Siempre que me empiezan a hablar de Conchita recuerdo el parlamento de Pulp Fiction en que Fabienne (Maria de Madeiros) le pregunta a Butch (Bruce Willis): "Who's Zed?" y Bruce le contesta: "Zed's dead, baby. Zed's dead". Eso quisiera contestar yo cuando me preguntan por Conchita, pero matar un personaje como ella ha resultado mucho más difícil de lo que imaginé cuando, ingenuamente, acepté escribir mi primera columna de sexo, entrada la madrugada de un cierre en el que no llegaba el texto de la columnista que solía hacerla. Por esa época yo era editora de especiales de SoHo y luego editora internacional y pensaba que lo de la columna era un mero accesorio.

Uno toma decisiones todo el tiempo en la cotidianidad sin pensarlas cruciales. Cree que se la juega toda cuando se monta a un avión, pero la vida se juega cada minuto, con decisiones tan triviales y tontas como escribir una columna de sexo con un seudónimo. Luego no se puede escapar y, a lo hecho, pecho. No puedo avergonzarme de un personaje que salió de mi mano, que muchas veces me hizo morir de risa, que me permitió esconderme en su personalidad para decir cosas sobre mí, y que además me alimenta el ego de vez en cuando (cosa, por cierto, bastante peligrosa y ridícula), pero confieso que he atentado contra ella millones de veces. He querido ahorcarla, ahogarla, desmembrarla, incinerarla. Por más que lo intente, Conchita vuelve, frívola pero aguda. Me persigue su fantasma. Cuando renuncié a SoHo decidí hacer un viaje largo y, antes de irme, un poco en plan de exorcismo, un poco en plan de asesinato, decidí revelar mi identidad en la revista Diners, a través de un artículo que iba acompañado de unas fotos mias desnuda sobre las cuales mis tíos, ni siquiera hoy en día, mencionan una sola palabra. Aunque en el fondo creía que era una forma de desmitificar a Conchita, también era una forma de no dejarla ir, de hacerla vivir en la memoria de todos sus lectores. A lo mejor el asunto era hacerla inmortal, no matarla.

Debo reconocer que me trajo cosas buenas y malas. Buenas porque muchas veces me han invitado a paneles y conversatorios que sirven para pagar las cuentas de la luz o del agua, y también porque, a pesar de que estamos en el siglo XXI, pocas mujeres tenemos la oportunidad de hacer ese ejercicio. Malas porque nunca he sido capaz de hacerles entender a los demás que Conchita era un personaje, una fórmula, una fachada. Si sacaba pedazos de mi vida íntima los convertía siempre en algo más superficial, ácido y divertido de lo que en realidad eran. Aunque muchas veces me saqué varios clavos o dije cosas que jamás hubiera podido decir auscultada en ese seudónimo, nada de lo que una mujer vive en su intimidad que realmente sea esencial puede contarse en una columna así. No es que me crea más inteligente que Conchita, pero evidentemente sí soy más sentimental, mucho más débil y acaso mil veces más cursi.

Aunque gracias a ella fui capaz de aceptar lo mundana y terrenal que soy, me pesa que hoy muchos hombres me crean prácticamente una muñeca inflable o el equivalente a un misógino, pero al revés. La gente que se va enterando de que era, de que soy yo, toma posiciones sin querer. Las mujeres se incomodan cuando alguien de repente mete la cucharada en una mesa y dice "es que ella era Conchita". Lo toman como una amenaza. Creen que no soy de su bando, se sienten traicionadas en su feminidad, porque no está bien que una mujer hable de sexo. Los hombres, por su parte, sienten que les hicieron la revelación del año y empiezan a tratar de entablar una conversación picante, lo cual me aburre profundamente. Algunos me tratan como si fuera un superhéroe (lo cual engorda el ego hasta que se vuelve obeso y enferma) y, aunque la Mujer Maravilla haya sido para muchos un fetiche en la niñez, ningún hombre quiere estar con un superhéroe. Les parece intimidante, les atormenta pensar que uno pueda tener más experiencia que ellos. Si salen con uno, no caben en la ropa a la hora de contarles a sus amigotes que uno era Conchita. Pero si la relación se pone seria, inmediatamente sienten algo que media entre la rabia y la vergüenza, que también puede llamarse inseguridad.

Fui Conchita. Me divertí con ella y me aburrí también. A punta de tantos intentos de asesinato inútiles, he terminado por olvidar el parlamento de Pulp Fiction. Ahora me pego a una canción de Calamaro y puedo decir que Conchita, como Elvis, está viva. Pero no soy yo. En Memphis lo saben todos.
 
Vea una de las mejores columnas de Conchita en la edición 63
 
 

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