Entramos al vestíbulo y de nuevo me impactó la vista del Bósforo, de un azul marino impresionante, a través del ventanal del bar en el que, dicho sea de paso, preparan los mejores jugos de pistacho del planeta. Mientras Felipe, mi esposo, recogía en la recepción los pasajes para nuestro próximo destino, el puerto de Bodrum, a orillas del mar Egeo, ojeé las mesas del hall, repletas de postres típicos. Me entretuve observando los manjares y platillos dispuestos en fuentes y bandejas hasta que llegué a un sofisticadísimo dispensador de jugos o néctares. En este me topé con un árabe enigmático, con la barba perfectamente recortada, que lucía una túnica de un blanco resplandeciente de la cabeza a los pies.

El personaje me sorprendió tanto que le pregunté en inglés, en son de chiste:

—¿Usted es un príncipe?—Sí, soy un príncipe —me contestó muy serio y solemne.

La respuesta y lo despelucada que estaba por el vuelo me produjeron un ataque de risa nerviosa. Pero me pudo más la curiosidad y seguí interrogándolo.

—¿Y a cuál familia real pertenece? ¿Cuál es su nombre?

—A la monarquía de Qatar. Mi nombre es Ali bin Abdullah Al Thani.

Saqué rápidamente la libreta en la que apunto todo lo que me llama la atención en los viajes y se la di para que me escribiera su nombre en mayúsculas.

—¿Tiene Facebook?

— Sí, tengo —me contestó.

—¡Brindemos por eso! Es la primera vez que converso con un príncipe y además tenemos “intereses comunes”. Yo también vine acompañada por mi príncipe.

Felipe se acercó sonriente con los tiquetes para Bodrum en la mano. Le presenté al príncipe catarí y viceversa.

—Príncipe, su majestad Ali Bin Abdullah, le presento a mi príncipe, Felipe, de la Sabana de Bogotá.

Los tres soltamos la carcajada. Felipe le preguntó a qué se dedicaba. Nos contó que vivía la mayor parte del año en la suite real del Ritz-Carlton de Estambul. Era el embajador de su reino en Turquía, país que es muy importante porque les sirve de puente con Europa occidental. Nos explicó que el principal problema de su emirato era invertir de manera rentable y sensata la gran cantidad de dinero que recibe cada año por la venta de gas natural y de petróleo. Aunque tienen poca población y un altísimo ingreso per cápita, tienen la responsabilidad de invertir muy bien sus riquezas para garantizarles a las generaciones futuras el nivel de vida que tienen en la actualidad. Esto lo logran comprando negocios, grandes compañías, bancos, acciones y papeles de deuda externa de países desarrollados.

En este punto, la entrevista dejó de emocionarme porque yo quería hacer preguntas ligeras y femeninas sobre cuántas mujeres, esposas e hijos tenía, cuántas veces se había casado, si debía dirigirme a él cómo sultán, alteza o emir, pero sus guardaespaldas apremiaban. Entre seguir hablando y tomarme una foto con él, opté por lo segundo, para vergüenza de Felipe.

Al día siguiente nos lo encontramos en el comedor y lo saludamos como viejos conocidos. El príncipe casi no nos reconoce, supongo yo, porque estábamos más peinados que en nuestro primer encuentro. Él estaba disfrutando de un opíparo desayuno en compañía de la que supusimos era una de sus prometidas o esposas. Se cubría con un delicado chador y tenía todos los accesorios de lujo posibles: anillos, cartera, reloj, pulseras, zapatos y gafas. Nos invitó a visitar su país.

Dicho esto, nos sentamos en la mesa contigua a desayunar y yo me dediqué a observarlo en detalle. El príncipe es de tez oscura, guapo, varonil. Tiene una mirada encantadora, y por lo que hablamos se nota que es inteligente y astuto. Es un hombre de mundo envuelto en un aura de misterio. ¿Cómo no pedirle entonces que me agregara como amiga en Facebook? Me aceptó y así seguimos en contacto.

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