Empecé a consumir sustancias psicoactivas cuando estaba en el colegio, pero yo ya las conocía de cerquita desde que era un niño. Todos los hermanos de mi mamá trabajaban con gente dura, y llevaban cocaína, bazuco y marihuana a mi casa y a la fábrica de la familia. Siempre vi a mis tíos emborracharse y meter en las fiestas familiares, en diciembre o en los cumpleaños: una bandeja con cocaína en la mesa de la sala era tan normal en mi casa como un plato de limones para pasar el aguardiente en cualquier fiesta.


A los 22 años ya consumía bazuco siempre que tomaba trago. Salía de la oficina con los compañeros los viernes, me emborrachaba con ellos y a las dos o tres de la mañana me iba para la olla a soplar. Estaba casado y tenía una hija, y me les perdía todo el fin de semana. Cuando iba por ahí en el carro veía gente con la cobija al hombro o escarbando en una basura y pensaba que eso nunca iba a pasarme a mí, pero el bazuco te coge ventaja sin que te des cuenta. Terminé en el Cartucho, viví en la calle nueve años. En el 2000 estuve 27 meses sin consumir, en la Fundación La Luz, pero al poco tiempo de salir volví a caer. Allá conocí a la doctora Martha Cecilia Suescún, que era terapeuta. Por cosas de Dios volví a cruzarme con ella años después, y ahora era la directora de la Fundación Libérate, en Suba. 


Después de tres o cuatro intentos en los que siempre fracasé pero en los que siempre me empujó y me apoyó mi hija, me armé de valor y fui hasta Suba, a la Fundación. Llegué muy mal, no tenía sino lo que llevaba puesto. La doctora Suescún me becó para que pudiera quedarme como interno, porque mi familia tampoco podía pagar el tratamiento. Ese primer día me hicieron una valoración médica, me contaron de los horarios de comidas y terapias, y me asignaron un cuarto. La primera noche me dieron escalofríos terribles, vómito, dolores de cabeza. La mandíbula me sonaba como cuando uno tiene mucho frío, pensaba que se me iba a desencajar. Pero sobre todo sentía unas ganas horribles de salir corriendo a fumar bazuco. Cuando estábamos en la calle decíamos que a uno “le pica el pulmón”, así llamábamos a esas ganas que le dan a uno de consumir sin parar. Las primeras noches acá en Suba, en la sede de Libérate, no dormí nada, me la pasaba pensando en llegar al otro día vivo, en mi hija, en mi mamá. En frenar las ganas de volarme. Nadie que no haya pasado por una adicción al bazuco sabe cómo es eso. Uno deja todo por un ‘pistolo’, que es como se llama el cigarrillo, o por un pipazo.


La primera semana casi ni pude salir del cuarto. Apenas para comer, bañarme y estirar las piernas. Estaba muy atormentado, pero a veces me concentraba y me serenaba. Allí le respetan a uno esos primeros días, saben que uno está vuelto nada. Pero a la semana comencé a integrarme poco a poco. La doctora Martha Cecilia y su hermano Fredy, que son las cabezas de la Fundación, estuvieron pendientes de mí, y fueron introduciéndome poco a poco en las actividades de la casa. 


Acá se trabaja en estrategias ocupacionales, recuperación personal y estrategias laborales. Como a mí se me ha dado muy bien el verbo, la comunicación y las relaciones interpersonales, me pusieron a coordinar algunas actividades grupales. Además tenía experiencia en procesos de rehabilitación. Claro que también iba haciendo el mío. Al estar ocupado uno no piensa en consumir, y yo bregaba estar en todo lo que se me necesitara, siempre activo.


Teníamos terapia grupal tres veces a la semana. También hacíamos reuniones en que nos evaluábamos. Hay un taller de carpintería y a mí me sonó meterme, pero en esas primeras semanas que pasé aquí estaba parada la capacitación en carpintería. Me concentré entonces en hacer todo lo que me indicara el terapeuta. Como me ha gustado leer y escribir y se me facilita, leía cuanto libro encontraba por ahí o que trajeran a los compañeros, y le escribía cartas a mi hija, que se había ido para Estados Unidos a estudiar. A veces me pasaba escribiéndole cartas imaginarias, pero al final de la tarde, después de las reuniones y cuando todos nos recogíamos, las escribía en un papel.


Nos dejan fumar cinco cigarrillos al día, y yo me apego a eso, estoy comprometido con recuperarme. Sigo el tratamiento al pie de la letra, porque quiero que mi hija esté orgullosa de mí. Pero los días a veces se hacen largos. A ratos veía televisión, pero sobre todo me gustaba leer. También pensaba en mi mamá, en todo lo que la había hecho sufrir. Pensaba mucho en ella. Y en esos días, cuando llevaba como cinco semanas aquí, empecé a orar. Y eso me consoló mucho.


Nunca había durado tanto en un tratamiento, en los 27 meses que estuve en La Luz recaí muchas veces. Me volaba, me perdía. Una vez terminé en Medellín, en Niquitao. Sentía ganas de andar la calle. La calle lo agarra a uno y es muy difícil acostumbrarse después a la vida normal. No es solo la sustancia la que lo amarra a uno, también es la manera de vivir que se le va pegando y uno no puede soltarse. 


Como a los dos meses de estar acá mi mamá empezó a venir a las orientaciones familiares, que normalmente son los sábados. Me di cuenta también de que empecé a ganar peso. Pero no me dejaban salir, y yo obedecía la instrucción. 


En los informes de los terapeutas siempre me evaluaron bien, porque hacía lo que me indicaban. Me permitieron recibir correos de mi hija. Es el motivo principal de la lucha que estoy haciendo. Leo y releo los correos de ella, y le escribo dos veces a la semana contándole los progresos. Esta vez sí voy a poder.

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