Entonces van a decir: “Es Fontaine, no solo no se ha quedado quieto, sino que su récord aún está vigente”. No fui yo el que salió con esas, sino Mario Zatelli, mi gran amigo hasta que nos dejó, a los 91 años. Gracias a él pude hacer una carrera en el fútbol francés. Fue Zatelli quien me vio jugando en el Casablanca, equipo del que él también había hecho parte, y no descansó hasta que pudo traerme al Niza, que dirigía en ese momento.

Me dicen Justo, porque mi madre es española. Mi padre había emigrado de Normandía a Marruecos, donde nací, y trabajaba en la industria del tabaco. Pero fue en Francia donde me consolidé y fue con la selección de ese país que triunfé. Por ejemplo, en mi debut, contra Luxemburgo, hice tres goles en un partido que ganamos 8 a 0.

Estuve a punto de perderme el Mundial de Suecia 58, porque había tenido una lesión el año anterior. Pero pocos meses antes del campeonato, René Billard, que estaba en el Reims, equipo con el que yo jugaba, se lesionó y me convocaron. Yo estaba muy descansado y lleno de energía por mi convalecencia. A Suecia viajamos en avión y llegamos con mucha anticipación, tanto que nos decían: “Fueron los primeros en venir y serán los primeros en irse”.

Las condiciones de alojamiento eran decentes. En ese entonces no existía la opulencia de hoy en el fútbol: las marcas no lo patrocinaban todo y, si acaso, daban premios a los jugadores destacados. Yo llevaba dos pares de guayos, uno para terrenos secos y otro para canchas húmedas, pero llovió tanto que entregaron el alma a Dios antes del primer partido. Así que mi compañero Stéphane Bruey, que era talla 41, como yo, me prestó los suyos. Con esos jugué y marqué 13 goles. O, pues, 12, porque uno fue de cabeza.

A veces pienso cuál fue el más importante y digo que todos. Recuerdo el primero: vamos perdiendo contra Paraguay, Piantoni me pasa el balón y lo llevo 40 metros antes de patear. Recuerdo, además, que ese mismo día metí otros dos. Y cómo olvidar la dupleta a Yugoslavia, o el que marqué contra Escocia o los dos a Irlanda. También anoté contra Brasil, pero ese día ellos tenían al gran Pelé, que nos metió tres goles. Nuestro último partido fue contra Alemania, ¡les hice cuatro! Gracias a eso quedamos de terceros, algo muy importante porque nadie se acuerda de los cuartos.

Un año después, en un partido contra el Sochaux, me partí la pierna en tres. Entre el 60 y el 61 se lesionaron también Kopa y Piantoni, sin sus tres delanteros, Francia perdió frente a Rusia la oportunidad de jugar el Mundial de Chile 62.

Apenas acababa de recuperarme cuando me lesioné de nuevo. Era el primero de enero de ese año y jugábamos contra Limoges. Alcancé, eso sí, a estar en una gira que hicimos con el Reims por Suramérica y que nos llevó a jugar contra Millonarios en Bogotá, pero al final tuve que admitir que no daba más y me retiré por siempre. Tenía 28 años.

Como no quería dejar el fútbol del todo, estudié para ser técnico. Quedé de primero en mi promoción, pero una norma del momento decía que para ser entrenador de equipos profesionales tocaba tener 35 años. Entonces monté una tienda deportiva y me dediqué a dirigir equipos aficionados hasta dicha edad.

Luego fui el primer DT del recién fundado París Saint-Germain y logré subirlo a la primera división. También dirigí la selección francesa, aunque solo durante dos partidos: yo era también el presidente del sindicato de jugadores y, en ese papel, resultaba incómodo para algunos dirigentes, así que cuando perdimos mis dos primeros partidos, dos amistosos, me sacaron.

Aunque en el 58 no daban botines de oro a los goleadores, el exdelantero inglés Gary Lineker me trajo en 1997 un botín de oro de regalo y me dijo que yo lo merecía tanto como quienes lo han recibido oficialmente. Es uno de los trofeos que guardo con más cariño.

Hoy en día tengo 80 años, voy con frecuencia al estadio y, así sea por televisión, no pienso perderme un solo partido del Mundial. Trabajo como pronosticador de un periódico especializado en apuestas deportivas que se llama Lotofoot. Allí doy mis opiniones, que suelen ser acertadas. La gente verá si me cree, pero yo, por principio, no apuesto nunca. Durante años escribí también para el diario La Dépêche y fui comentarista invitado en radio y televisión.

Ahora que recuerdo mis tiempos con la selección francesa, con la que metí 30 goles en 21 partidos, creo que el número 13 me ha traído buena suerte. Yo hubiera podido hacer 14 goles en el Mundial si hubiera cobrado un penalti que nos pitaron, pero lo hizo mi amigo Kopa. Años después, me mudé a una casa ubicada en el 11-13 de la rue Franc de Toulouse y dije: “Si puedo quitar la placa del 11 y nadie me dice nada, aquí me quedo”. Eso hice y aquí sigo: todavía no es el año 3000, pero mi récord sigue vigente.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.