Hay una sola persona del ambiente del fútbol con la que reaccionaría a las piñas si me lo encontrara por la calle. Arturo Brizio Carter, el mexicano que me dejó jugar menos de tres minutos en un Mundial, no solo fue un pésimo árbitro sino también un cobarde. Pero vayamos por partes.

La única clasificación de Bolivia a un Mundial fue la que conseguimos para USA 94. Antes, mi país había ido a dos Copas, las de 1930 y 1950, pero por invitación. Y no volvimos a ir después del 94. Lo logramos al mando del vasco Xabier Azkargorta, quien nos cambió la mentalidad. Incluso le ganamos 2-0 a Brasil en La Paz, fue su primera derrota en eliminatorias. Ese día yo abrí el marcador en el minuto 89, después de que Platini Sánchez errara un penal.

Tras la euforia desatada en mi país, teníamos que ir a hacer un digno papel. Abríamos la Copa ante el último campeón, Alemania. Todo el mundo estaba pendiente de ese partido inaugural. Yo me había roto los ligamentos de la rodilla y mi recuperación tardó ocho meses. Pensé que no iba a llegar, pero al final lo hice. El técnico me dijo que su idea era que recién jugara el último partido, ante España, que podía ser decisivo para la clasificación. La verdad es que no estaba en condiciones para jugar pero la ansiedad y las ganas de estar pudieron más. Yo era el mejor jugador de Bolivia en ese momento y no quería fallarle a mi pueblo. 

Durante el partido, Arturo Brizio Carter pitaba mucho para los alemanes. En el banco nos paramos varias veces a reclamarle al juez y también a insultar a los alemanes. Sentíamos una gran impotencia y también era una manera de apoyar a los nuestros. El cuarto árbitro se acercó un par de veces a decirnos que nos sentáramos porque si no, nos iba a expulsar. Al final, Klinsmann abrió el marcador por una caída de nuestro arquero y el vasco me hizo entrar en el minuto 79. Enseguida fui a disputar una pelota con Matthäus cerca del córner, chocamos, pensé que se venía con todo a hacerme algo y puse la pierna para protegerme. No hubo patada ni mala intención. Pero Brizio vino corriendo y me expulsó. Jugué dos minutos y medio. No lo podía creer. De hecho, mi entrenador no estaba enojado y me dijo, cuando salía: “Marco, ¿quién te quita lo bailado”. Me dieron dos fechas de suspensión, no pasamos a la segunda fase y no pude jugar más. Fueron mis dos minutos mundialistas. Increíble.
Pero no todo terminó ahí. Al poco tiempo jugamos contra Uruguay por las eliminatorias de Francia 98. En La Paz. El juez era otra vez Brizio. No me cobró un penal clarísimo, le fui a protestar y me dijo: “Seguí así que te voy a expulsar como en el Mundial”. Su amenaza me puso loco. Entonces, unos minutos después, en un tiro libre al lado del banco de suplentes, le dije en voz bien alta a nuestro entrenador, para que escuchara Brizio: “Profe, este árbitro está diciendo que soy un indio, está discriminando a mis compañeros, ¿por qué no le avisa al veedor?”. Ahí nomás la cortó. Se cagó todo el mexicano. Lo que pasa es que a Brizio le gustaba ser protagonista. Recuerden: fue el mismo que expulsó a Ortega contra Holanda en Francia 98.

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