Nunca me he caracterizado por ser una boba, así que no voy a negar la realidad: desde que me hicieron la propuesta de encabezar una reproducción fiel de La última cena, pero en topless, sabía que se iba a desatar la polémica. Desde el principio, me dijeron que necesitaban una mujer que no solo les diera las características físicas para lo que querían, sino que estuviera preparada para manejar todo lo que se podía venir. Ya antes me habían ofrecido hacer topless en otros contextos, pero al saber que era una producción seria, con un tema polémico y un fotógrafo bueno, no lo dudé.

La polémica empezó incluso antes de que saliera SoHo, porque Semana publicó una de las fotos en primicia. Yo estaba en Nueva York y todo el mundo me empezó a llamar para contarme del caos que se había armado. Me llamaron de cuatro emisoras en una sola tarde, todo el mundo quería una entrevista, pero ninguna de las llamadas era para hablar de lo buenas que eran las fotos, sino en tono de "la mierda que se armó". Regresar a Colombia fue muy fuerte porque la polémica ya estaba bastante dura.

La verdad, el tema de la Iglesia nunca me preocupó tanto: no solo nunca me dijeron que estaba excomulgada o que no podía entrar a una iglesia, sino que yo creo tanto en Dios que sabía que el hecho de que me excomulgaran no me iba a afectar. Lo que jamás me imaginé era que todo esto llegara a estrados judiciales. Me sorprendí bastante cuando me dijeron que teníamos que buscar abogados para presentarnos ante la Fiscalía, y mucho más cuando nos encontramos con que los que impusieron las demandas no eran miembros de la curia, sino laicos. Luego nos dimos cuenta de que esos particulares en realidad estaban detrás de otras cosas: publicidad en la revista, publicaciones de artículos o simplemente plata. Lo que en realidad se movía detrás de todo esto era un interés mediático y económico.

De manera paralela, me enteré de que muchas supuestas amigas con las que yo había trabajado fueron las primeras en salir a criticar las fotos, y me acabaron y rajaron de mí hasta más no poder. Un año después, cuando todo el tema legal se solucionó a favor nuestro, esas mismas personas me decían que era el colmo, que este país era muy mojigato, que no entendían por qué nos habían puesto en esas. Me aterró la falsedad de la gente, la doble moral de todo el mundo.

A pesar de todo esto yo estuve firme. Fui a seminarios, conferencias y universidades y, hoy por hoy, sigo pensando lo mismo que pensaba entonces: uno no puede comprar o tener una suscripción de una revista, abrirla y sentirse ofendido. Todo el mundo sabía lo que había dentro de esa edición. La revista no se repartió gratis, no fue un panfleto que entregamos en los colegios: el que lo vio fue porque pagó por verlo.

Hoy, puedo decir que las fotos ni me abrieron ni me cerraron puertas, porque todo lo he conseguido por la firmeza de un estilo personal. Pero me siento orgullosa de haber hecho parte de SoHo. Eso permitió convertirme en una abanderada de la libertad de prensa y de expresión. Y para mí, como periodista, eso es invaluable.

Vea el artículo de La última Cena de Alejandra Azcárate en la edición 64

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