ME ACUERDO de la casa donde nací y pasé mi infancia, en la calle 64 entre carreras 13 y 14, en Bogotá. La ciudad se acababa un poco más al norte, en la calle 72, hoy conocida como la avenida Chile. De ahí hacia el norte no había sino potreros y casas de campo.

ME ACUERDO  de mi perrita Bijou. Todos los días me acompañaba al Gimnasio Moderno, donde estudié. Caminábamos por los potreros hasta la sede del colegio y ella me esperaba todo el día. Los vecinos y los celadores la conocían, entonces le daban de comer y la dejaban estar por allí. A la salida la encontraba en la puerta del Gimnasio y caminábamos de vuelta a casa. Fue mi mejor amiga.

ME ACUERDO  de mi tía Rufina, que era muy graciosa. Alguna vez fue adonde mi abuelita a decirle que estaba preocupada porque su novio era muy culto, educado y lector, y ella apenas había pasado de mala manera por la escuela. Le decía a mi abuelita que temía que él se aburriera y la dejara por sus escasos conocimientos. Mi abuelita le contestó: “Mire, mijita, no se preocupe. Yo me casé con su papá cuando él era presidente de la Corte Suprema de Justicia, y esta es la hora en que no sé dónde queda Carlomagno y he sido feliz”.

ME ACUERDO  de que mi mamá me daba cinco pesos para ir con mi noviecita al Tout Va Bien de la calle 72, donde vendían jugos y una cazuela de pan deliciosa. También había pistas de bolos, toda una atracción en la ciudad. Cinco pesos eran una fortuna: alcanzaban para todo, y hasta sobraba.

ME ACUERDO  de mi novia. Cuando nos conocimos yo tenía 16 años. La llevaba a tomar el té al Yanuba, o nos encontrábamos en misa en La Porciúncula. Con esa misma novia me casé y fue mi esposa toda la vida.

ME ACUERDO  del torneo de fútbol que organizamos un grupo de exalumnos del Gimnasio Moderno. Se llamaba la Dienorme, burlándonos de la Dimayor.

ME ACUERDO  de que yo jugaba de defensa y aplicaba a rajatabla la norma de que pasaba el balón, pero no el jugador. Era rudo, y cuando se me acercaba uno me gritaban los compañeros burlándose de mi manera de jugar: “¡A la bola no, Chiva, a la bola no!”.

ME ACUERDO  de Monaguillo, el león que compramos Daniel Samper Pizano y yo para que fuera la mascota del Santa Fe.

ME ACUERDO  que el león permanecía en el jardín de la sede del Santa Fe, en la calle 39. El baño de la casa tenía una ventana que daba a ese jardín, y alguna vez Clarita, la masajista de los jugadores, entró al baño, con tan mala suerte que Monaguillo se asomó por la ventana y le rugió durísimo. Ella se desmayó del susto.

ME ACUERDO  que una tarde me citó a su casa el expresidente Darío Echandía, que vivía cerca de la sede del Santa Fe. Acudí a la cita extrañado, no sabía qué podía necesitar de mí el expresidente. Muy serio y compuesto como era, el doctor Echandía me pidió el favor de que alimentáramos al león, porque se pasaba todas las noches rugiendo durísimo y no lo dejaba dormir.

ME ACUERDO  de mi maestro Ernesto Bein, alemán. Una mente universal, un hombre formidable a quien le tenía inmenso cariño y respeto.

ME ACUERDO  que admiraba tanto al profesor Bein que a pesar de que mi mamá, mi abuela y mis hermanos vivían en Bogotá les pedí que me metieran interno en el Gimnasio Moderno para poder asistir a las lecciones nocturnas que daba el profesor de manera informal. Con él, por las noches en el Gimnasio Moderno, aprendí a tocar el clarinete y la trompeta.

ME ACUERDO  que una noche, interno en el Gimnasio, me volé con mi compañero de cuarto a ver un espectáculo de lucha libre que había traído mi tío a la ciudad y se presentaba en el Teatro Olimpia. Luego del espectáculo, mi tío nos dio trago y nos pegamos una borrachera tremenda. Me acuerdo de que para entrar sin que nos vieran, nos trepamos por el muro del colegio. Cuando al fin entramos al cuarto se encendió la luz y allí estaba el profesor Bein, quien esa noche nos dio una lección sobre los efectos del alcohol en el cuerpo, que nunca he olvidado.

ME ACUERDO  de las excursiones que organizaba el profesor Bein por toda Colombia. De su mano, con sus lecciones, conocimos buena parte del país a pie: los Llanos, las costas pacífica y caribe, los nevados. Eran viajes llenos de lecciones sobre historia, geografía, botánica. Y llenos de peligros y aventuras también.

ME ACUERDO  que nos perdimos y casi morimos congelados en la Sierra Nevada del Cocuy. Nos cogió una tormenta de hielo y tuvimos que pasar dos días en una caverna, con muy poca comida y muertos de frío. Años después, el profesor Bein me dijo que en esa cueva temió seriamente por nuestra vida.

ME ACUERDO  del viaje que hicimos a San Andrés con el profesor. Llegar a la isla no era tan fácil como ahora: el trayecto se hacía en una goleta y duraba poco más de una semana. En el viaje de ida nos cogió una tormenta y todos nos pusimos muy mal; incluso la tripulación —marinos expertos— no paraba de vomitar.

ME ACUERDO de mi abuelito, que fue presidente de la Corte Suprema de Justicia. Era neurasténico, pero tenía mucho humor. Me acuerdo que alguna vez decidió que se iba a morir rápido y no quería darle problemas a su esposa, Ana Joaquina, mi abuelita. Entonces mandó hacer un ataúd y lo puso en la mitad de la sala, con unos cirios. Ahí en ese cajón dormía todas las noches. Mi abuela no le decía nada. Se despedía de él como si nada: “Hasta mañana, Isaías”.

ME ACUERDO  de un famoso cabaré que había en Bogotá que se llamaba Deportivo Miramar. Por supuesto que lo de ‘deportivo’ era una ironía. El lema del cabaré era ‘Donde van los niños bien con las niñas mal’.

ME ACUERDO  que el cabaré cerró por un tiempo, y a la reapertura fuimos todos con las amiguitas. Estábamos ahí muy felices oyendo la orquesta, tomándonos los tragos, cenando —porque la comida era deliciosa y la orquesta era un lujo— cuando alguien gritó: “¡Escóndanse que están filmando!”. Fue la locura porque todos nos metimos como pudimos debajo de las mesas, y la quebrazón de vasos y platos fue terrible.

ME ACUERDO  de la noche en que cogí las pastillas que me tomaba todos los días. Me las tragué todas de una vez. Pero también, con ellas, me tragué el audífono que siempre pongo en mi mesa al lado de la cama. Al día siguiente, mi señora me preguntó por el audífono y le dije que debía ir Magdalena abajo.

ME ACUERDO  cuando me secuestraron en enero del 2000. Me acuerdo que se llevaron la camioneta con todo adentro. Pasados tres años recibí una carta de las autoridades cobrándome los impuestos del carro. Les escribí otra diciéndoles que yo, como buen colombiano, quería colaborar. Les decía que con mucho gusto les daba el nombre del nuevo dueño de mi carro: “El nuevo dueño es Manuel Marulanda, alias ‘Tirofijo’, y se encuentra en las selvas del Chocó. Cóbrenle a él”.

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