Desde los seis años hice cosas tan raras como comerme las piernas de plástico de mis barbies y desenterrar las plantas para comerme sus raíces. Tenía una obsesión tan grande por comer, que en mi casa le ponían candado a la despensa para que yo no la vaciara. Fue tan fuerte esta etapa, que al cumplir 7 años pesaba 63 kilos, algo completamente anormal. Como yo quería ser actriz desde muy pequeña, mi madre aprovechó ese deseo para decirme que si seguía engordando nunca llegaría a serlo. Entonces en mi cabeza quedó grabado el siguiente mensaje: "si soy gorda, no seré nadie en la vida". Por otro lado, mi mal genio e hiperactividad iban aumentando. Explotaba por cualquier cosa y empecé a perder años lectivos y a cambiar de colegios. Al cumplir 15 descubrí el licor y los cigarrillos; tomaba mucho trago (antes de salir a rumbear me tomaba media de aguardiente sola en mi casa) y me fumaba dos paquetes diarios. Estas cosas hacían que me relajara y lograban que evadiera mis ansiedades. Me volví adicta al gimnasio para compensar mi gula (llegué incluso al límite de buscar sobras de comida en la basura de mi casa) y empezaron los problemas físicos: 43 kilos de peso, vómitos continuos, hemorragias ocasionales por la nariz, caída del pelo, resequedad en la piel, 6 meses sin menstruar y asma. Desarrollé pensamientos repetitivos y me volví muy insegura, al punto de haber perdido cinco novios porque vivía cuestionándoles si me querían realmente.
 
Mis padres me llevaron a donde varios psicólogos sin éxito, ya que yo los odiaba y no quería escuchar de ellos lo que yo no quería aceptar: que tenía un trastorno mental. Hasta que ocurrió el detonante: mi padre murió y toqué fondo. Decidí buscar ayuda profesional en un lugar donde los especialistas, tras varios exámenes, me diagnosticaron una personalidad obsesivo compulsiva. Dicho trastorno se debía a que mis neurotransmisores funcionaban mal, generándome una marcada obsesión por la comida, potenciando un instinto primario que respondía impulsivamente a todo y una bulimia nerviosa. Los doctores atacaron mi bulimia con una reconstrucción nutricional y luego siguieron el tratamiento por medio de ansiolíticos (tranquilizantes que producen la lentitud de las funciones nerviosas y que disminuyen la ansiedad) con una droga muy fuerte llamada rivotril y después con buspar, una mucho más suave.
 
Con terapias y grupos de apoyo a los que asistía cuatro días a la semana acepté y asumí esta silenciosa enfermedad, aprendí a controlar mis ansiedades y a canalizarlas a través de mi trabajo -me volví workaholic al punto de hoy ser una empresaria exitosa-. Me prohibieron el trago, los cigarrillos y el chicle (por esto tengo mi mandíbula subdesarrollada). Hoy en día, con 30 años de edad y dos de tratamiento, puedo decir que he mejorado mucho, que aprendí a guiar mis obsesiones, que mi cuerpo y mi salud poco a poco se recuperan y que cada uno de mis cinco ex novios, con los que tuve relaciones muy largas, se casó inmediatamente después de haberme terminado.

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