El caso es curioso, lo reconozco, suena raro que una norteamericana se haya puesto como meta en la vida salvar de la extinción al mono tití, una especie netamente colombiana.

En los años ochenta yo estudiaba Biología en la Universidad de Wisconsin y tuve mi primer contacto con monos titíes que estaban en cautiverio. De inmediato me interesó la historia de estos pequeños animales que durante la década de los sesenta y setenta salieron a granel (20.000 animales aproximadamente) de Colombia para ser utilizados para estudios biomédicos. En esa época no existían leyes que penalizaran el tráfico de especies silvestres y eso ocasionó un daño que al día de hoy la ecología colombiana sigue pagando.

La dimensión de este problema la vi en 1985 cuando por primera vez pisé la población de Coloso en Sucre. A la exportación ilegal de monos se sumaba un problema que también tenía al borde de la extinción al tití: la tala de árboles, el hogar de este animal. En esa época fue poco lo que pude hacer ya que aún era estudiante y no tenía recursos, lo que sí quedó claro era que mi tesis de grado y mi vida se iban a enfocar en evitar la extinción de esta especie. El mono tití es un animal maravilloso que emite sonidos parecidos al de un ave. El tití vive en familia, cuida a sus crías, siempre tiene gemelos, los machos ayudan a las hembras en la crianza, son dóciles y no transmiten enfermedades, y a veces pelean con otros titíes, ya que son territoriales. De igual forma ayudan al ecosistema dispersando semillas que botan luego de comer y polinizando las flores. Es un gesto ambiental invaluable.

En el 2003 creamos la Fundación Proyecto Tití con la ayuda de zoológicos norteamericanos y colombianos como el de Barranquilla y entidades internacionales como la Conservation International. Ya con los recursos suficientes fijamos una hoja de ruta que incluía tres fases. Lo primero que hicimos fue hacer estudios para conocer cómo y cuándo se reproducen, qué comen y cómo es su vida social, eso es clave para entender y evaluar las razones por las cuales cada vez son menos. La segunda fase se centró en el trabajo con la comunidad. El hábitat del tití es el bosque seco tropical y no pasan a las montañas, por eso se encuentran en la costa atlántica y un sector de la zona costera de Antioquia. Al vivir en el bosque, por obligación el ser humano afecta su hogar talando los árboles para buscar leña, y cazándolos para venderlos en el mercado negro. Con alternativas como el programa Binde logramos que las familias dejaran de talar el bosque en forma sustancial. Y en la tercera fase también coordinamos grupos de limpieza de los bosques. Un solo plástico puede causar mucho daño, son elementos que brillan y atraen la atención de los monos que al comerse un plástico se enferman y pueden morir. Para eso diseñamos un programa con un grupo de mujeres de la zona, llamado Asoartesana, para enseñarles a hacer croché con bolsas plásticas. Ellas hacen mochilas y así se reciclan más de 1,5 millones de bolsas plásticas, que normalmente irían a dar al medio ambiente donde viven los monos. Así generamos empleo y salvaguardamos el hogar del tití.

Hoy la situación sigue siendo grave. A pesar de eso, gracias a la labor de nuestra fundación, el mono tití no se ha extinguido. En el 2003 la especie estaba al borde de la desaparición y hoy quedan en Atlántico y Bolívar 1000, aproximadamente, y 6000 en todo el país. No es una gran cifra, pero seguimos trabajando con el apoyo de la comunidad y de diferentes entidades gubernamentales como Cardique y la CRA. Siento amor por los titíes y mi vida gira en torno a ellos. Soy optimista y creo que la especie se va a salvar, es nuestra lucha diaria.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.