Se ufanaban algunos viejos exponentes del machismo cavernario de haber logrado que sus esposas les entregaran sus hijos “ya creciditos para no tener que estar cambiando pañales ni lidiando berrinches”. Cualquier paliza que en su opinión les quedara haciendo falta corría por cuenta de ellos, para que niños y jóvenes aprendieran quién mandaba en la casa y para que les quedara claro quién administraba el rejo. El saldo de esas prácticas fue un rosario intergeneracional de violencias replicadas que, en muchos casos, obraban a manera de incubadora de maltratos, odios y resentimientos.

En el fondo, una visión algo brutal de la paternidad, fría, distante, cruel, acompañaba estas actitudes y moldeaba en amplios sectores una sociedad de desamores, venganzas, resentimientos y el viejo dicho: “Cállese o le vuelvo a cascar”.

Por esa época, Pastrana mantenía el diálogo en el Caguán y toneladas de retórica sobre la paz se producían cada mañana, mientras las cifras insistían en demostrar que la gran mayoría de muertos del segundo país más violento del mundo —el nuestro— no eran causados por las Farc sino por las borracheras de jueves, viernes y sábado, por las riñas, por las puñaletas, por la intolerancia, por las soledades, las venganzas y las iras que se gestan frecuentemente desde la primera infancia.

La conclusión era sencilla: no bastaba con la firma de Tirofijo para lograr la paz perdurable. Había que sembrarla a punta de amor paterno y materno, de ternura, de cariño, de besos y abrazos en el corazón de cada colombiano desde su nacimiento. Cuando andaba en esas reflexiones, nació María. María de la Paz Lozano Cruz, para ser más exacto. La vida mía. Y sentí el imán colosal de un amor infinito que me impedía dulcemente desprenderme de ella.

Entonces llamé al departamento de personal de Citytv para informar que no me movería del lado de mi hija y de mi esposa, y que pretendía quedarme muchas horas abrazándolas, queriéndolas, acompañándolas.

—Bueno, declárese en calamidad doméstica y tómese tres días —me contestaron.

No entendí. ¿Cuál calamidad doméstica? ¡Si yo era el hombre más feliz de la tierra! Tres miserables días, mientras yo quería quedarme el resto de mi vida con esta pequeña.

—Si no hay calamidad doméstica, tiene que venir a trabajar. Es más, ¡está capando el día de hoy sin licencia! —me terminaron de decir.

—¿Y mi licencia de paternidad? —pregunté.

—¿Cuál? ¡Aquí no hay de eso!

Esa misma noche escribí el primer borrador de la ley de licencia de paternidad. Esa misma noche también emprendí la feliz aventura, sin ser senador entonces, de hacer aprobar una ley que pudiera garantizarles a todos los recién nacidos de Colombia el derecho superior de recibir tiempo, amor y compañía de sus padres y madres; de ser destinatarios de dosis ilimitadas de afecto durante sus primeros días de vida, no solo de la mamá sino también del papá, en una sociedad con tantos padres ausentes, evadidos y alejados.

Un año después, la Ley 755 de 2002 estaba aprobada tras decenas de sesiones, llamadas, intensos debates y crueles presiones de quienes, alegando sobrecostos empresariales, se opusieron a ella. Fue duro porque eran muy poderosos, pero les ganamos. Así, en la bitácora del alma han de quedar para siempre esas huellas del amor paterno que permitieron, además, que todos los padres de Colombia puedan gozar con el más maravilloso de todos los roles de la vida.

—Lozano, lo logramos —me gritó una mamá con un bebecito en brazos.

—¿Qué logramos, mi señora? —le pregunté.

—Que el exborracho de mi marido dejara el trago.

—¿Y cómo?

—Durante la licencia de paternidad: se levantó una mañana, cargo al bebé y, como si algo mágico hubiera sucedido, juró no volver a tomar trago.

No sé si esta sea mejor terapia que la de alcohólicos anónimos, pero de lo que sí estoy seguro es de que la Ley María abre la puerta para que operen los dulces milagros derivados de asumir, desde el fondo de las entrañas, una paternidad amorosa y constante.

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