Hace años, cuando Mercedes Sosa vino a México, dijo, con un ramo de flores entre los brazos:
—Vengo porque quiero depositarlas en la tumba de Chavela Vargas.

Durante años y años, Chavela estuvo perdida del mundo, al grado de que mucha gente la creyó muerta. ¿Dónde estaba la mujer que cantaba acompañada solo de dos guitarras, con el pelo corto como entonces no se acostumbraba, de pantalones y jorongo? ¿Dónde estaba esa voz que cantaba con todo el desconsuelo y que de pronto se lanzaba como un león sobre los corazones encogidos del público? ¿Dónde estaba Chavela, la intérprete de José Alfredo Jiménez, de Cuco Sánchez y de Álvaro Carrillo, que cantaba en las noches del Tenampa, aquel lugar legendario de la Plaza Garibaldi:

“Tómate esta botella conmigo”, como un advenimiento de las noches más tormentosas? Chavela se hundió en su propio infierno, en el del alcoholismo y la soledad. Porque en muchas ocasiones era contratada y antes de que terminara su primera noche, ya había sido despedida. Y se perdió durante años y años. Hasta que volvió, en 1991, y se presentó en El Hábito, un bar de Coyoacán, en la Ciudad de México. Para entonces, había dejado el alcohol. Un día se dijo a sí misma: “Chavela, o te repones o te pegas un tiro”. Se levantó, luego de una noche terrible, y le pidió una copa a la empleada de su casa: “Dame una copa, que será la última de mi vida”.

Y volvió. Por suerte renació. No se quedó del otro lado del tiempo, en el pasado. Volvió para nosotros la mujer que había fascinado a Agustín Lara, a José Alfredo Jiménez. Esa Chavela, jovencísima, que llegó a una fiesta en casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, en Coyoacán. En la noche, Frida, en camilla y vestida de Tehuana, le dijo a Chavela: “Quédate, niña. Estás muy sola y no sabes nada de la vida”. La pintora no se aguantó las ganas y esa misma madrugada escribió una carta a Carlos Pellicer:

Carlos:

Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesviana (sic), es más, se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo, pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya. Ella, repito, es erótica. Acaso es un regalo que el cielo me envía.
Frida K.

Chavela vive en la Quinta Monina, porque así se llama la amiga y casera que le permitió vivir en esta pequeña casa que se encuentra frente al Chalchihuite, un imponente cerro del pueblo de Tepoztlán. La Quinta está formada por cuatro o cinco casas que rodean una alberca, y por un enorme jardín en donde corren Lola y Joaquín, dos xoloitzcuintles que acompañan a Chavela. En realidad, Lola y Joaquín adoptaron a Chavela porque son los perros de los vecinos, pero pasan todo el día a los pies de la cantante. En su silla de ruedas, impasible, con sus lentes oscuros, parece parte de la orografía de la zona.

En el camino a Tepoztlán, María Cortina, su representante, dijo: “Parece que un animal le picó la cara a Chavela. No quiere salir de su cuarto”. Ese día estuve fuera de su casa, con Lola y Joaquín. Solo María Cortina viaja semana tras semana a visitar a Chavela en su casa, a pasar la tarde con ella. Es que esta cantante arrebatada rompió con todo: con su país y con su familia. No tiene nada, todo lo gastó, todo lo perdió, todo se lo quitaron. De vez en cuando, Chavela recibe llamadas de sus amigos de otros países, de Martirio, de Pedro Almodóvar… Joaquín Sabina, en sus conciertos en México, ha dicho frecuentemente: “¡Vine a la tierra de Chavela Vargas!” y el público enloquece… pero nunca la ha ido a ver. Finalmente, un día, Sabina le avisó que la visitaría. Pero entonces, al compositor español se le ocurrió decir ante los medios que Felipe Calderón era un ingenuo por iniciar contra el narco una guerra que sabía perdida. Calderón, entonces, invitó a Sabina a una velada en la casa presidencial, una velada en donde el responsable del país cantó neronianamente y con mariachi las canciones de José Alfredo Jiménez y todas las de Sabina. Se permitió, además, regañar un poco al compositor español: “Ingenuo pensar que los criminales dejarán en paz a la gente si el Estado se repliega”. Chavela se quedó esperando esa noche, pero Joaquín Sabina se fue feliz, convencido de haber conocido a un hombre bienintencionado…

Yo me quedé esperando a Chavela, porque ciertamente una alergia a un medicamento le había desfigurado la cara. Días después hablé con Yolanda Santacruz, Yiyi, quien fue pareja de Agustín Lara durante diez años, desde 1952 a 1962, y me dijo: “Yo también quiero ir a visitarla”.

EL POETA EN TEPOZTLÁN

El siguiente sábado volvimos a la Quinta Monina. Chavela estaba en el jardín, sobre su silla de ruedas. Quién sabe qué mira detrás de sus lentes oscuros. Quién sabe qué piensa mar adentro de la frente. Sin duda, llegan los sábados y los domingos, con su sol, sus pájaros y sus visitas, y le interrumpen sus pensamientos. Pareciera que a Chavela Vargas se la saca de un mundo interior en el cual está casi permanentemente. Cuando platica, parece que viene de muy lejos. Contesta lentamente, casi con monosílabos. Y muchas veces, con frases terminantes. Me gustaría molestarla lo menos posible de sus pensamientos, pero me traiciona la curiosidad y siento que la bombardeo con preguntas.

—Siento muchas veces, Chavela, que solo entiendo una canción hasta que la cantas tú. El rey era una de las canciones que menos me gustaban de José Alfredo Jiménez, hasta que comprendí gracias a ti que cuando dice “Yo sé bien que estoy afuera” es porque él se sentía fuera de esta vida… Y con Las ciudades me recorre un escalofrío…

—¡Qué canción más bella! —exclama Chavela.

—¿Y ya sabes cuál es la historia de esa canción? —pregunta Yiyi—. José Alfredo estaba en España, conoció a una mujer en los toros y le fascinó. Luego, en una fiesta que tuvo en la noche, esa mujer llegó. Era una invitada también. Fíjate, el destino. Entonces se conocieron y se comenzaron a tratar y tuvieron un romance, pero ella vivía en España y él en México. Por eso, la canción dice: “Y estuve a punto de cambiar tu mundo por el mundo mío…”.

—Y tú, ¿te hubieras ido a vivir a España, Chavela?

—No, a vivir no. A ir un rato por allá, sí. Yo adoro España, la gente es muy linda, muy linda…
Después de muchos años de leer la poesía de García Lorca, Chavela cumplió uno de sus sueños: dedicarle un disco al poeta andaluz. Las guitarras tocan las canciones que Chavela ha cantado toda la vida, mientras ella dice sus poemas favoritos. El fantasma de Federico la ha seguido toda la vida. Lo vio por primera vez en la Residencia de Estudiantes, y lo ha vuelto a ver en sus viajes. Y hasta en Tepoztlán se le ha aparecido para platicar.

—¿Cuándo descubriste a Federico?

—Desde niña empecé a sentir una nostalgia… desde muy niña. Lo sentí y oí en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde estaba Federico. Estaban muchos otros poetas, muchos preciosos. Me hablaban y yo les respondía que algún día sería lo que aparece ahora.

Secretamente, Chavela pensaba en volver a España, una última vez, para despedirse de la Residencia de Estudiantes y de Federico.

—Pero tienes planeado ir a España. ¿Estás pensando en volver?

—Pues a ver qué pasa. De repente piensas una cosa y ya cambia todo.

—Oye, Chavela, pero tú estás cumpliéndote una promesa... ¿Desde cuándo tenías ganas de hacerlo?

—Hace tiempo que yo andaba buscando y hablando con el poeta y así se fue llegando el día en que pude hablar con él. Me encanta hablar con los poetas. Aunque no estén, están.

—Pero, Chavela, dime algo de Federico, lo que más te guste…

Y Chavela piensa… Como que va lejos a pescar unas palabras. Y ya regresa con ellas:

Yo ansío verte llegar
una tarde por Granada,
con toda la luz salada
por la nostalgia del mar.



EL GIGANTE QUE DESPIERTA
Quién sabe qué tiene la voz de Chavela, pero no se puede pasar de largo cuando canta. Uno se tiene que detener, escucharla y pensar en sus palabras. Yo he visto su voz impresionar por primera vez un espíritu. Pero, por alguna razón, es la gente más joven la que la escucha, la que compra sus discos. No es una voz de ayer. Quizá venga del pasado, pero solo para cantarnos a nosotros. No creo que haya sido tan comprendida antes como lo es ahora, porque hoy es una celebridad. Y antes era una mujer extraña que se vestía de hombre y que cantaba por las noches, con una voz dura. Su estilo tiene más sentido ahora. Concha Buika, la cantante española, le dedicó uno de sus discos a Chavela. Tampoco la busca nunca, pero dice Chavela que está contenta de verla triunfar por el mundo. Y está Lhasa, la cantante mexicano-estadounidense, que nunca conoció a Chavela, pero que la homenajeó y volvió a cantar Los peces, una canción que nada más suena bonita cuando la cantan Chavela y Lhasa. Pero Lhasa murió a los 37 años, jovencísima, y no pudo conocer nunca a su ídolo. Hace menos de un año, otro joven, Juan Carlos del Valle, pintor, la fue a visitar, platicaron. Y Juan Carlos hizo una serie de retratos a lápiz, con trazos angustiantes, que se expusieron en la Embajada de España en México. Le digo a Chavela que los jóvenes de todo México están protestando porque dicen que no quieren que su futuro se los imponga la televisión.

—Tengo mucha curiosidad —me dice—. Yo dije que el gigante estaba dormido. México estaba dormido y empieza a despertar. Hay que dejar que el gigante despierte. Me emociona que los jóvenes despierten. Yo canto para los jóvenes. Tengo muchos seguidores jóvenes, muy jóvenes. Y los quiero mucho. Es algo bonito. Tantos años trabajando en esto y ahí está la cosecha de jóvenes que lloran.
—Sí, eso es muy impresionante. A mí me emociona, Chavela, porque con tu voz llegas a unos lugares que uno ni sabía que tenía dentro.

—La trampa de la nostalgia

—¿Tú eres una mujer nostálgica?

—No.

—¿No te gusta eso?

—No me gusta, no. Soy yo una manera de ser, de vivir, de estar siempre con los jóvenes.

—¿Te gusta que te visiten?

—Sí.

—Es que Chavela no ha caído en la trampa de la nostalgia —completa María Cortina.

—Pero a mí sí me da nostalgia pensar en tus amigos, en José Alfredo, que murió a los 42 años. En Álvaro Carrillo…

—Álvaro Carrillo... fuimos amigos, soñamos las mismas cosas. Lo conocí en lo que era la W. Yo soy yo y llevo mucho dentro.

—Eres muy afín a él. ¡Qué emocionante cuando cantas El andariego!

Y de pronto, como algo completamente natural, Chavela cantó. Bueno, natural para ella. Para nosotros fue un estremecimiento. Aunque su voz estaba frágil y cansada, nos emocionó. Chavela cantó El andariego: “Ni cadenas ni lágrimas me ataron, mas hoy siento la calma y el sosiego, perdona mi tardanza, te lo ruego, perdona al andariego que hoy te ofrece el corazón”. Entonces, le pregunto por El último trago. Ya su voz no sube a las alturas del desprecio ni de la temeridad, pero es suficiente para que nos estremezca: “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a brindar por los mismos dolores…”.

—¿Y extrañas a esos amigos?

—¿Qué te diré? Los extraño conforme va pasando el tiempo y sueño… Sueño con soñar.

—¿Y admiras a alguna cantante?

—Te diré… no a muchas. Lucha Reyes… Algún día pregunté por ella y… ya se había ido, antes que yo.
—Siento que eres como una poeta, que piensa mucho sus frases, como si sacaras en limpio un verso. ¿Te gusta, de pronto, tomar una pluma y escribir?

—Sí. Cuando tengo tiempo y tengo ganas de dejar escrito algo. Algo que quede y que me despierta todas las mañanas. Atardece y viene la noche, y yo estoy tranquila, porque sé lo que quiero.

Y me dice entonces, un poema que le escribió a García Lorca:

Era muy bella tu Granada,
yo la conozco
y no supe nada
de que estuviste en mi baranda,
donde duerme el ángel
que no vela.


Chavela sonríe. Platica algunas cosas más. Se anima cuando empieza a hablar mal de los costarricenses. No guarda ningún recuerdo bueno de su país. Pero lo odia con pasión. Nos despedimos de ella. Habremos de acompañarla, días más tarde, Yiyi y yo, a su homenaje en el Centro Cultural de España, en donde le dedicaron un concierto y una exposición, con la presencia del embajador. Habremos de verla una vez más, feliz. “¿Dónde está Yiyi?”, preguntó entonces. Y pidió el micrófono para cantar Santa, de Agustín Lara. Dijo poemas de Federico García Lorca. Saludó a sus admiradores. Y se fue. A María Cortina le había dicho: “Uno de mis últimos deseos: ir a España, a despedirme de Federico”. Chavela fue a hacer sus trámites, y se preparó para ir. Un viaje de Tepoztlán, una hora en camioneta, un ascenso de 500 metros, le costaba a Chavela una noche de mareos y de insomnio… así que el viaje de 13 horas a España fue una más de sus temeridades. Pero lo realizó, y cantó con Martirio en la Residencia de Estudiantes. Fue hospitalizada por cansancio en Madrid. Y a su regreso, volvió a ser internada, en Cuernavaca. Es el momento en el que escribo; Chavela, dicen, está consciente y fuerte, pide que si muere, no la resuciten. Pero no, no morirá. Qué absurdo que se muera, si siempre estará bajo el Chalchihuite, con Lola y Joaquín a sus pies, impasible. Así dice ella, en una de las canciones que más le gustan: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida / y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”.

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