Dice el doctor Claudio Pla, experto en miedos, que la culpa la tuvo Gardel. O mejor, el piloto del avión en el que se mató Carlos Gardel, en Medellín, en una fecha que no recuerdo. Dice que para los latinoamericanos ese accidente abrió la ventana al miedo de morir en un avión. Puede ser cierto. Cuando yo era niño aún no concebía que se pudiera correr peligro al volar, pero muchas veces, al pasar por allí, siempre hubo alguien que dijera, allá, sobre esos techos, se cayó el avión de Gardel, se estrelló, se incendió, se despedazó, no daban abasto las descripciones para contar la manera infernal como murió el hombre que cantó el último tango en Medellín. Para mí, el culpable vivió siglos atrás: Da Vinci, semejante cabra, que no solo pintó a la Mona Lisa sino bocetos de hélices, aviones, helicópteros, alas, paracaídas, en fin, plasmó en sus garabatos su alocada pasión por volar. Seguramente hubo muchos antes que él que pensaron que los humanos, nacidos sin alas, podíamos tenerlas. Luego a la historia se sumarían otros locos que a punta de ensayos, errores y aciertos hicieron posible el sueño hasta llegar al último loco de la cadena: yo. Al menos eso habrá pensado de mí un funcionario de una aerolínea a quien le reclamé, en tierra firme, que mi maleta no había llegado con el equipaje de los demás pasajeros. Tomó el desprendible con el número y caminamos de vuelta a la cinta de equipajes. Solo quedaba una maleta dando vueltas, íngrima en el enorme salón. El hombre la alzó, corroboró los números y me dijo, esta es. Ahí había estado siempre y yo no la había visto. No me dio pena con el funcionario, es más, no me dio nada, yo apenas sentía, apenas oía y con mucho esfuerzo lograba ver. La noche anterior me había tomado un Xanax 0.5 antes de dormir o, mejor, para poder dormir. Al salir para el aeropuerto me tomé medio Xanax más y, justo antes de subir al avión, destapé una botella plástica de agua que, por supuesto, no llevaba agua sino 600 ml de vodka puro. Por suerte no había tenido un vuelo pavoroso, no tuve que tomarme la botella entera y pude salir caminando del aeropuerto, arrastrando mi maleta aunque no le alegaría a quien dijera que era la maleta la que me arrastraba a mí.

No recuerdo en qué momento se me enquistó el miedo a volar. No sé dónde ni a qué edad. Sí recuerdo que mi mamá me clavaba las uñas en los brazos cuando volábamos juntos, pero en ese entonces yo les tenía más miedo a sus uñas que a los aviones. Lo irónico es que ella ahora tiene más de treinta mil horas de vuelo y viaja por el mundo tranquila y feliz, y yo, poseído por el pánico, me he devuelto de varios vuelos a punto de abordar. Desesperado, decidí buscar una solución. Tomé un seminario que ofrece la aerolínea Avianca para otros trastornados que comparten mi pavor. Me acompañó una hermana que es más miedosa y más descontrolada que yo —a ella mi mamá le clavaba las uñas de su otra mano—, y valga aclarar que no soy nada descontrolado en un vuelo, no mientras no me hablen, mientras no haya turbulencia, mientras nadie hable en pleno vuelo por celular, mientras vaya sentado adelante y en pasillo, algo que rara vez logro conseguir. En el seminario descubrí que yo no era el peor, que somos más los hombres que las mujeres quienes padecemos esta fobia, que en cada vuelo más de medio avión tiene miedo a volar —y a hacer el ridículo—, y que ni siquiera un piloto puede explicar por qué y cómo diablos se sostiene en el aire un avión. Sin embargo, creo que el seminario me sirvió, así mi hermana saliera con más miedo que antes. Y aunque sigo tomando Xanax y vodka ya no creo que mi muerte será inminente si vuelo, y tengo información para creer que el avión es un medio de transporte bastante seguro, mucho más que andar a pie en cualquier ciudad. Paradójicamente, el miedo me lo siguen hostigando las mismas aerolíneas por las complicaciones a la hora de viajar y la dificultad para escoger el asiento donde quiero ir. 

Dice también el doctor Pla, ahora con mucho acierto, que “el miedo al avión es un todo. La gente no le tiene miedo al avión en sí mismo. Le tiene miedo por todo lo que envuelve”. Es verdad. A veces no sé si lo que me altera es tener que limitar mi vida al espacio de una maleta, cada vez más pequeña por exigencia de las aerolíneas, o si es sentirme arrinconado, amarrado, inmovilizado en la estrechez de la silla —si alguna vez he soñado con la fama es para viajar siempre en primera clase—, o si es la distancia que me aleja de la gente que quiero. Nunca me siento tan solo como cuando viajo solo en un avión; nunca, como cuando vuelo, pienso tanto en mi hija, a quien nunca quisiera enterrarle las uñas en una turbulencia. Es probable, entonces, que lo mío no sea miedo.

 Tal vez es tristeza y nada más.

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