Me acuerdo y todavía me río solo. Jamás imaginé que los flemáticos ingleses podían tener semejante sentido del humor. Con mi amigo Ricardo Villa éramos los primeros extranjeros fuera del Reino Unido en jugar allí. El técnico del Tottenham nos había visto en el Mundial que ganamos en nuestro país y nos llevó. Era julio de 1978 y en Inglaterra se armó un gran revuelo: se trataba de una liga muy cerrada y hasta se alzaron voces en el Parlamento contra nuestro arribo porque les estábamos sacando trabajo a los británicos.

Con Ricky fuimos con mucha cautela. No sabíamos qué nos esperaba, con todo lo que se estaba comentando. Nos presentamos muy serios en el vestuario del club, todos nuestros compañeros en ronda mirando, no sabíamos cómo irían a reaccionar ante un par de extranjeros, hasta que Peter Taylor se acercó a Villa y lo saludó con un apretón fuerte de manos. Cuando se la soltó le dejó un dedo postizo en la mano. ¡La cara de susto que puso Ricky no me la olvido más! Y enseguida explotaron las carcajadas. A mí me habían dejado un short enorme sobre el banquillo. Yo soy muy esmirriado y cuando me lo puse me llegaba hasta los tobillos. Era absolutamente gigante. Y otra vez retumbaron las risas. Fue un recibimiento para romper el hielo y desde ese primer instante nos aceptaron increíblemente bien en el grupo.

El club también nos protegió cuando comenzó la guerra de las Malvinas. La invasión a las islas fue el viernes 2 de abril de 1982 y un día después teníamos que jugar contra el Leicester por una semifinal de Copa. La cantidad de periodistas que se acercaron era impresionante, había mucha prensa que no era de fútbol y quería hablar con nosotros. El Tottenham no dejó que nadie se acercara. El tema es claro: cuando el fútbol se mezcla con política, el que siempre pierde es el fútbol. Al final ganamos 2-0 y luego fuimos campeones. Ese día y también en los posteriores a la guerra, las hinchadas rivales nos abucheaban, pero no mucho más de lo habitual. Con mis compañeros nunca se tocó el tema, todo siguió como antes. Igual, para mí fue durísimo cuando terminó la guerra. Para la prensa de Argentina, yo era un traidor y para la inglesa, un espía. Todo lo que pudiera decir se malinterpretaba. Ahí le pedí al club que me transfiriera. Me fui al PSG de Francia por seis meses y nunca jugué peor en mi vida. Mi cabeza estaba muy mal, me daba vergüenza salir a jugar así, y cuando se abrió el mercado de invierno volví a Inglaterra, que es mi casa y el país donde vivo. 

Y eso que tuve la desgracia de perder en Malvinas a un primo segundo. José Leónidas Ardiles se llamaba. Era piloto. En su momento no me enteré de su muerte, incluso, como se decía que los ingleses tenían prisioneros argentinos, mi tío vino a Inglaterra para saber más cosas. Nunca tuvo respuesta, hasta que un día recibí una carta escrita por el piloto que lo había derribado. Este hombre sabía de las averiguaciones de mi tío, porque mi apellido en Inglaterra era muy popular, y me escribió contándome qué había sucedido: que mi primo no había tenido posibilidad de saltar y murió. Fue una carta muy emocionante. Un gesto que valoré mucho. Y enseguida se lo conté a mi tío. El fútbol, muy a menudo, es un vehículo de resonancia imponente.

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