Era abril de 2005, y Samuel, con solo dos días de nacido, estaba en cuidados intensivos en una clínica de alta complejidad. Desde antes de que naciera, sabíamos que tenía problemas en los riñones, pero fue después del parto que entendimos que era más serio de lo que imaginábamos. Con mi esposa recuperándose de la cesárea, tuve que irme con mi hijo a Barranquilla, pues en San Marcos, Sucre, un pequeño pueblo de 50.000 habitantes, no había hospital en el que pudiera sobrevivir.

Durante las primeras semanas me tocó hacer de papá y mamá y soportar la distancia con el resto de mi familia. Pero nada, nada en este mundo se le parece al dolor que sentí cuando el nefrólogo pediatra me dijo que mi hijo muy seguramente no iba a sobrevivir. Según él, los riñones no solo estaban mal, sino que se iban poniendo peor con los días.

Mi hijo, pequeño y todavía inflamado por la cesárea, estaba conectado a un montón de máquinas que pitaban de manera tan aguda que me empezaba a sentir traumatizado. Samuel, débil físicamente, se aferraba a la vida con una fuerza sobrenatural que me contagiaba cada vez que perdía la cordura. Si él con apenas unas semanas de nacido tenía el poder de mantenerse en este mundo a pesar de tenerlo todo en su contra, por qué yo no iba a ser capaz de soportar ese, uno de los momentos más duros de mi vida.

Y entonces Samuel finalmente se estabilizó, aunque su condición seguía siendo bastante delicada. A mi esposa y a mí nos enseñaron cómo hacerle diálisis, y regresamos a San Marcos, donde estaban nuestros otros dos hijos. Allí debíamos conectar tres veces al día a esa pequeña criatura valiente y adolorida, a la que no podíamos explicarle por qué tenía que vivir esa tortura. Pero entonces, un año después y sin sustento científico que lo explicara, los riñones de Samuel empezaron a tener algo de funcionalidad. Los médicos suspendieron las diálisis y nos dijeron que lo único que debíamos hacer era cuidar en exceso su dieta y realizarle exámenes de laboratorio casi a diario. Mi hijo seguía con deficiencia renal, pero uno igual se alegra por ese milímetro caminado.

Sin duda, la esperanza es una de las cosas más crueles del mundo. Pasaron apenas unos años cuando Samuel perdió el riñón derecho. Viajamos de nuevo a Barranquilla, él y yo solos, mientras su mamá cuidaba a los otros niños. Y, de nuevo, la soledad de estar en una ciudad que uno no conoce y el dolor de soportar la enfermedad del ser que más se ama en el mundo. Y como si no fuera suficiente, después de la cirugía en la que le extirparon el riñón inservible nos dijeron que el otro apenas funcionaba el 25 %.

Mi hijo alcanzó a vivir otros dos años con la poca capacidad que le ofrecía su único riñón. Jamás probó una hamburguesa y pedía con dulzura que al menos le dejaran olerla. Era el más pequeño del curso, no subía de peso y su desarrollo era mucho más lento que el de un niño de su edad. Tenía 8 años, pero parecía de 5 o 6.

Y llegó el espantoso momento que siempre supimos que llegaría. Los médicos dijeron que su condición exigía de nuevo diálisis o un trasplante. La última opción nos daba dos posibilidades más, dijeron: una, entrar a una lista de donantes y esperar alguno compatible, o dos, que alguien de su familia se lo diera.

Entonces, el 5 de junio del año pasado entramos juntos al quirófano. Al otro día, yo ni siquiera podía moverme del dolor por el gas que utilizan para las cirugías por laparoscopia, y él revoloteaba por la clínica como si nunca hubiera estado enfermo. De haber vivido los más horribles momentos, pasé a experimentar el más feliz de todos, cuando Samuel entró a mi cuarto en el hospital y me dijo que el día que yo no esté, voy a estar vivo en él.

Desde hace un año, mi hijo y yo llevamos una vida normal. A él lo monitorean con frecuencia, pero prácticamente ya puede comer de todo. Y yo vivo como si nunca hubiera habido cirugía. De todo esto me queda la felicidad de que en cada viaje, en cada fiebre, en cada dolor, en cada lágrima, en cada cirugía estuve siempre a su lado dándole el apoyo de papá. Nada de esto lo hubiéramos logrado sin la ayuda del ICBF, Comfasucre, los doctores de la Cardioinfantil y el apoyo de mis amigos y mi familia entera, en especial de mi esposa, Astrid. Sin temor a equivocarme, puedo decir que mi hijo es la persona más fuerte, tierna y con ganas de vivir que conozco. De él he aprendido a valorar la vida tal y como venga y a vivir cada día como si fuera el último.

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