de meses.

Aprendí que es tanto o más importante pagarle al eléctrico o al carpintero, quienes dependen de mi cumplimiento para mantener a su familia y su negocio, como a los grandes acreedores o inversionistas. Para lograr esto, trabajé mucho y dormí poco, dos o tres horas al día. Reflexionaba, hacía análisis y me levantaba a hacer cuentas, con cabeza fría, sin llegar a la desesperación. Gracias a algunos ahorros y al respaldo incondicional de mi esposa, logré saldar todas mis deudas.

En esta situación tan critica, llamé a quienes me conocían de tiempo atrás, entre ellos a mi antiguo jefe en los ochenta, que para esa época estaba vinculado a Ospinas y Cía. S.A. como vicepresidente. La respuesta fue "venga y me ayuda". Su generosidad y la de la compañía, me salvaron la vida. Entonces aprendí algo realmente valioso: que en condiciones tan críticas como aquellas, se conocen el verdadero talante y el valor de las personas, y solo por este camino se construyen relaciones duraderas y de confianza.

Entré a Ospinas y Cía. S.A. en 1996, y me encontré con una gran empresa que, como todo el gremio, pasaba por una situación difícil. La historia se repetía: cúmplales a los bancos, a los acreedores, a los contratistas, y así salimos de eso poco a poco.

Aprendí de la crisis que en este negocio no solo se trata de comprar y vender activos, sino que las compañías deben construir valor por encima del simple y plano P&G y además deben tener la capacidad de aprender a interpretar los inevitables ciclos del negocio y de la economía. Al salir temporalmente de Ospinas, empecé a construir colegios y ciclorrutas para el distrito con otra constructora que, como muchas, amansaba la crisis. Con proyectos que no estaban precisamente dentro de nuestro típico ejercicio de la profesión, seguimos adelante.

En últimas, debo decir que la quiebra me enseñó cosas fundamentales: saber que las verdaderas compañías y líderes de este negocio deben lograr adaptarse a cualquier situación y que las buenas empresas se conocen en los momentos de dificultad. A darme cuenta de que quienes quedan al final de todo siempre son la familia y los verdaderos amigos. Y, por último, a andar a pie o en bus, porque con la quiebra vendí mi carro, pero gané muchísimas cosas más valiosas.

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