Los filipichines
Cinecittà es el nombre de los legendarios estudios del cine italiano, fundados por Benito Mussolini en la segunda mitad de la década del treinta. Su nombre está relacionado con lo mejor del cine europeo del siglo XX y, sobre todo, con la figura sagrada de Federico Fellini. La casa de Fellini, la llama Roberto Mannoni en un documental en el que nos recuerda que en el Studio 5 se rodarían las imágenes emblemáticas de La dolce vita, ese filme galante sobre la sofisticación romana de comienzos de los años sesenta. Siete líneas para explicar un chiste. Pero no, no es demasiado. Porque en Bogotá también tuvimos nuestra Cinecittà, en las bodegas de la programadora RTI, a comienzos de los años ochenta, donde se grabarían los memorables capítulos de la serie Don Chinche, comedia emitida semanalmente los domingos a las siete y treinta de la noche, entre 1983 y 1989.

Como todos los colombianos desprogramados, quien estas líneas escribe veía Don Chinche con infrecuente regularidad. Sabía que estaba escrita y dirigida por Pepe Sánchez y que por su reparto pasaba lo mejor de la televisión de nuestro dolidísimo país de los ochenta. Cuando se sumaron al elenco mi profesora de teatro Vicky Hernández y mi cómplice Diego Álvarez, la miraba con mayor regularidad y mi disciplina de televidente se consolidó, por razones de chauvinismo mayor, cuando apareció el personaje de la Caleña, interpretado por la actriz Socorro Ortega. Los caleños fundamentalistas de la época odiábamos las malas imitaciones que se hacían en la televisión rola de nuestro delicadísimo acento. Así que, cuando la Ortega se encargó de realizar una descarada per/versión de las profundidades de una valluna proleta, la felicidad se puso de nuestro lado. Me encantaba ver el personaje del punk cibernético de Diego Álvarez, contrapunteando con la galería de personajes que se convertirían en nuestro propio vecindario: Don Chinche (Héctor Ulloa) y su inocente chicanería cantinflesca, Eutimio (Hernando Casanova) y su traviesa tontería, Doña Bertica (Chela del Río) y su alcahueta bondad, Don Joaco (Silvio Ángel) y su inteligente torpeza para los negocios, la señorita Elvia (Paula Peña) y su diminuta ingenuidad, Rosalbita (Gloria Gómez) y su despiste astral, el doctor Pardito (Víctor Hugo Morant) y su derrotada negligencia de otros tiempos. En fin, Doña Dorisita (Delfina Guido) y su arribismo insatisfecho.

Había más, muchos más. En la medida en que corrieron los años, por allí pasó William Guillermo (Luis Eduardo Arango) con su velocidad del rebusque paisa, Rosa ‘la Amistad’ (Cristina Penagos) y su salón de terrible belleza. La memoria me juega malas pasadas. Pero permitidme, oh, lector, protegerme en la primera persona, para que este asunto justifique su aliento. Yo venía del mundo del teatro. Vivía en Cali. Del teatro salté a los entretelones de Caliwood. En ambos ambientes, la televisión era vista como la hija boba de las “bellas” artes. A mí me costaba asumirlo, estuviese en las huestes de la izquierda o de la anarquía, porque tenía dos parientes exitosos en la pantalla chica: el “pionero” Bernardo Romero Lozano y su hijo, mi enigmático primo Bernardo Romero Pereiro. No, yo no podía hablar mal de la televisión, porque no me podía meter con la familia. Oía en silencio a sus detractores y me hacía el loco cuando fundamentalistas como los del Teatro Libre de Bogotá echaban de sus filas a cualquiera que se atreviese a pararse frente a una cámara. Entendía las razones pero, en mi caso, debo confesar que a mí todo lo que me sonara a construir ficciones me encantaba, así fuera con comerciales o con discursos del presidente de la república en la mitad de una emisión.

En 1987, tuve la fortuna de codirigir un episodio del programa Suspenso 7:30, con mi amiga Elsa Vásquez. Allí trabajé con la actriz Rosario Jaramillo. El amor tocó a nuestras puertas y yo decidí quemar mis naves e irme a vivir a Bogotá. Caliwood se había terminado y todos sus integrantes hacíamos mutis por el no tan gracioso camino del foro. Llegué a la capital de la república, invitado como profesor de la desaparecida Escuela Nacional de Arte Dramático, de gran prestigio pero de pésimos sueldos. Había que hacer algo para poder invitar a comer a mi nueva novia, antes de que su antiguo pretendiente me la quitase para siempre. ¿Qué hacer? Una noche una amiga, la productora Liuba Hleap (conocida en Caliwood como ‘el cuerpo de la producción’) me puso contra la pared y me dijo: “Están buscando un actor para que haga de caleño en El Chinche. ¿Se le mide?”. No me dio tiempo de pensar. Las recomendaciones de Liuba eran órdenes. Al día siguiente, tenía cita con la nueva libretista de la serie, la recién llegada de Italia Juana Uribe. En aquel tiempo, simplemente Juanita. Llegué a su cubículo con el silencio de los inocentes pero, para mi sorpresa, hubo inmediata complicidad entre ella y yo. El chiste de “Chinchechitá”, para alguien que acababa de regresar de Roma y de educarse con Ettore Scola, era, por supuesto, un bocatto di cardinale (dizque así no se dice, pero ajá). Cuando salí de las oficinas de la calle 19, ya me había convertido en un personaje.
Nelson y sus estrellas
Mi noviazgo con Rosario Jaramillo terminó por razones que, ay, no vienen al caso. Mi amistad con Juana creció sin mayores esfuerzos y, un par de semanas después estaba, en los libretos de veinte páginas (los capítulos duraban media hora, con dos cortes a comerciales), un tal Nelson. Casi nadie (¿por fortuna? ¿Por desgracia?) recuerda a Nelson. Era un disc-jockey de medio pelo (como todos los héroes de la serie) con muchísimo pelo, gafa negra, camiseta de salsómano y arrebato de camaján. Supuestamente, debería ser el tumbalocas del barrio, el cual debería producirles la ira a todos los habitantes del vecindario. Y, evidentemente, no solo les produje la ira a los habitantes del vecindario, sino también a los actores que los representaban. Imaginaos, oh, lector, la situación. Estos bellos seres a quienes admiraba, acostumbradísimos a llegar todos los martes a grabar (en un día se grababa un programa) a las siete de la mañana, maquillarse, hacer de las suyas y regresar a casa a las seis, teniéndole que explicar a un recién llegado lo que hacía rato ya había sido inventado. Con una prudencia que no me conocía, me propuse instalarme en el microcosmos de don Héctor Ulloa y tratar de hacer las cosas lo mejor posible. Cuando llegué al elenco, Pepe Sánchez ya no estaba (trabajé con él un año después, haciéndonos, por lo demás, estupendos amigos en el drama El regreso del tigre del Teatro Nacional, bajo la dirección de Manuel José Álvarez). El mismo Chinche dirigía los actores del programa y el realizador chileno Dunav ‘Duni’ Kuzmanich era el encargado de la fotografía y la dirección de cámaras. En la coordinación, una leyenda de la vieja televisión colombiana: don Henry Ávila.

Nunca me olvidaré del primer día. Un largo travelling (movimiento de la cámara mientras se desplazan los actores) en el que tenía que coquetear con Paula Peña, also known as ‘la señorita Elvia’. Ella me dio algunas indicaciones “para que me soltara” y nos mandaron a grabar, sin ensayar ni una sola vez. El plano duró poco más de un minuto que para mí fueron cien. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, me dije. “¡Se repite!”, gritó el coordinador y, poco a poco, el alma me fue regresando al cuerpo. Sí, repetir. Necesitaba repetir muchas veces. Como el cine, la televisión también se inventa en desorden y uno tiene que tener la cabeza muy bien puestecita para no retrasar el trabajo de cincuenta personas que andan revoloteando por allí y no terminar siendo asesinado por la mirada de la experiencia. Mi primer plano se grabó, no sé, tres, cuatro veces. Al terminar, me preparé para el siguiente, sacando de mi limitado repertorio actoral los gags necesarios para no morir en el intento. El domingo siguiente vi el capítulo emitido y casi me meto debajo de la cama. Ese no era yo. Ni tampoco quería serlo. Pero la suerte ya estaba echada y había que seguir adelante a como diera lugar.

No sé cuánto duré en El Chinche. Yo calculo que un año. El hecho es que me acostumbré a la vida cotidiana de ir a grabar todos los martes, llegar al segundo piso de Chinchechitá, maquillarme con el doctor Pardito, hablar de las bombas y de la tragedia nacional con la Amistad, tomar caldito de costilla con doña Bertica, echar chistes de grueso calibre con don Joaco. En aquel tiempo, no todos los del elenco estaban disponibles, porque se iban temporalmente a cumplir con otros menesteres. Pero, de un momento a otro, todos volvían. Yo no sé cómo hacía Juana Uribe para organizar su cabeza y escribir las historias haciendo conciliar las agendas de cada uno, pero allí estaban todos los martes los libretos y sobre ellos todos caminábamos. Me encantó, en un principio, cuando Diego Álvarez regresó a la serie. Era mi amigo y su personaje del punk se convirtió en mi interlocutor permanente. Pero Diego ya estaba cayendo en el pozo sin fondo de sus propios excesos y era muy difícil trabajar a su lado. Se tomaba en la tienda de al lado, dos, tres aguardientes dobles antes del mediodía y, por la tarde, no recordaba ninguna de sus líneas. Bueno, casi ninguna. Sin embargo, todos nos protegíamos porque entre los actores, una vez roto el hielo de la indiferencia, se puede crear una solidaridad incondicional de seres humanos mucho más grande que en cualquier otro oficio. Antes de su trágica defenestración, Diego Álvarez continuó siendo mi amigo y lo quise de verdad, aunque nunca entendí jamás el misterio de su alma suicida.

Hasta que llegó doña Delfina Guido. Ella estaba en licencia grabando, creo, como Diego Álvarez, Los pecados de Inés de Hinojosa. Desde el momento en que llegó, decidió odiarme. Yo traté de ser amable y de “ganármela” por el lado de los chistes de un solo sentido, pero Delfina era intransigente y un día me enfrentó en un rincón. “Usted me detesta, ¿verdad?”. Y me miró fijamente a los ojos, con sus dientes de cuatro pisos. Nunca volví a dirigirle la palabra. Pero Dios sabe cómo hace sus cosas. Tres años después, viviendo en París, Delfina viajó a la capital francesa con el elenco de la obra de teatro La cándida Eréndira, dirigida por Jorge Alí Triana. Se presentaban en el elegantísimo Teatro del Odeón. Yo quería mucho a Fabiana Medina, quien representaba el rol principal. Decidí llevarle unas flores. Se las entregué al portero del teatro, diciéndole que, por favor, se las entregara “a la protagonista” de la obra. El portero fue a los camerinos y preguntó quién era la protagonista. “¡Yo!”, gritó Delfina, la abuela desalmada. Fabiana se dio cuenta de quién era el remitente de las flores pero no dijo nada, entendiendo la confusión. Al terminar la función, fui a saludarlos. Delfina se lanzó a mis brazos y lloró feliz. “¡Sandro! —me gritó—. ¡Nunca pensé que iba a recibir un ramo de rosas en París!” y me besaba con ganas. Desde ese día hasta su muerte, siempre que nos encontramos ella me sonrió radiante.

RTI Televisión presentó...
Con el Chinche Ulloa y con Kuzmanich terminamos siendo buenos compañeros de ruta. El rating de la serie no era el mejor (“Don Chinche ya no es como era antes”, decían sus detractores) y, en algún momento, los grandes jefes de la programadora decidieron casar por fin al Chinche con la señorita Elvia y darle al asunto un entierro de primera. Juana Uribe escribía en ese entonces la telenovela de rock Loca pasión, con Carlos Vives y Marcela Agudelo. Así que los últimos libretos de Don Chinche los escribió el maestro Ulloa con su partner chileno. Para el último capítulo, un especial de una hora, colaboré con ellos, escribiendo en la casa del protagonista de la serie, cuando supieron que yo también practicaba el oficio de la pluma. Aunque toda la serie se grabó en las legendarias bodegas, hoy desaparecidas, de la programadora, a veces se salía a una que otra locación, grabándose siempre a una sola cámara, como en el cine. Para el final, las principales escenas se hicieron en la capilla del Chorro de Quevedo del barrio La Candelaria, donde estuvimos casi todos los personajes sobrevivientes en la serie, como Negativo, el carranguero Jorge Velosa, ‘el embajador’ Hugo Gómez y cientos de extras más.

En su momento, yo era reconocido en las calles y algunos de mis amigos fundamentalistas me retiraron el saludo. Gracias a mi pasión infantil por el América de Cali, mi curiosidad por la salsa y por ser un experto en buscar lo que no se me ha perdido, supe sobrevivir en Chinchechitá y sus alrededores con la mejor decencia posible. Los años se fueron, muchos de los responsables de la creación de Don Chinche ya no están (Diego, Delfina, Kuzmanich, Casanova, Chela del Río). Pero el programa forma parte de la memoria de la televisión colombiana de una forma imborrable. Lo que se hace para la televisión está condenado al olvido. Don Chinche, por el contrario, se recuerda con una indulgencia casi milagrosa. En 1990 se intentó revivir la serie, a partir de la idea de los personajes convertidos en nuevos ricos. Pero el asunto no pasó a mayores. La televisión colombiana, para bien o para mal, había cambiado y Don Chinche ya no encontró su lugar en la última década del milenio.

Al escarbar a veces en YouTube, me encuentro a Nelson. No me lo creo. Con mi larga melena de 29 años, mi flacura irreconocible y mi proclive inclinación a hacer el ridículo, parezco un hermano menor de mí mismo que pasó por la televisión y luego cayó en desgracia. Pero para qué voy a darme látigo. Me gustó haber pasado por Don Chinche. Aunque a veces me despierto por las mañanas y pienso que todo este asunto yo no lo viví, sino que fue un invento de Juana Uribe para confirmarme que lo tenía todo controlado. ¿O será tal vez que trabajé en La dolce vita y los recuerdos de Cinecittà se me confunden?

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