Lo primero que hay que decir es que el Escorpión nació por casualidad, pues lo que yo quería hacer era otra cosa: agarrar el balón con las piernas y no pegarle con los tacos. Me explico: simplemente a mí me tiraban la pelota, yo me estiraba para adelante, como volando, y la apretaba entre la parte trasera del muslo y el huevito que está detrás de la espinilla.


Pero es lógico que haya salido algo así, porque yo me la pasaba tratando de hacer cosas diferentes dentro de la cancha. Soñaba jugadas raras todo el día y luego las practicaba para hacerlas realidad en un partido profesional. Me gustaba salir del área sacándome jugadores, hacer una ‘vueltacanela’ por encima de dos rivales, parar los balones con la cola y amortiguarlos entre las nalgas y el piso para quedar sentado sobre ellos.


La mejor de todas mis jugadas, el Escorpión, nació en un comercial que realicé de Fresco Frutiño en el 90. Salí a jugar con unos niños frente a las cámaras, uno de ellos empezó a ‘tecniquear’ el balón y me hizo una chalaca. Entonces me tiré hacia adelante y traté de agarrar el balón con las piernas, como había practicado, pero me salió algo así como una chalaca invertida y le pegué con los talones. Acababa de nacer el Escorpión. Fue tan importante, que me hizo más famoso que jugar con la selección, que hacer goles de tiro libre, que pasarme jugadores hasta llegar al otro lado de la cancha, que hacerme un cambio extremo.


Yo jugaba en Nacional en ese momento. Cuando empezaron a pasar los comerciales, desde las tribunas me pedían el Escorpión, el Alacrán o la Frutiño. Realmente era esa la que me pedían al principio: la Frutiño. Entonces yo la hacía antes de los partidos y todos quedaban felices. Pero yo estaba esperando un momento para que me llegara un balón bombeado pero templado, a la altura perfecta, y poder realizarla en un partido de verdad. No sabía cuándo la iba a hacer, si contra el Cúcuta, contra Millonarios o contra el Tolima. Preciso se me vino a dar en 1995, en el famoso estadio de Wembley y contra Inglaterra: vi el balón venir y dije “Este sí fue”, y me lancé.


La verdad es que yo vi de reojo que el juez de línea tenía la bandera levantada por un fuera de lugar, lo que hacía el momento aun más perfecto: si el balón pasaba, capaz que dejaba la banderola arriba y anulaba el gol. Pero el hombre quedó loco cuando hice la jugada y bajó la bandera. En ese momento escuché un murmullo en las tribunas que nunca había oído y no volví a oír. Después empezaron las ovaciones. Creo que ha sido la jugada más premiada y celebrada de la historia del fútbol.


El árbitro pitó el final del primer tiempo, llegamos al camerino y, ¡sorpresa!, el técnico ‘Bolillo’ Gómez no me regañó. En cambio dijo: “Si eso lo hubiera hecho un argentino, lo habríamos aplaudido; entonces démosle un aplauso a René”. Y todos me aplaudieron y me felicitaron. Pero en ese camerino nadie entendía la dimensión de lo acababa de pasar hasta que salimos para el hotel y la gente en la calle hablaba del Escorpión. Después prendimos la televisión y los periodistas comentaban la jugada. Y en el aeropuerto solo se escuchaba a la gente que repetía “el Escorpión, el Escorpión, el Escorpión…”. Era una locura.


Todos me decían que era un loco o un genio o un berraco o un adelantado. Y me preguntaban: “¿Y si se hubiera descachado?”. La respuesta siempre ha sido la misma, la lógica: pues habría sido gol y de pronto hasta me habría muerto de la risa. ¿Qué más iba a hacer? Siempre trato de pensar en lo que se hizo y no en lo que no se hizo. Porque si pienso en lo que no se hizo o no ha salido bien... pues sí, allá contra Camerún me la quitaron y fue gol.


El Escorpión me dejó marcado y todavía hoy, a punto de cumplir 45 años, con tres hijos y una nieta, me piden que lo haga en todos lados. Y es muy importante, porque no la inventaron ni Pelé ni Maradona ni Di Stéfano; se me ocurrió a mí, un colombiano. Hace unos años recibí en Mónaco el Premio Golden Foot a la mejor jugada de la historia. Es un reconocimiento a Dios, a Colombia y, sobre todo, a una jugada que todavía me está dando de comer.

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