A pesar de que mi papá opinó que no era una buena idea meternos a un mundo tan complejo como el de la televisión, mi mamá llevó una carpeta con nuestras fotos a RTI. Los productores de La viuda de blanco quedaron contentos con nosotros, pero no sabían cómo contactarnos, porque mi mamá estaba tan emocionada que olvidó poner el teléfono y la dirección entre los papeles. Después de buscarnos mucho, lograron encontrarnos porque un niño de apellido Rudas que había salido en un comercial de televisión resultó ser primo nuestro.

Para firmar con RTI, nos pidieron dos cosas: primero, hacer un acuerdo con el colegio Unidad Pedagógica, donde estudiábamos, para asistir cuando no hubiera grabación; segundo, un permiso en el Ministerio de Trabajo, porque éramos menores de edad. Conseguimos la autorización del colegio con el compromiso de ir todos los días de ocho a nueve de la mañana, aunque irónicamente a esa hora había recreo. El permiso del Ministerio nunca llegó.

En la telenovela éramos los hijos de la protagonista. Yo me llamaba Duván; mi hermano Santiago, Felipe, y ambos teníamos el poder de mover cosas con la mente. Nuestro papel no era realmente fundamental, más bien, una excusa para ganar audiencia infantil. Y sí que lo hicimos, porque en los dos años que se transmitió la novela tumbamos tres proyectos del canal enfrentado.

Nuestra fama llegó al punto que no podíamos contestar el teléfono de la casa, porque de alguna forma la gente se había conseguido el número y nos dejaban a diario decenas de mensajes en el contestador con canciones, declaraciones y hasta gemidos sexuales. Una vez fuimos a la Feria del Libro con el colegio y no logramos ni entrar. Me acuerdo de que las niñas gritaban como locas y los bachilleres de la policía que nos debían aislar de la gente prefirieron tomarnos fotos y pedirnos autógrafos antes que cumplir con su trabajo.

Las grabaciones empezaban a las diez de la mañana, y generalmente teníamos que ir hasta los estudios de RTI, que quedaban en unos sótanos en la calle 19 con carrera 4. El colegio quedaba en la vía a Cota, entonces el recorrido era de más de una hora. A veces nos tocaba quedarnos hasta las doce de la noche y al otro día madrugar de nuevo al colegio y llegar a RTI a las diez.

Fueron dos años realmente agotadores, porque inicialmente nos habían dicho que íbamos a estar en algunos capítulos y terminamos saliendo en el 99 % de la novela. Además, cuando se acabó La viuda de blanco, quisieron sacarle más provecho al tema de los gemelos, y nos pusieron a grabar una serie que se llamaba Viceversa, donde hacíamos prácticamente el mismo papel.

Ni a Santiago ni a mí nos quedó gustando la televisión. Volvimos al colegio, nos graduamos y entramos a la universidad. Él empezó a estudiar Música y yo, Artes Plásticas. Llevábamos un par de semestres cuando de nuevo nos volvieron a buscar para un proyecto audiovisual, esta vez para una película. Pero no queríamos exponernos a lo mismo. Nos insistieron demasiado y decidimos ir personalmente a decirle al director que no estábamos interesados. Sin embargo, ese proyecto resultó ser muy diferente. Así que finalmente salimos, otra vez como gemelos, en El colombian dream.

Actualmente trabajo haciendo videos y otras cosas en Pausar y Radio Pachone, dos proyectos independientes de comunicación alternativa. Mi hermano vive en Buenos Aires y se dedica a la música. La gente no me reconoce en la calle si estoy solo, pero cuando voy con Santiago, sí. Lo que me pasa muy seguido es que me dicen: “Yo a usted lo he visto en alguna parte”. En ese caso, trato de averiguar si me están confundiendo con mi hermano o si realmente nos conocimos en algún lado, pero generalmente la confusión está en que el recuerdo de La viuda de blanco se les mezcla con la realidad.

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