Aquí están las dos caras de la moneda.
MI ESPOSO ES HINCHA DE MILLONARIOS

Los vaticinios fueron oscuros: “No es posible llevar esa vida”. Fui prevenida de inmediato: “¿Cómo van a manejar el plan del domingo, ¿qué van a hacer si uno de los dos equipos queda campeón?”. “No hay problema”, respondí mientras, en secreto, temía por la estabilidad de mi futura vida conyugal. Y mis preocupaciones desbordaban los consejos de tipo práctico que me hicieron mis considerados amigos: “No vayan juntos al clásico”, “si se quedan a verlo por televisión, mejor no se toman ni un trago”, “no eche a lavar las camisetas azules en Decol®”.

Es bien sabido que el carácter del santafereño y el del hincha de Los Millonarios tienden a ser incompatibles. ¿A quién se le ocurre alardear de la capacidad financiera en el letrero del negocio? En cambio, el nombre de mi equipo apela a lo profundo, a esa ceguera que nos lleva a creer en lo inexplicable: dinero vs. espíritu, eso era para mí el clásico bogotano. Por eso intentaba negar lo evidente: la etología del hincha bogotano puede volver insoportable la vida cotidiana de dos rivales de patio: el hincha azul es arrogante, en honor de su remoto pasado glorioso, pensaba yo; el rojo está condenado a la humildad gracias a muchos años de derrotas. Por lo pronto, evitaría las discusiones semánticas.

En los días previos a la boda yo imaginaba los esfuerzos que haría por “respetar la diferencia”: ¿Cómo fingir interés por once señores dirigidos por Luis Augusto García? ¿Cómo ocultar la sonrisa socarrona cuando vuelvan a perder con el Cali en el clásico partido nocturno de lluvia torrencial en El Campín? ¿Por qué no celebrar a rabiar todos los goles de Léider Preciado? ¿Con qué excusa salirse del cuarto de la tele en un partido Millonarios-Nacional? Cada nueva fecha del torneo podía convertirse en un campo minado: una palabra de más, una carcajada a destiempo o la siempre balsámica celebración de la derrota ajena podrían conducir irremediablemente a la oficina del abogado especializado en asuntos de familia.

Luego, aunque remota, estaba la posibilidad de una buena campaña de Millonarios, el desasosiego que me asalta con solo pensarlo, la fiera en que podría convertirme en caso de llegar los azules a una final del campeonato y el exilio que me he prometido en el terrorífico caso de concretarse un título. Me programé para evitar que mi marido notara mi nerviosismo y, en el epílogo de los votos matrimoniales, prometí mentalmente que nunca iba a esconder la camiseta azul de la buena suerte como medida preventiva antes del partido definitivo. No creo que haya una muestra de amor más grande.

Han pasado más de siete años desde entonces, y el único incidente grave ocasionado por el fútbol ocurrió una noche de clásico sabatino en que optamos por invitar a un grupo de amigos a ver el partido en casa. Santa Fe ganó y yo contuve mi celebración, pero uno de mis invitados, poseído por el demonio del arribismo, le cantó los goles a grito herido al dueño de casa, es decir, a mi marido. La escena del desalojo y el silencio que reinó hasta bien entrado el almuerzo en casa de mis suegros ese domingo aún me producen escalofrío. No hay humildes y arrogantes entre los hinchas del fútbol bogotano: a estas alturas, todos somos unos resentidos.

Pasaron los años y Santa Fe quedó campeón. Felicidad y un poco de aburrimiento por intentar comprender a la persona que más quiero, empecé a considerar a los técnicos que pasan por la guillotina del banco norte, adquirí la costumbre de revisar la posición de ambos equipos en la tabla y no puedo negar que hasta he deseado que Los Millonarios vuelvan a serlo.

Mi esposo y yo somos solidarios en nuestras derrotas, celebramos moderadamente las victorias y hemos confirmado que no hay nada tan bueno para mantener la armonía de este hogar como la sana mediocridad del fútbol bogotano. No me quiero imaginar el tipo de vida que lleva un hincha del Real viviendo con uno del Atlético, eso sí debe ser una cosa muy seria.

MI ESPOSA ES HINCHA DE SANTA FE

Ya son siete años de feliz matrimonio con una hincha de Santa Fe y, la verdad, no concibo una vida diferente. Sobre todo no me imagino casado con una hincha de Millonarios que, con dos o tres excepciones, son aburridísimas. Y sé que me lloverán Comandos Azules por esto que voy a decir: los hinchas de Millonarios somos aburridísimos, petulantes, odiosos y, lo más grave, sin capacidad de paliar con risa nuestras desgracias. Carecemos de autocrítica. Vivimos de glorias pasadas, somos la doña Florinda de una vecindad en la que los rojos son Don Ramón. Al menos los que me tocó conocer a mí, aclaro, aquellos que no conocieron la opulencia que hoy gozan los hinchas de la generación Guateque.

Opulencia que, por suerte, no se ha traducido en títulos que para esta relación podrían ser igual de corrosivos que una jugosa herencia para una familia común. La ausencia de copas —no, ni la Cafam ni la Postobón cuentan para este par de puristas— que atenten contra la armonía del hogar ha hecho que el equipo de mi esposa se termine convirtiendo en algo así como mi equipo político. Me explico: de la misma forma que el técnico de Millos siempre encarnó para mí una compleja figura paternal, con el tiempo terminé asumiendo al técnico de Santa Fe como a un suegro político o sustituto. Así, he sido yerno, entre otros, de don ‘Tigre’ Gareca, de don ‘Basílico’ González y ahora de don Wilson ‘Pasarela’ Gutiérrez. Claro, con la inmensa ventaja de saber que no son eternos. Si con uno no llega a haber compatibilidad, lo más probable es que a los dos meses llegue reemplazo.

Ya hablé del suegro. Ahora los hijos. Cuando nos casamos, mi esposa no tenía. Hijos naturales, porque sí tenía uno adoptivo: Léider Preciado, ese jugador que tiene como único proyecto de vida hacerle goles a Millonarios. El mismo que le hizo el feo a un prometedor futuro en España solo por regresar a hacerle de a dos y tres goles a Millonarios en cada clásico. Nada lo hacía más feliz. Tal vez ese fue uno de los retos más duros: tener que acostumbrarme a que Preciado de ahora en adelante sería Léider y que además había que tratarlo con cariño. Pronto me vi hablando de “Léider” con mis amigos de bando, lo que empezó a generar, como es natural, todo tipo de dudas y sospechas. Parecía un uribista hablando de “Gustavo” o incluso de “Tavo” entre copartidarios que no se bajan del “guerrillero del Petro”.

No importa que no tengamos hijos, igual la gente nos pregunta de qué equipo queremos que sean hinchas los que tal vez lleguen. Creo que si no los hemos tenido, es solo por el temor compartido de que, así como en los hogares de padres comunistas abundan los hijos yuppies, los nuestros resulten hinchas del Nacional o, más grave aún, con temprana vocación de porrista o, casos se han visto, de porristo.

También nos preguntan por los clásicos. Que cómo hacen, que si ese día duermen en camas separadas, que si esa semana no se hablan y cualquier cantidad de lugares comunes. Siento decepcionarlos. La amenaza no está por ese lado, sino por la peligrosa dosis de tedio que le alcanza a inyectar a la relación un insufrible, tediosísimo y muy frecuente 1-1 (marcador, a propósito, en mora de ser declarado patrimonio inmaterial de todos los bogotanos).

En suma, creo que de verdad hace falta ser muy imbécil para que tan paupérrimo panorama llegue a amenazar la estabilidad conyugal. Otra cosa sería si yo fuera hincha del Real Madrid y mi esposa del Barça. Una celebración pasada de tono de un gol de Messi no sé qué consecuencias tendría. Pero es que un gol de Messi bien puede valer un matrimonio, nunca un planchazo de Gerardo Bedoya. 

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