En 2002 nació Isabella, nuestra primera hija. Fue una experiencia maravillosa, con todo y que el embarazo me dio algo duro, sobre todo por el tema de las náuseas. Desde su llegada al mundo, ella fue la bendición de nuestra casa. Me di cuenta de que sería perfecto intentar darle un hermanito lo más pronto que se pudiera, para que no hubiera una brecha generacional muy grande entre ambos. Así se lo hice conocer a Gabriel, mi esposo, pero él no estuvo tan seguro del asunto.

Hasta que dos años después decidimos que dejaríamos de planificar, lo que para mí representó a la vez una felicidad y una desesperación inexplicable.

Por fin, al poco tiempo llegó el esperado retraso, y unos días después empecé a padecer los mismos síntomas de mi anterior embarazo, como el dolor en los senos y náuseas a toda hora. No toleraba ningún olor porque me mandaba inmediatamente al baño. Llegó un momento en el que tenía que andar con bolsitas de plástico en la cartera porque vomitaba constantemente.

Como era exactamente lo que sentí durante el embarazo de Isabella, no tenía por qué poner en duda que ya venía el segundo en camino. Hasta que, sorpresivamente, me llegó la menstruación. Tan pronto pasó, nos pusimos de nuevo manos a la obra y, de nuevo, llegó el retraso con sus síntomas. Y otra vez, cuando más convencida estaba del asunto, volvió a llegarme el período. Fueron episodios que me sucedieron una y otra vez durante un año y medio, lo que me deprimió mucho. Llegó un momento en el que dejé de sentir el componente placentero del sexo por concentrarme únicamente en que había que lograr pronto un embarazo.

Hubo un episodio de esos en los que llegué a sentirme tan segura de mi embarazo, que me decepcioné horriblemente cuando, de nuevo, descubrimos que era falso. Fue un tiempo en el que anduve muy irritable. Incluso le sugerí a Gabriel que se hiciera un espermograma, aunque nuestra primera hija ya era suficiente prueba de que ninguno de los dos tenía problemas de fertilidad.

Por fin mi ginecólogo me explicó que estos episodios de embarazo psicológico son muy comunes entre las mujeres que en algún momento sienten un deseo irrefrenable por tener un hijo. Me dio pautas para que me despreocupara, pues el momento tendría que llegar. Y así fue. Justo cuando menos lo esperaba nació Gabriel, que hoy tiene un año y medio, y que es el complemento perfecto de Isabella y de nuestras vidas.

Hoy, cuando me lo preguntan, me gusta contarle a la gente lo que sucede cuando las cosas se intentan con afán. Si algo puedo aconsejarle a las mujeres que quieren tener niños en el futuro cercano, es que asuman la búsqueda con tranquilidad. Todo llega a quien sabe esperar.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.