En 1962, mi exesposa, Judy, y yo le dimos la bienvenida a nuestro hijo mayor, Rick. Debido a complicaciones con el parto y a causa de un déficit de suministro de oxígeno, él había llegado a este mundo con una parálisis cerebral y no iba a poder caminar. Aún recuerdo las palabras desalentadoras de los médicos, que nos aconsejaban con insistencia internarlo en una institución especial. Ambos nos negamos rotundamente; habíamos tomado la decisión de luchar por este gran amor hasta el final. Después de mil rechazos, pudimos matricularlo en un colegio público como cualquier otro y logramos que se aprobara la ley Massachusetts 766, la primera reforma de educación especial en el país.

Todo cambió en la primavera de 1977. Yo trabajaba en la Guardia Nacional cuando Rick me pidió —a través de su computador especial para comunicarse— que participáramos en una carrera benéfica de 5 millas en homenaje a un jugador de lacrosse que acababa de quedar paralizado. Mi hijo tenía 15 años y yo acababa de cumplir 37.

La verdad, desde mi grado de bachiller, mi relación con los deportes había sido poca: trotaba un par de veces a la semana y jugaba jockey de vez en cuando. Sin embargo, no dudé en participar en la carrera mientras empujaba a Rick en su silla de ruedas. Logramos un honroso penúltimo lugar. Fue muy difícil. Cruzamos la línea de llegada y yo me estaba quedando sin aliento, mi corazón latía más fuerte que nunca. Esa misma noche, Rick me dijo: “Papá, cuando corro, siento que no soy discapacitado”. Este fue un mensaje muy poderoso para mí.

Solo había un problema: el que quedó discapacitado después de esa primera competencia fui yo. No sabía que tenía tantos músculos en el cuerpo que produjeran dolor, y me costó caminar durante las siguientes semanas. Pero rendirme nunca fue una opción. Yo no estaba corriendo por placer. Si mi hijo necesitaba que le prestara mis brazos y mis piernas para cumplir su sueño, empujarlo era lo mínimo que podía hacer.

Habíamos descubierto algo maravilloso para compartir entre los dos. Esto marcó el comienzo de nuestro equipo, el Team Hoyt. Le dije a mi hijo: “Si vamos a seguir corriendo, tendremos que hacer una silla que no te lastime”. Así que fuimos a New Hampshire y conocimos a un ingeniero que le diseñó una especial. En el momento, no existían coches para trotar y las sillas eran de cuatro ruedas. Nosotros necesitábamos una de tres, con dos atrás y una adelante. No conseguíamos quién la fabricara, ni siquiera uno de nuestros patrocinadores que hacían bicicletas. Finalmente, por fortuna, conseguimos lo que llamamos una “silla para correr” y fuimos a Springfield, Massachusetts, a participar en una carrera. Cuando llegamos, nadie se nos acercaba, nadie nos hablaba, nadie nos quería ahí. Pero el organizador de la competencia nos dejó participar. Eran 600 corredores y solo llegamos 300.

Después de eso, cada carrera que hemos completado juntos ha ido creando un vínculo imposible de romper. Durante los triatlones, utilizamos, además de la silla de tres llantas, un asiento especial que se ubica en la parte delantera de la bicicleta y un pequeño bote con una cuerda que debo jalar para transportar a Rick en el agua.

Nuestra historia se hizo famosa por un video de un triatlón de Ironman publicado en YouTube en 2008, cuando ya llevábamos más de 30 años corriendo. Agradezco al desconocido que lo subió por lograr que tuviéramos más de nueve millones de visitas en poco tiempo, porque yo a duras penas sabía de la existencia de internet. Hasta ese momento, la mayoría de nuestros fans provenían del mundo del atletismo, pero ese boom hizo que empezáramos con nuestras charlas de superación y que pudiéramos crear diferentes organizaciones deportivas para personas con discapacidad, como Team Hoyt Virginia Beach y Team Triumph. El mensaje es para todos: queremos transmitir que una discapacidad no es sinónimo de una limitación y que el amor puede mover montañas. Por eso, utilizamos en nuestra ropa de competencia eslóganes como “Tú sí puedes” o “Es una buena vida”.

Ahora, 37 años después de esa primera carrera, puedo decir que Rick y yo hemos pedaleado, empujado y nadado en 1108 competencias, entre las que hay decenas de maratones, 22 duatlones, 255 triatlones (incluidos siete Ironman, la prueba reina del triatlón, en la que se nadan 3,86 kilómetros, se pedalea por 180 y se corren 42,2 más). Hicimos también un gran recorrido por Estados Unidos, en 1992, en el que completamos más de 6000 kilómetros en 45 días a punta de trote y bicicleta.

El esfuerzo físico ha sido tal que a veces he sentido que los huesos se me van a romper. Actualmente sufro del síndrome del túnel carpiano (inflamación de tendones y ligamentos de la mano) por todos los años que he apretado las manijas de la silla de ruedas; me duele constantemente la espalda, y hace poco tuve un leve infarto. Eso sí, los doctores me dicen que si no estuviera en forma, probablemente habría muerto hace 15 años.

Los entrenamientos siempre han sido bastante fuertes, pues llegamos a correr un promedio de 50 carreras al año. Además, cuando por fin logramos clasificar a la maratón de Boston, quedamos en la categoría de Rick. Él estaba en sus veintes y yo, en mis cuarentas, entonces tenía que ser muy fuerte para competir con personas a las que doblo en edad. Para lograrlo, practicaba con una bolsa de cemento de 43 kilos (Rick pesaba 42), pues él empezó a estudiar en la universidad y le resultaba bastante difícil sacar tiempo para entrenar.

Mi hijo tiene hoy 52 años, es graduado en Educación Especial de la Universidad de Boston y trabaja como desarrollador de sistemas para computadores de ayuda. Además, utilizando el método Russell (asienta la cabeza cuando le dictan la letra del alfabeto que quiere decir), coescribió el libro Una carta a la vez. Es, sin duda, un campeón de la vida, un atleta de corazón. Juntos, hemos ganado unos 30 premios y tenemos tantos trofeos y medallas que ya perdimos la cuenta.

También escribimos el libro Devoto: la historia de amor de un padre por su hijo, junto al autor Don Yaeger. En él, Rick me dedicó una carta en el último capítulo. “Tengo una lista de cosas que haría por ti si no fuera discapacitado. Lo primero en mi lista: haría mi mayor esfuerzo para correr el campeonato mundial de Ironman, empujándote, jalándote y pedaleándote. Luego te empujaría en la Maratón de Boston. Mis agradecimientos jamás serán suficientes, y tengo que agradecerte por ser tan devoto a mí. Yo soy igual de devoto a ti”.

El mes pasado completamos nuestra última Maratón de Boston, la número 32. A pesar de que los duros entrenamientos ya le están cobrando cuentas a mi espalda, seguiré compitiendo en algunas carreras cortas. Rick estará en el atletismo mucho más tiempo, con un nuevo compañero, pero yo jamás me iré de su lado. Seguiremos teniendo una buena vida juntos.

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