Nunca me he preocupado por averiguar las razones médicas que explican el que una persona que recibe varios impactos de bala, como me sucedió a mí el 3 de marzo de 1989 en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, no sienta un dolor incontrolable, una especie de dolor de muerte como el que expresan los actores que se mueren de mentiras en las películas. Una probable explicación es que el organismo reacciona de una manera igualmente traumática a un tiroteo suprimiendo, al menos en una primera instancia, la sensación de dolor, algo así como una anestesia traumática. Lo cierto es que ese fatídico día, con excepción del evidente destrozo causado en mi pulgar derecho por uno de los proyectiles, solo nos vinimos a dar cuenta de la gravedad del atentado cuando, después de varias horas en la sala de operaciones, el cirujano que me atendía salió cariacontecido y le dijo a Jacquie: "¡Fueron trece tiros!".
Con la mentalidad hollywoodesca que nos caracteriza, todavía hay quien piensa que el mejor tratamiento para los balazos es, como en las películas de vaqueros, sacar el proyectil con un cuchillo caliente, echar pólvora y whisky JB en la herida y prender luego un benéfico fuego antibiótico. La leyenda popular, por su parte, habla de los peligros de dejar balas en el cuerpo porque "se meten en el torrente sanguíneo, llegan hasta el cerebro y allí se redisparan produciendo, esa sí, la muerte definitiva". ¡Pendejadas! Con excepción de algunos puestos de seguridad en unos pocos aeropuertos del mundo donde todavía los arcos magnéticos se encienden cuando paso, vivo muy contento con mis cuatro balitas encapsuladas a una distancia peligrosamente corta de la columna vertebral, la misma distancia que llevó a los médicos ese viernes por la tarde de marzo a no extraerlas para no ocasionarme daños medulares que hubieran podido resultar irreparables.
Pasados los primeros días del atentado fui víctima de algo que elegantemente se llama un shock séptico y más familiarmente, una infección del carajo. Como los galenos no me podían estar abriendo y cerrando el abdomen para limpiar los estragos del virus infeccioso, resolvieron dejármelo abierto y ponerme una especie de pomposa bragueta abdominal que se abría y cerraba cuando se necesitaba hacer la curación; a pesar de estar confeccionada en un material supersofisticado, algo así como piel de traje de astronauta importada de los Estados Unidos, mi organismo, seguramente por razones de soberanía, rechazó de manera radical el costoso dispositivo. La decisión inmediata fue reemplazarlo por una bolsa de agua destilada abierta, cortada y colocada del lado inmunizado a un módico precio de dos mil pesos. Con esa sí me curé.
Luego vendría la operación para cerrar la herida que fue el resultado de una dispendiosa negociación con el médico Alonso Gómez apenas comparable a los acuerdos de Potsdam para terminar con la Segunda Guerra Mundial. Entonces, quizás por mi afán por salir de la Caja Nacional de Previsión donde había estado varios meses, me hicieron una impresentable costura bastante ordinaria, con puntadas de colchonero del barrio de las cruces en Bogotá. Más tarde vendría una segunda intervención para instalarme un parche que reemplazara la pared del abdomen que había perdido y colocar encima una costurita presidencial, más estética y presentable, apta para competir en Colombiamoda. Entonces me di cuenta de que había perdido el ombligo; sueño con un cambio radical que me devuelva un ombligo, pero no cualquier ombligo, sino uno de modelito de SoHo que me permita participar algún día, con cicatriz incluida, en la nueva, refrescante y revolucionaria serie de desnudos bíblicos de la revista.
No me quejo de mi cicatriz, le tengo cariño, la quiero como a un hijo feo, la muestro excepcionalmente, hasta donde se deja, para asustar niños y conmover mujeres. La utilicé durante varios años como excusa para no cargar maletas hasta que mi mujer se dio cuenta de que, después de tantos años, esos veintidós centímetros habían dejado de ser razón médica para convertirse en simple pretexto. Pero, sobre todo, quiero a mi cicatriz porque tiene una hermana gemela adentro que es una cicatriz en el alma de esas que ni se ven, ni se muestran y a veces ni se curan.

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