Los anillos de matrimonio, tal como están concebidos, no sirven para nada. Además son feos. Pero ya que están y son aceptados como la prueba contundente de que un día cualquiera alguien que solía ser normal se golpeó el cráneo y decidió casarse, lo que simboliza tendría que ser más elocuente. O sea: "Tengo un anillo, luego ya estoy asignado a alguien, luego, si intento levantarte, no te confundas: no soy yo, son solo mis neuronas que cada tanto mueren chamuscadas en las llamas de mi estupidez". O algo así. El problema es que el anillo se saca, se esconde en el bolsillo o se olvida en el baño. Por eso no sirve como prueba de nada, más que de mal gusto. Yo creo que los hombres casados tendrían que usar un anillo permanente que fuera tan visible como un ojo de vidrio o una cicatriz de arma blanca en pleno cachete. Porque a falta de buen olfato animal, el ser humano necesita de códigos muy claros para distinguirse: los del anillo permanente son casados, los que se sientan en la barra están ponchados, los que se peinan con gel son maricas, por ejemplo. Lo que no puede seguir sucediendo es ese atentado brutal y constante contra toda forma de la estética: que un tipo casado se disfrace de soltero y se zambulla cual Flipper en la oscuridad de una noche de levante. Porque convengamos en que si hay algo grotesco entre la fauna masculina que pulula en una noche de levante —dejando de lado los pantalones talle alto—, son esos personajes. Y no sé si alguien se los dijo, supongo que sí, que están hartos de oírlo, pero acá va de nuevo: un hombre casado, aunque se saque el anillo, apague el celular, se ponga un arito, mastique chicle y se manosee el bulto cual chico rebelde, siempre va a pelar el cobre. ¿Saben por qué? Porque el problema no es que sean casados sino que son idiotas. Quiero decir, solo un idiota niega a su mujer o finge una crisis del carajo que involucra, digamos, a sus hijos: futuros adolescentes desadaptados y obesos de puro resentimiento. Solo un tipo muy idiota llega con el discurso de que me voy a separar porque ya no la resisto y me siento tan culpable, pero no puedo más. ¿Y con eso pretende comprarse qué: ¿un besito, ¿una lengüeteada de oreja, ¿una mano bien puesta en la nalga ajena, ¿un polvo fugaz en un motel barato? El ridículo: eso es lo único que esa carreta le puede comprar a un tipo casado que se hace el soltero, o a un tipo casado que lloriquea en el hombro de su potencial amante por la crisis "ni la hijueputa" que está atravesando. Y, obvio, puede que alguna vez una tipa le siga el juego. Puede que incluso alguna niña conflictuada se enamore perdidamente de este individuo y sienta ganas incontenibles de asesinar a cuchillazos a cada uno de los miembros de su familia. Puede que eventualmente este individuo se crea dueño de un don maravilloso que consiste en enloquecer a las mujeres por llevar un anillo chato en su dedo corazón. Y puede que entonces, justo entonces, crea descubrir que su encanto radica en eso: en su condición de ser marido de otra. Pero la epifanía le durará poco. Primero, porque todas las epifanías duran poco. Y segundo, porque el hombre que llegue a ese punto de reflexión profunda experimentará una calentura tal en la cabeza —producto del incendio monumental que su estupidez extrema le habrá provocado en el cerebro— que, con suerte, la única neurona que se salvará del desastre será la del autoflagelo. De resto estará fundido. Por eso, señor casado, sea infeliz en su casa y evítese el ridículo de salir a levantar niñas en los bares. ¿Sabe por qué? Porque a los hombres fundidos no los quiere nadie, ni siquiera sus esposas.

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