Se parece al zumbido de un enjambre de abejas. La mayoría clava afanosamente sus dedos sobre los teclados, otros sujetan el teléfono entre el cuello y el hombro en busca del último dato y unos más corren de un lado a otro con la instrucción de cambiar un título, mover una foto, ajustar el diseño de una página. No hay tregua. Falta una hora para el cierre de la edición diaria en el periódico El Tiempo.

La largada para esta carrera contrarreloj se da en la última reunión de la tarde. En torno a dos pantallas de computador, los encargados de la redacción se reúnen en la oficina de la Subdirección de Información y empiezan la discusión sobre los temas que irán en la primera página. Es como tejer la historia cada día. Se debaten enfoques, se proponen títulos, se permite algo de humor negro para combatir la presión y, al final, se apuesta por lo que se considera más trascendental. Cada discusión podría dar para una mesa redonda. Pero no hay tiempo. Esto es un periódico y cada segundo cuenta. La principal decisión parece estar tomada. La noticia más importante viene de La Habana. La mirada que se lanzan entre sí los editores prueba que existe consenso. Ahora hay que buscar el aval del director general, Roberto Pombo. Minutos después, Pombo entra a la oficina. Se agacha sobre una de las pantallas para ver las fotos del día. Recibe el reporte de los temas y sobre todos ellos hace preguntas. Luego, le da su bendición al título de apertura: “Lista fecha de diálogo para desescalar el conflicto”.

Con las tareas asignadas, todos salen a sus puestos. El coordinador de diseño ordena cómo pintar la primera página y, de paso, da un vistazo al estado de las otras páginas alargando el cuello por encima de los hombros de los diagramadores. Hay que acelerar. Por su parte, el responsable de las fotografías de portada camina rápido rumbo a la sección de preprensa en busca de una prueba de impresión. Son las 8:30 de la noche, quedan 30 minutos para enviar la edición y el clima de la redacción sube un par de grados. Nadie tiene un saco encima. Es el momento de las corbatas desajustadas y las camisas arremangadas. Hay que concentrarse al máximo. Y es justo cuando aparecen las noticias de última hora: una declaración imprevista del presidente, una decisión clave de la justicia, un atentado apocalíptico en algún rincón del mundo. El resultado: hay que decidir cuáles noticias que ya están escritas serán reemplazadas por las nuevas. Eso implica muchas veces desaparecer el trabajo que por horas hizo algún periodista. Todo en cuestión de segundos porque el reloj no perdona.

Los teléfonos repican, especialmente en los puestos de los periodistas que están ‘colgados’, término que en la redacción es lo más parecido a un castigo para los que no han terminado de escribir sus artículos. Si son culpables, del otro lado del auricular pueden oír la voz del editor adjunto, Juan Carlos Bermúdez, pidiendo explicaciones. Él es uno de los que más empujan por cumplir con el horario de entrega. La misión se cumple a pocos segundos de vencerse el plazo de las 9:00 de la noche. Ya se puede respirar. Nuevamente este batallón de periodistas comprueba que también se puede liberar adrenalina frente a un teclado. Mañana se repetirá la historia. Es parte del encanto de este oficio. Por ahora, el zumbido del enjambre se va a descansar.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.