Fui el primer arquero del mundo en meter un gol de tiro libre. Y no paré hasta llegar a 16. Todo empezó de un modo curioso. Yo había pateado una sola vez un tiro libre en mis inicios y mis compañeros se sintieron ofendidos, porque en el fondo subestiman a los arqueros. No fue gol y quedó ahí, no pateé más hasta que, seis años más tarde, Carlos Bianchi me impulsó a hacerlo. Un gran técnico es aquel que está atento a todos los detalles.
Bianchi veía que yo siempre me quedaba pateando una hora después de la práctica. Llegó un partido clave contra Deportivo Español. Fue una tarde lluviosa, teníamos que ganar para mantener la punta. Íbamos 0-0 y nos dieron un tiro libre en el último minuto, sobre el borde del área. Roberto Trotta, que era el capitán y el encargado de pegarle, acomodó el balón. Yo miraba desde la mediacancha y escucho que Bianchi me grita: “José, patealo vos”. No entendía nada. Lo miré de nuevo: “Sí, andá y tiralo vos”. Me acerqué al área y Trotta no me quería dejar. Me miraba desencajado. “Correte, me mandó el técnico”, le ordené. Lo pateé suave, por arriba de la barrera, y se clavó en el ángulo derecho. Ganamos 1-0, fue un delirio total. Todos celebramos el gol agónico, el triunfo y la punta. Todos menos Trotta, que estaba enojado y puteaba como loco. Bianchi pegó un portazo, nos encerró en el vestuario y le dejó muy claro que las decisiones las tomaba él. Así se demuestra el liderazgo.
Esa tarde comenzó mi historia con los tiros libres. Los goles fueron un poco la venganza de los arqueros. Si le preguntás a cualquiera, te va a decir que le encantaría meter goles, porque están podridos de que les conviertan. Es un desahogo. También me pongo en la cabeza del otro arquero y sé que siente una gran presión cuando le patea un colega. Debe pensar: “Si este hijo de su madre me emboca, me van a cargar todos”. Por lo menos era así en ese momento, hoy ya está más aceptado el tema.
Algo de eso pasó cuando le metí el gol a Burgos, en Paraguay-Argentina por eliminatorias. Cuando nos dieron el tiro libre y corrí 70 metros a patear se hizo un silencio total en la cancha de River. Ahí ya empecé a ganar mi partido psicológico. Puse a dos compañeros míos en la barrera para taparle la visión a Burgos. Así, no sabía si le iba a pegar fuerte a su palo o despacio por arriba. Cuando me acerqué al balón les grité a los míos que se agacharan. Lo hice en guaraní, para que no me entendieran los argentinos. Burgos se pasó de largo, la pelota le picó antes y metí el 1-1.
Muchas veces les hablaba en guaraní a mis compañeros. Una vez, contra Uruguay los volvimos locos y quedaban siempre en off side. Cuando terminó el primer tiempo, Cedrés se acercó y me dijo: “Chila, hijo de puta, se tomaron toda la falopa de Paraguay, no se les entiende nada lo que están diciendo”.
El fútbol es para vivos, y hay que tratar de aprovechar todas las ventajas. Nunca soñé que pudiera convertir 62 goles, hay que ser realistas, pero me ayudaron la fortuna y Dios, que es amigo mío. Y tengo pruebas para argumentarlo: cuando tenía siete años, Dios me salvó de una hepatitis por la que los médicos me daban apenas dos meses de vida. Con semejante apoyo no podía fallar.

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