Hace 35 años me diagnosticaron Síndrome de Tourette con coprolalia, un trastorno neurológico que me lleva a ser obsesivo-compulsivo, tener tics nerviosos y decir malas palabras de manera repetida. En ese entonces tenía 15 años y la enfermedad era poco conocida para los médicos. Mucho antes, a los siete años, ya presentaba algunos síntomas: cuando iba para el colegio de pronto paraba y empezaba a andar hacia atrás; otras veces hacía movimientos circulares con la mano insistentemente o pegaba un salto o movía el cuello sin razón alguna.

Fue el neurólogo Camilo José Borrero, ya fallecido, quien me dijo que yo padecía esa enfermedad. Antes había visitado médicos en Pereira y Manizales que me decían que tenía un trastorno obsesivo-compulsivo, y nada más.

Para ese entonces vivía en Girón, y cada semana me tocaba subir a Bucaramanga, al hospital psiquiátrico San Camilo, para consultas con la psicóloga y el neurólogo. Me recetaron haloperidol, para mí una droga salvaje que me mantenía con la lengua inflamada, las manos temblorosas y no me provocaba nada más que estar en una cama acostado. Tomaba seis pastas por la mañana, otras seis por la tarde y por la noche. Durante ese tiempo perdí un año de colegio.

Cuando acabé las pastillas me matriculé en quinto de bachillerato. El primer día, como a la tercera hora, sonó el timbre para cambio de clase; yo no soporté estar entre tanta gente, salí del colegio y no volví jamás. Desde ese momento dejé de salir. Mi vida transcurre entre dos prisiones: la casa de mi mamá y la mía que, separadas por tres cuadras, recorro siempre en bicicleta, mi mecanismo de defensa para evitar a las personas.

Puedo decir que de todo este cuadro la coprolalia es lo único que no logro controlar: cuando estoy con mi familia se me salen palabras de grueso calibre. Pasa que estoy viendo televisión y empiezo a decir palabrotas o cosas como "chimba, pichar". No me puedo controlar. Al principio fue muy difícil, me decían que dejara esas manías, pero entendieron que tengo una enfermedad y ya no me hacen caso.

La gente no se alcanza a imaginar la cantidad de problemas que he tenido en los 35 años que llevo con esta enfermedad. Una vez, andando por las calles de Bucaramanga, iba diciendo "ju, ju, ju". Un tipo que iba delante se volteó y me insultó. Le dije "no, yo no lo estoy llamando, tengo un problema". Él contestó: "siga así y le doy duro". Me tocó irme por otro lado.

Cuando tengo una mujer cerca sufro mucho porque siento el deseo de decirle obscenidades. A pesar de todo eso no fue problema cuando estaba joven para salir de conquista, aunque debo decir que las dos mujeres que he tenido me conquistaron ellas a mí. Con mi esposa llevo 17 años, a veces le suelto madrazos, pero como me conoce y sabe de mi mal no me hace ningún reclamo. Lo mismo pasa con mis dos hijos, quienes desde pequeños saben de mi problema y no se han avergonzado nunca de mí.

Trabajo en el negocio de la publicidad, lo aprendí por correspondencia para evitar salir de la casa. Cuando me toca hablar con un cliente nuevo me pongo muy nervioso y empiezo a decir vulgaridades sin parar. Me controlo apenas por unos minutos. Por eso, me aguanto las enfermedades y no voy al médico, nunca he tenido una cuenta bancaria y las propiedades que tengo están firmadas por mi hermano.

Ahora estoy en un tratamiento que hace parte de una investigación de la Universidad de Antioquia y solo me tomo dos pastillas. Lo que sé de la enfermedad lo he investigado por internet. Este síndrome no tiene cura, le da más a los hombres que a las mujeres y a un 70 % de los afectados se les quita cuando llegan a viejos. A mí no se me ha quitado, incluso ahora que tengo 50 años me siento más enfermo.

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