¿Cómo? Tratando de erradicar la mutilación genital femenina, un crimen atroz que viví en carne propia y que consiste en la amputación de los genitales de una mujer.

¿Por qué es importante mi historia? Porque es la historia de millones de mujeres de todo el mundo que son torturadas con ese procedimiento bestial. Por eso decidí escribir un libro contando mi experiencia. Un libro que después se convertiría en una exitosa película que le dio la vuelta al mundo: Flor del desierto.

Es verdad que el largometraje solo podía mostrar una parte de mi vida, pero capta lo esencial. Aunque muchos no lo crean, lo que pasa en Flor del desierto no es exagerado, no hay ficción, ¡esa fue mi vida! Y la película logra lo realmente importante, educar a la gente. 

La mutilación genital femenina es el crimen más cínico que existe contra niñas y adultas, es la represión más brutal. Te destruye física y mentalmente. Más de 150 millones de mujeres de todo el mundo son afectadas por ese flagelo. Por fortuna hoy puedo decir que salí adelante, que me escapé de Somalia después de ser víctima de ese abuso y finalmente llegué a Inglaterra, me convertí en modelo, conocí a mi esposo, tuve a mis hijos, escribí el libro.

Apenas fue publicado, recibí ofertas de varios productores cinematográficos, y firmé una opción de contrato con Elton John y Rocket Productions. Pero al final decidí darle mi historia al productor alemán Peter Hermann, quien ganó un Óscar a mejor película extranjera en 2003 por En un lugar de África. Hermann vivió y trabajó como etnólogo con varias tribus de diferentes países africanos antes de empezar a producir películas. Estaba familiarizado con los nómadas de ese continente, con sus vidas, con la mutilación genital. Me pareció la persona perfecta para difundir mi mensaje.

Me encantaron la actuación de la etíope Liya Kebede y la dirección de Sherry Hormann. Las reacciones internacionales fueron excelentes. Sin embargo, fue muy duro recordar todos esos momentos tristes. Quedé destrozada cuando vi Flor del desierto por primera vez. No pude dormir durante días. 

Son esos recuerdos los que me impulsan a trabajar con mi fundación, que tiene el mismo nombre de la película. La idea es aumentar la conciencia sobre un delito que en muchas sociedades sigue siendo un tabú, especialmente en esas donde es más común. Hemos recibido más de 120.000 correos electrónicos y hemos sido capaces de salvar a muchas mujeres. Llevamos más de diez años tratando de convencer a políticos y ONG de implementar leyes contra esa violación y de educar a la gente al respecto.

Y para eso hay que trabajar duro, hay que hacer de todo. En una semana cualquiera puedo ir a Líbano a participar en un programa de televisión, porque la mutilación es muy usual en el mundo árabe; al otro día, reunirme en París con la ministra francesa para los derechos de las mujeres y hablar sobre una campaña al respecto; luego, participar en una reunión en Londres para recoger fondos para mi fundación, y al final de la semana, viajar a Polonia a otro evento. 

Es un día a día ajetreado, lo sé, pero trato de no dejar de lado a mis hijos: cuando estoy en mi casa, cocino para ellos, los llevo al colegio, los apoyo y les enseño amor y respeto, como cualquier otra madre. Porque eso, dar amor y respeto, es el primer paso para erradicar las atrocidades que pasan en el mundo, como la mutilación genital femenina.

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