Yo andaba pescando con unos turistas en el río Parisnina (Costa Rica), cuando encontré a Pocho, mi cocodrilo, hace 23 años. Mucha gente no cree en Dios, y mi historia es el mejor ejemplo de la relación entre el hombre y la naturaleza. Él estaba casi muerto, con un balazo en la cabeza y estaba muy flaco, medía tres metros apenas. La herida se veía que llevaba varios meses, porque estaba como podrida. Lo llevé a mi casa y lo empecé a curar. Pocho no comía nada porque estaba muy mal. Decidí trasladarlo a otro lugar donde hubiera medicinas para atenderlo, porque yo vivía en una montaña. Lo llevé a Ciquirris, el centro turístico donde vivo ahora con mi familia.

Después de algunos meses, me metí con él al agua para darle comida, y no quiso. Entonces cogí un pescado y me lo puse en la boca y comencé a comérmelo, y cuando él vio que yo estaba comiendo quiso comer también. Así fue como empezó a recuperarse. Tenía que darle mucha comida, pollo y sobre todo pescado. Cuando ya tenía cuatro metros, decidí meterme al agua para tocarlo. Él se fue soltando conmigo y vi como que no me quería morder, entonces empecé a tocarle la cola, después el estómago, la cabeza, la boca, los ojos, hasta que ya lo toqué todo. Pero eso no pasó en un día, me demoré casi 15 años. Él es de los animales prehistóricos que llevan mucho tiempo siendo los dueños y amos de la naturaleza. A veces nadaba con él, y al día siguiente yo me emocionaba al practicar otras cosas como que abriera la boca, moviera las patas, se cogiera la cola, hasta que me gané su confianza. Yo lo hacía de noche para que la gente no me viera, para que no se asustaran.

La primera vez que me entrevistaron fue en una cadena de radio local de Costa Rica, y me preguntaron qué hacía con él, y yo les conté la historia. Después de eso, mis amigos me dijeron que llamara a algún canal de televisión, que si ellos me entrevistaban me iba a hacer famoso. Entonces llamé a Informe 11, un programa en el que aparecen historias insólitas. Me decían que sí, que iban a llegar la otra semana, pero los días pasaron y nunca aparecieron. Donde yo vivo hay muchas siembras de banano, y una de ellas dio dos racimos de banano, unos gemelos, que no son muy comunes. Yo estaba sentado en mi casa y vi pasar a los de la televisión que iban a ver los bananos. Ahí pensé: "Esta es mi oportunidad", entonces saqué el lagarto a la calle, y cuando habían terminado de grabar los bananos, pararon enseguida y filmaron todo, y en la noche salió primero el lagarto que la historia del árbol. Eso lo pusieron en internet, y así empezaron a llegar todos los periodistas, National Geographic, Animal Planet. En Chile hice un especial, en Estados Unidos también.

Hace ocho años tengo el show con Pocho. Debo mantenerlo bien porque ahora tiene cinco metros, pesa casi 1000 libras y todavía le quedan sus 64 dientes. Yo soy el único que lo puede tocar, aunque nunca me ha mordido ni tampoco a nadie. Para que el gobierno me deje conservar a Pocho, él siempre debe tener un veterinario, un biólogo y un lugar donde pueda sentirse libre y cómodo. Al mes, en su comida que es casi siempre pescado, y de vez en cuando pollo, me gasto entre 3000 y 4000 dólares. Tengo además casi 100 tortugas, y todas son amigas mías. Tengo también varias serpientes, que no son venenosas, peces de agua dulce y cualquier cantidad de aves. La mayoría de los animales que tengo me los han traído. La gente los encuentra heridos y yo los curo. Pocho es mi amigo y quisiera llevarlo a otros países, aunque es casi imposible por el transporte. A él le quedan cerca de 100 años de vida, y me voy a asegurar de que cuando yo no esté, él viva más tranquilo de lo que vive ahora.

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