Fue mi abuelo quien intentó crear la tradición de que todos aprovecháramos el apellido y nos llamáramos como la familia del Libertador.

El problema es que como el prócer no tuvo hijos, al menos no reconocidos, la cosa murió conmigo. Tengo 46 años, soy gerente de UNE EPM para la región norte de Colombia y no tengo caballo.

Hace tiempo, cuando trabajaba en un banco, una cliente llamó furiosa al supervisor a decirle que un compañero que se llamaba Julio Iglesias y yo, Simón Bolívar, le estábamos tomando el pelo con su cheque rebotado. Ese mismo día nos separaron de oficina, porque los dos ‘personajes’ no podían estar en el mismo lugar. A pesar de eso, ser el Simón Bolívar costeño es una gran herramienta: a nadie se le olvida mi nombre.

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