Hace tres años empecé una consulta, de primera vez, con una paciente de aproximadamente 70 años de edad. De entrada me llamó la atención la dificultad que tenía para respirar que, aunque muy leve, era evidente. Ella era una fumadora pasiva, damnificada por el cigarrillo. Tenía un enfisema pulmonar, radiológicamente severo. Su exmarido había sido un gran fumador. Esto significa que por cada siete cigarrillos que él se fumó, ella hizo lo propio con uno. Su dificultad respiratoria la hacía hablar lentamente. Le pregunté por qué no usaba oxígeno suplementario para respirar mejor. “Lo usé hasta hace un par de años, pero ahora solo lo uso ocasionalmente”, me dijo. Le pregunté qué la había mejorado tanto. “La marihuana —me respondió—, pero no le vayas a contar a mi exmarido —se rio—. Me la tomo en tecito, en infusión. Me la compra mi nieto. Y me dice que es muy buena —se volvió a reír—. Desde entonces, mi necesidad de inhaladores y de cortisona se ha disminuido enormemente”, me dijo la paciente muy feliz.

Esta consulta me hizo recordar a mi profesor Jorge Carvajal, quien nunca deja de repetir que los verdaderos maestros de nosotros los médicos son los pacientes. Terminada la consulta, comencé a leer sobre la marihuana y sus efectos en el pulmón. Días después viajé a Estados Unidos, a estudiar al Hipocrates Health Institute, una clínica de naturopatía muy reputada. Cuál sería mi sorpresa cuando, en el primer almuerzo bufé, fui a preparar el aderezo para la ensalada y una de las opciones era aceite de marihuana, en este caso una variedad muy rica en CBD (Canabidiol) y pobre en TCH (Tetrahidrocanabinol), la molécula que produce los efectos alucinógenos. Además se trataba de un aceite con la proporción perfecta Omega 3-Omega 6. El consumo de este aceite en los almuerzos de la clínica era alto; sinceramente, nunca vi que alguien se trabara cuando lo tomaba, incluyéndome a mí, claro. Y seguramente en la marihuana, como en todas las plantas ricas en alcaloides, hay sustancias con efectos no deseables. Algunas personas hablan con una ignorancia inmensa de la marihuana suponiendo que su único efecto fuese el alucinógeno: desconocen que en ella hay más de 500 sustancias con efectos terapéuticos muy interesantes, y que además funcionan autorregulada y sinérgicamente.

La primera reflexión que suscita una situación como esta es: ¿por qué razón decisiones y leyes que tienen que ver con la salud pasan por un tamiz ideológico y político y no uno científico? Llevo usando el aceite de marihuana en mi consulta desde que volví de Estados Unidos y solo he visto grandes beneficios. La marihuana o cannabis índica o sativa (las variedades más conocidas) es una planta que ha sido usada por el hombre desde hace casi 10.000 años. Algunos historiadores afirman que pudo ser uno de los primeros cultivos desarrollados por el hombre. Aparte de su valor medicinal, es una fibra de excelente calidad. En los últimos años se han hecho múltiples estudios que confirman lo que intuitivamente han observado pueblos de todas las latitudes con respecto de la marihuana. Su eficacia en el manejo del dolor (es un gran antiinflamatorio), las náuseas, la epilepsia, la hipertensión arterial, la esclerosis múltiple, el síndrome de estrés postraumático y el glaucoma, por mencionar algunas de las dolencias.

En mi experiencia personal, aparte del manejo de patologías del sistema respiratorio como el enfisema y la bronquitis crónica, la uso como analgésico, como protector de la piel en radioterapia, como protector en la quimioterapia, pero el uso que más me gusta es como anticancerígeno. La he usado con mucho éxito en pacientes con cáncer del recto y de próstata. Hago una mezcla con aceite de cúrcuma, orégano y sábila. Se rellenan los dedos de un guante de látex, se congelan y luego se usan como supositorios. Varios pacientes pueden certificar el resultado de esta terapia, que además de efectiva es muy barata. Es importante anotar que ninguno de ellos se ha vuelto drogadicto.

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