El 13 de noviembre de 2002 recibí en mi casa la noticia de que un barco petrolero se había accidentado en las costas de Galicia. Pero nunca imaginé que se tratara de una catástrofe de tal magnitud. El barco cisterna Prestige se acababa de accidentar y miles de toneladas de diésel se estaban derramando y acercando a la costa. Como miembro del voluntariado de Protección Civil, he participado en todo tipo de accidentes, no necesariamente naturales: incendios, estrellones, inundaciones, pero nunca me había encontrado en una tragedia de la magnitud del Prestige. Me encargué del control y asistencia al voluntariado en zona, coordinando un operativo bastante complejo. Lo más difícil era convencer a los vecinos de la gravedad real de la catástrofe, pues el gobierno autónomo nos ponía todo tipo de trabas en nuestra labor, tratando de disimular la dimensión del accidente. Decenas de voluntarios llegaron de todas partes de España para limpiar los desechos.

Cuando llegó la primera oleada de petróleo a la costa, ya estábamos esperando con los voluntarios. Teníamos que actuar rápido en la limpieza de las piedras de la costa, para evitar que la mancha se hiciera mayor. Limpiábamos las piedras con palas, cepillos y hasta con las manos, para después transportar el material en recipientes de 40 litros hacia un reactor que lo llevaba a un contenedor industrial. Todo tipo de vida marina estaba siendo afectada por el accidente, sobre todo moluscos y aves acuáticas. En especial nos preocupamos por una especie de ave en vías de extinción que solo se encuentra en unos acantilados al lado del faro Vilán. Oficialmente, se supone que hoy —casi siete años después— no hay secuelas de la catástrofe, pero todavía sigue habiendo olas de petróleo que entran en las costas.

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