Fue hacia 1985 y mi vida laboral y personal se podía resumir en una sola palabra: estrés. Fumaba dos cajetillas al día y sufría infecciones respiratorias frecuentes. Un día decidí hacerme un examen de sangre para definir qué antibiótico tomar para mejorarme. Llamé a la nueva bacterióloga que se había instalado en la fundación médica que teníamos con varios amigos y concertamos una cita. Me tomó una muestra y de pronto me miró y me advirtió: "Está muy pálido, es mejor que se siente". Yo le hice caso y me senté en un butaco.

La verdad es que no me sentía mal y estaba tranquilo. Me llamó la atención un jarrón con una flor y me quedé mirándolo. Eso es lo último que recuerdo. El diagnóstico que me dieron en la tarde, en la clínica donde me llevaron de urgencia, fue que sufrí un síncope vagal, también llamado vaso vagal, en el que uno se desploma de un momento a otro a causa de la frecuencia cardiaca, que se pone más lenta, causando una reducción considerable de la cantidad de sangre que debe llegar al cerebro.

Me contaron que caí al suelo "como un lápiz". La bacterióloga me palpó la muñeca y el cuello y no encontró pulso. Me abrió los párpados y vio las pupilas dilatadas. Pidió auxilio y acudió la odontóloga, que era la única otra persona presente en el lugar. Entre las dos hicieron procedimientos de resucitación y me regresaron a la vida, cuatro minutos después volví a tener pulso y mis pupilas reaccionaron a la luz. Sin embargo, no fue eso lo que sentí inicialmente cuando recobré la conciencia.

Escribí en una hoja poco después: "Estoy rodeado de luz y estoy viajando hacia adelante; estoy siendo transportado, aunque no percibo vehículo alguno. A mi lado hay alguien que me toma de la mano (aunque no percibo cuerpo alguno) y me habla sin palabras. Estoy en paz, totalmente feliz y totalmente libre. Siento irradiar el amor de la persona que me acompaña y me siento inmerso en una dicha total, sin condiciones. No hay sensación de tiempo. Podría llevar en este viaje unos minutos o siglos enteros. De repente me siento arrancado de la realidad. Voces conocidas dicen 'ya volvió, ya volvió' y comienzo a ver la imagen borrosa de las mujeres que me salvaron la vida. Pero no me siento aliviado; me siento asustado, como si me hubieran arrancado de la realidad y me hubieran traído al sufrimiento del peso de mi cuerpo, del sudor frío, del miedo, del dolor de no saber. Mi sensación es como de '¿yo qué hago aquí '. Yo no estaba aquí, yo estaba feliz, yo estaba… ¿dónde, ¿con quién?"

Días después compartí mi experiencia con un amigo médico. Él me quiso explicar: "Es que la madre naturaleza, en su sabiduría, genera endorfinas que producen esa sensación de bienestar para que la muerte no sea tan cruel". Pero yo me preguntaba, ¿qué es la madre naturaleza? ¿Por qué habría de creer más en la madre naturaleza o en la sabiduría de las endorfinas, que en mi propia conciencia y en mi propia experiencia? Me convencí de que somos más que un cuerpo.

¿Cambió esta experiencia mi vida? Mi estrés se fue. De algún modo sentía (y siento hoy) que todo tiene sentido, que la mayor parte de los eventos tienen únicamente el sentido que yo les doy, lo que me confiere un poder especial sobre mi vida. No me hice particularmente más sabio ni mejor persona, pero sí busco más la bondad y el afecto. Para mi asombro y frustración, todavía le temo a la muerte. Y si alguien me preguntara qué es estar muerto, tendría que responder: "Es lo mismo que estar vivo, solo que sin el dolor".

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