Fue un momento histórico del fútbol boliviano. Año 1994, partido inaugural del Mundial de Estados Unidos. Toda la emoción de un país instalada en once humildes futbolistas que hacíamos el calentamiento previo en un amplio salón del estadio Soldier Field de la ciudad de Chicago.
De repente, tres auxiliares de la FIFA pusieron unas vallas divisorias y entraron nuestros rivales: los famosos alemanes liderados por el gran Lothar Matthäus y el goleador Jürgen Klinsmann. Serios, callados, concentrados, y, sobre todo, ¡altos!, ¡altísimos!
Nosotros giramos la cabeza y quedamos impresionados con el porte del arquero Bodo Illgner, de Stefan Effenberg, Matthias Sammer, Karl Heinz Riedle, en fin, esos tipos parecían soldados que se alistaban para una guerra.
La diferencia física era notoria, abismal. De un lado, nosotros los bolivianos, delgados y retacones; del otro, los alemanes, grandotes y fuertes. Yo era uno de los líderes de esa selección de Bolivia y noté un clima de excesiva tensión y nerviosismo en mis compañeros cuando vieron a esos panzers vestidos de futbolistas calentando a tres metros de distancia. Todos pensamos: ¡qué les vamos a ganar a estas bestias! En ese momento pensé en hacer algo para cambiar esa sensación pesimista y se me ocurrió apoyarme en la valla, dándoles la espalda a los alemanes. Me quité la camiseta, mostrando mi torso esquelético a todos los presentes (era uno de los más delgados del plantel), y lancé un grito desesperado: “¡Qué tienen ellos que no tengamos nosotros!”.
La broma surtió efecto porque todos estallaron en una risa que sirvió para distender el ambiente. Ni siquiera nuestro técnico, el vasco Azkargorta, pudo contenerse.
Luego, en los noventa minutos, Bolivia perdió 1-0 en un partido muy equilibrado. Pudimos demostrar que las diferencias físicas no tienen importancia a la hora de jugar fútbol. Solo hay que dejar el miedo de lado y demostrar talento y personalidad.

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