La derecha es la ley de la gravedad. Decía André Gide que “hay que seguir la propia inclinación”. Pero agregaba una advertencia: “Con tal de que sea en subida”. La derecha no tiene esos escrúpulos: prefiere ir en bajada, dejándose llevar, o incluso en caída libre; y de ahí los horrores de la extrema derecha fascista y nazi. Pero aquí estoy hablando, claro, de la que llaman derecha civilizada. La cual, aunque contradictoria en los términos, existe.

Seguir la propia inclinación en subida, en lugar de dejarse llevar por la facilidad, es la pretensión luciferina de la izquierda: contrariar las leyes naturales, la voluntad de Dios, la fuerza del destino, mediante el uso de la voluntad humana, que es tan poca cosa, pero es propia. Pero me piden que escriba un artículo sobre lo que me gusta de la derecha, no sobre lo que creo que es la izquierda. Y me dice el director de esta revista que me van a pagar. Eso, por ejemplo, me gusta de la derecha: que ahí pagan. Pagan mal, pero pagan. Una publicación de izquierda me hubiera pedido el artículo gratis: “Por solidaridad con los compañeros, compañero”.

De la derecha me gusta el arte, campo en el que la izquierda ha sido casi completamente estéril. Me saldrán con el cuento de que Picasso era miembro del Partido Comunista francés (el cual le pidió que dibujara gratis la famosa paloma de la paz para su periódico L’Humanité); pero eso es una anécdota, no una prueba. El gran arte ha estado siempre al servicio de la derecha: del poder y de la religión. O, para decirlo más apropiadamente con la fórmula del Antiguo Régimen, “del trono y del altar”. Eso también es natural: el arte necesita para florecer el abono de la riqueza, que está allá. Y es por eso que en el campo de la plástica la izquierda solo ha producido caricatura política, que se burla del poder, de la religión y de la riqueza: Goya, Hogarth, Daumier. Pájaros sueltos. En cuanto al arte oficial de la izquierda en el poder, el realismo socialista soviético, o su imitación china, siempre fue un horror.

En cambio, el arte oficial de la derecha dio maravillas, desde los faraones. Vayan a ver la Capilla Sixtina que pintó Miguel Ángel para un papa, o los retratos de reyes y de infantas de Velázquez, o los de grandes burgueses de Rembrandt y de Hals. Y otro tanto ocurre con la gran literatura, desde Homero, que se ha hecho para cantar la gloria de los dioses y celebrar las hazañas de los héroes. Aunque también a veces para contar las penas de los injustamente abandonados, desde el Libro de Job hasta el teatro de Samuel Beckett, pasando por Cervantes, por Dickens y por Hugo. Y la gran arquitectura también está allá, en los templos de Egipto y de Grecia, en las mezquitas de Estambul y de Córdoba, en las catedrales y los palacios de toda Europa. Repito: porque allá está el dinero, que en estas cosas suele ser más eficaz que la solidaridad. Allá están, como soñaba Baudelaire, el orden y la belleza, el lujo, la calma y la voluptuosidad. El caviar beluga. Los vinos de Romanée-Conti a 10.000 euros la botella. La bisque de langosta.

Pero tal vez lo que más me gusta de la derecha son sus mujeres. Porque a mí me gustan de todas las edades, y con ellas sí que resulta certera desde el punto de vista de la estética la frase manida sobre ser izquierdista a los 20 años y conservador a los 40. Para una mujer, los 20 años son la edad de la radicalización revolucionaria: la de quitarse el sostén y quemarlo, pintarse el pelo de azul, hacerse tatuajes y ponerse piercings en las cejas o en el ombligo. Todo está permitido: hasta esa absurda exigencia feminista de ser ordenadas curas de la Iglesia católica. Pero todo eso no es ya recomendable, ni posible, a los 50, aun cuando hay insensatas que se siguen mandando extirpar costillas o han caído en la tentación sin retorno de inyectarse bótox. Error, irreparable error. Los 50 años de la mujer son los indicados para empezar a preocuparse por conservar lo que tiene, o lo que le queda de lo que tuvo.

El arte, la literatura, las mujeres, las cosas de beber y de comer. En realidad lo único que no me gusta de la derecha es la derecha misma.

¡Ah! Y Margaret Thatcher.

Por eso soy de izquierda.




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