“Y lo increible se hizo realidad", repite el protagonista de Yo que he servido al rey de Inglaterra, una novela del escritor checo Bohumil Hrabal, cada vez que se halla ante un evento inesperado. Yo la pronuncié hace tres años, cuando me casé con una coreana. Escribí algo en esta misma revista sobre el día en que me hice marido en una escuela confucianista del siglo XVI, vestido con un traje azul eléctrico y dragones bordados en el pecho y la espalda. Las cosas parecen haber funcionado hasta ahora. Todavía estamos casados y después de vivir en Colombia y España, hemos regresado a Corea. Solo hay un pequeño inconveniente, algo que no tenía previsto: vivo con mis suegros.
La frase vuelve a sonar en mi cabeza: “Y lo increíble se hizo realidad”. La oigo cada vez que la madre de mi esposa me llama para almorzar. Sobre la mesa encuentro media docena de platicos con verduras (frescas, fermentadas, enteras, troceadas, solas o mezcladas), arroz pegajoso sin sal, filetes de sierra, a veces sopa con muelas de cangrejo o pato marinado en salsa soya. De desayuno casi siempre como tteok, unas torticas de harina de arroz con miel. Muy de vez en cuando como huevos y ya se me olvidó lo que es usar tenedor y cuchillo. Solo uso palitos. Palitos de metal; los coreanos usan palitos de metal desde que un lejano rey instauró la costumbre para detectar si alguien lo quería envenenar. Se supone que la plata —sus palillos eran de plata, como corresponde a un monarca— se volvía negra al contacto con el veneno.
Aunque me gusta mucho la comida coreana con sus detonaciones de picante o sus sopas ligeras, de algas o de carne de res en finas tiras, un par de veces me he rebelado con discreción y he cocinado espaguetis a la carbonara, un plato que me recuerda cuando estaba soltero y vivía solo, completamente solo. Pues bien, me he tenido que comer los espaguetis con palitos. Saben diferente, lo juro. Mi esposa opina lo mismo. Pero no me quejo, mi suegra cocina muy bien aunque no sabe lo que es un postre. No creo que en su cocina exista el azúcar refinada o la esencia de vainilla. Después del plato principal siempre hay fruta en lugar de bocadillo con queso. ¿Quién lo creería? Vivir con los suegros puede ser saludable. Para beber, hay agua o té de maíz. Cada vez tomo menos Coca-Cola. Lo hago cuando me escapo de casa y voy por un pedazo de pizza o una hamburguesa que en cualquier otro lado me sabría a linóleo. Lo confieso, no envidio la longevidad de los coreanos. Me parece un suplicio tener que vivir tanto tiempo sobre este mundo. Por eso, una vez a la semana, busco mi dosis de grasas trans para que mis arterias no se malacostumbren.
Si mi suegra cocinara mal, no habría aceptado la propuesta de Soojeong, así se llama mi esposa. Sus padres me dicen Andresu. Incluso han llegado a llamarme Andy. Yo les digo eomoni y abeoji, madre y padre. A pesar de no entendernos —literalmente—, nos queremos. O eso me gusta pensar.
Ya hablé de la madre y sus destrezas culinarias. ¿Qué más hace? Es una pequeña rentista, como Gustave Flaubert lo fue toda su vida. Además canta y baila. Todos los días toma clases de danza tradicional. No sé qué opinaría si mi suegra tomara clases de guabina. ¿Y el padre? Desde que sufrió un accidente de auto hace unos diez años solo puede caminar con ayuda de un bastón y aún así se le dificulta mucho. Casi no sale de casa. A pesar de eso siempre está sonriente, con un periódico en la mano o un naipe. Antes del accidente era un alpinista aficionado. Heredé su pañoleta roja, con la que subió a todas las cimas del país. La uso durante el húmedo verano coreano para secarme el sudor de la frente. En invierno usaré su gorro de piel.
Le he preguntado a mi esposa qué piensa de mí, de que viva con ellos, si me cree una vil rémora. Nada, no piensa nada, me responde. Le creo. Para él soy esa sombra larga que sale de la habitación y se sirve un vaso de agua. Para mí, él es esa sombra encogida que veo en la sala cuando voy por un vaso de agua. Cada uno en sus asuntos, podría decirse, cosa que me hace feliz. El padre de mi esposa parece fundar su moral personal en la no intervención, en no alterar en lo más mínimo la vida de los demás, en ser una pequeña obra de arte de la quietud.
Es verdad, hay días en que me siento como un fantasma, pienso con la melancólica gravedad de un hamlet chapineruno. Otros días doy gracias por no tener que abrir la boca, por no tener que llenar el silencio en la mesa con palabras vacías, por no tener que ofrecerme a acompañar a mi suegra al supermercado, por no tener que haber respondido nunca a esa infame pregunta de todo suegro colombiano, o por lo menos bogotano: ¿Y de qué colegio salió

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Cuando decidimos venir a vivir con mis suegros, sabía más o menos a lo que me enfrentaba. Ya habíamos pasado unas vacaciones en su casa así que dije: “Bueno, vivamos con tus padres mientras conseguimos trabajo”. Era mi turno de sacrificio para mantener a flote el barco matrimonial. No era tan complicado, total, su casa está cerca al mar, en Busán, uno de los puertos más grandes de esta esquina del mundo. Queda en medio de las montañas, donde siempre sopla una brisa fresca. Por las ventanas del apartamento se oye el ruido de las cigarras. Incluso oí un venado alguna vez, pero fue aterrador. El chillido del cortejo nocturno es peor que el de un marrano cuando va a ser sacrificado en Navidad. Pero lo mejor de todo es que a 15 minutos hay una playa repleta de marinos. Por aquí pasan cargueros filipinos, chinos, japoneses, vietnamitas y rusos. Desde Busán es posible tomar un ferry y llegar hasta Vladivostok en un día. Una tarde, un marino de ojos blanco azulados como dos pastillas de Halls me preguntó si sabía dónde vendían pollo frito. Lo hizo en inglés. No sé por qué le respondí “Niet”. Mi mujer se rio como un niño frente a un payaso que se le caen los pantalones en público, pero qué hago, yo solo sabía de marinos rusos por las novelas de Gorki y era la primera vez que tenía a uno real cerca. Hasta pude oler su olor a trago.
Antes de llegar a instalarnos en el apartamento de mis suegros, mi esposa me recordó que no debía mostrarle afecto físico alguno a su madre. La temporada en que la conocí fue tan grata que me despedí con un sonoro beso en la mejilla. Pellizcar su culo le habría causado menos horror. La señora no recibía un beso desde hacía varias décadas. Quizá por eso me sorprendió el abrazo que me dio esta vez al recibirme; yo, que estaba listo a inclinarme con solemnidad, como lo hice el día en que me inscribieron en el libro de la familia. La diferencia fue que ese día no me incliné ante una persona, sino que tuve que hacerlo frente a un altar lleno de ofrendas. Fue durante una ceremonia llamada Chuseok, la más importante para los coreanos. Se celebra para honrar a los antepasados. La familia Yi, ese es el apellido de Soojeong, mi esposa, tiene registradas por lo menos 20 generaciones en su libro familiar. Ahora yo hago parte de ese clan y mis hijos y los hijos de mis hijos lo harán si mi matrimonio sigue su cauce, si atravieso con serenidad estos meses de convivencia mientras nos sale algún trabajo y nos vamos a vivir a Seúl.
Reconozco que la situación sería otra si no compartiéramos un espacioso apartamento último modelo de tres habitaciones en un conjunto residencial en el que aspiran a vivir muchos otros coreanos de clase media. Hace parte de la cadena constructora Lotte. Su fundador era un ferviente admirador de Las desventuras del joven Werther, un libro de Goethe (el protagonista se enamora de una mujer llamada Lotte). Quizás por eso en la puerta de los ascensores hay unas pequeñas águilas imperiales. El apartamento tiene citófono con cámara, una pantallita de plasma para ver TV en la cocina y un inodoro con un complejo sistema de limpieza y secado al que le he tomado aprecio. Recomiendo la función que expulsa un chorro de aire tibio al final. Pero no hay camas. Mi esposa y yo dormimos sobre un enorme futón que enrollamos y desenrollamos a diario, como las parejas coreanas tradicionales. Cada vez que lo hago, me siento como Sísifo subiendo por una montaña su piedra para verla caer antes de llegar a la cima. Sobre el futón solo dormimos. Lo de tener sexo nos toca en un motel. No es espontáneo pero es supremamente cómodo. Jamás llegaría a tener una cama tan grande como la de Novios. Sí, en español. En este país hay tantos moteles que agotaron los nombres en coreano y se pasaron a otros idiomas. Con los cafés pasa lo mismo, aunque con resultados extraños. Hace poco descubrí el Café Rabia.
Ya he vivido un par de meses aquí y no me acuerdo de si al principio me sentía raro o no. Supongo que sí. En este momento solo sé que mis zapatos están alineados en la entrada del apartamento; que si toso ligeramente, mi suegra llega con una taza caliente de ginseng; que si voy al baño a las dos de la mañana, puedo encontrarme a mi suegro jugando solitario, bañado por la luz que llega del televisor; que si pedimos comida china a domicilio, en lugar de llegar un arroz frito con mil cosas desconocidas, nos mandan unos noodles con una salsa negra espesa y empanaditas al vapor rellenas de carne de cerdo y cebolla larga; que paso mucho tiempo frente al computador pensando en proponer artículos como este. Ya he acumulado una docena sobre Corea. He escrito sobre todo, sobre el cultivo del té verde, sobre el kimchi y el K-pop. La verdad, yo me odiaría a muerte. Otra vez este fulano exprimiendo hasta la última gota ese país, pero ni modo, tengo que vivir del algo mientras consigo trabajo, y además, cómo no querer escribir sobre Shin Sang-ok, el director de cine surcoreano que fue secuestrado por el dictador de Corea del Norte para hacer Pulgasari, la versión proletaria de Godzilla.
Eso sí, no puedo negar que muchas veces, acostado sobre mi futón, cuando ya tengo un pie en el sueño, me llega un pensamiento corrosivo: tengo 35 años y vivo con mis suegros. O mejor, tengo 36 años y vivo con eomoni y abeoji, porque en Corea la edad se cuenta desde el vientre materno. Pero bueno, volteo a mirar y a mi lado duerme esa mujer pequeña, que cuando está muy, muy cansada o ha tomado en exceso soju, el aguardiente de esta tierra, suelta un monocorde ronquido de gato. Es aquí cuando todo parece estar bien, porque justo en ese momento es cuando lo increíble se hace realidad una vez más.

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