I
Mi experiencia tiene que ver, desde un principio y por siempre, con la cocaína y el alcohol. Consumo estas drogas desde los 12 años, y no puedo decir que mi experiencia, o el balance de mi experiencia, haya dado felizmente positivo. Más bien, creo, da lo contrario.
Yo viví (y vivo) el consumo de drogas con una compulsión asesina. No puedo consumir socialmente, no puedo, una vez que empiezo, ni siquiera saber cuándo, cómo y dónde voy a terminar. Y si bien esto puede sonar raro o exagerado, no recuerdo, ni en los más inocentes principios de este idilio, haber podido controlar las dosis de cocaína o alcohol en ninguna circunstancia.
Entonces se podría decir que los padezco, porque extrañamente, pese a lo confesado arriba, aún hoy, cada tanto al menos pero no cada mucho, sigo cayendo y recayendo en lo mismo.

II
No puedo decir que la cocaína cumpla una función en mí, o tal vez cumple la función no funcional de aislarme del mundo, de protegerme de una ciudad (Buenos Aires) que adoro, pero que es capaz de matar a una persona como yo. Creo que para vivir en una ciudad como la mía, si no se es un cínico o un perverso, hay que estar colocado o borracho.
Pero más allá de ese desconecte (un desconecte que después me deja peor que nunca y que solo sirve como un circunstancial paliativo), no hay hoy, al menos, ningún placer más allá de la primera dosis.
Muchas veces pienso en quedarme en esa hermosa primera dosis, pero nuca logro hacerlo y hace tiempo que ya, cada vez, “primera dosis” es solo una metáfora, porque la cantidad ingerida o inhalada de movida es enorme.
La cocaína no me deja pensar, no me deja escribir, no me deja comer, no me deja dormir, no me deja fornicar, no me da tregua ni respiro. El alcohol en cambio, no me deja (no me suelta) hasta que quedo tirado.
¿Por qué sigo entonces?: no lo sé, es una especie de locura que intento dilucidar hace rato.
Las drogas me hicieron perder mucho o casi todo muchas veces. Las drogas me derrotaron en los mejores y en los peores momentos de mi vida. Pero en los peores no me importa, porque entre que me derrote la vida y me derrote la droga, avanti con la droga.
Lo que me importa es que las drogas me derrotaron, una y otra vez, cada vez que estuve para campeón del mundo. Y en el huracán en el que se convierte mi alma, se vuelan y se destruyen las buenas y cotidianas cosas que harían mi vida al menos un poco feliz. Muchas veces pensé que soy un hombre profundamente lastimado debido al consumo compulsivo de alcohol y cocaína.
Muchas buenas mujeres se fueron de mi vida por culpa de mi nariz, muchos buenos amigos se han sentido cansados de mí cada vez que mis borracheras insoportables involucraban sus vidas.
Creo que soy un adicto, y no sé qué digo cuando digo esto. No creo que sea una enfermedad, más bien creo que es una condición del alma.
Y si soy un adicto es mejor que busque la manera de controlarlo, aunque tan vez deba buscar la manera de aceptarlo.

II
Casi siempre un adicto o un alcohólico saben exactamente por qué vuelven a tomar. Lo he hablado con muchos. Pero yo no sé por qué lo hago, excepto eso del cinismo, esa culpa que le cargo monstruosamente a Buenos Aires, aunque la verdad no estoy muy convencido de ello tampoco. Yo sé que me hace mal, que no voy a parar pero si junto un mes de sobriedad, en secreto, mi mente empieza a planear la recaída. La calcula, y hasta la exige. No sé cómo, pero va cediendo terreno a una idea que crece como un árbol podrido. Y si en un principio ese crecimiento da la impresión de estar bajo control, rápidamente ese control ilusorio o esa ilusión de control (parte de la trampa, parte del autoengaño de mi mente) se convierte en una energía ingobernable y letal.
Esta es mi experiencia, poco recomendable, que con gusto regalaría a algún músico de rock o a cualquier hijo de vecino, aceptando a cambio la más mediocre de las vidas posibles.

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