Teníamos la posibilidad de pasar a la historia si clasificábamos a Colombia por primera vez a un mundial de fútbol. Habíamos ganado 1 a 0 en Bogotá el primer partido contra Perú y teníamos que empatar de visitantes para meternos definitivamente a la Copa de Chile 62. Los días antes del partido, los de la selección colombiana, el equipo del profesor Pedernera, estábamos alojados en el hotel Sheraton de Lima, que quedaba cerca de una estación de Policía y de un restaurante chino o japonés, no me acuerdo bien. El hecho es que en ese restaurante vendían el pollo más provocativo que yo haya visto en mi vida: estaba puesto como un trofeo en la vitrina, era de siete u ocho libras, tan doradito, tan hermoso...

En ese momento me hice una promesa: “Si eliminamos a Perú me como yo solo ese pollo, no invito a nadie”, y eso que no soy egoísta. Me acuerdo de que en el partido tiraron un centro, agarré la pelota y me pegaron un rodillazo en la mandíbula. Y ahí, tirado en el piso, medio privado, seguía con la imagen de mi pollo en la cabeza. Lo visualizaba, lo idealizaba, no paraba de pensar en él. Mientras tanto, un tipo de seguridad se metió a la cancha a pegarme. El árbitro, que era cinturón negro de karate, le hizo una llave y lo detuvo. Y yo, elevado.

Por fortuna empatamos 1 a 1. “Ese pollo es mío”, celebré. Después había una recepción con los directivos y el cuerpo técnico, pero yo le pedí permiso a Pedernera y me fui para el restaurante, que era de cinco estrellas. Antes de llegar, los policías de la comisaría de al lado me felicitaron y me preguntaron: “¿Por qué estás acá ?”. “Tengo una cita con un pollo”, les respondí, y me fui a comer. Me costó como 18 dólares, y con botella de vino, 25, muchísimo billete para la época. Para saber que dejé la mitad. Pero no importa, cumplí mi misión y conseguí los dos trofeos que quería: la clasificación y el pollo.

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