En el momento que nos dieron la copa con ese líquido amarillento, que parecía un ron cualquiera pero que estaba muy lejos de serlo, pensé que no sería capaz de tomármelo. Pero la cosa cambió cuando el guía, típico vietnamita mueco y pequeñito, nos ilustró sobre las bondades del “snake wine”, o vino de culebra, en un inglés bastante precario. En ese momento, vi que varios de los turistas que me rodeaban estaban dispuestos a beberlo sin asco y sentí una mezcla rara de curiosidad y osadía. Fue entonces cuando decidí seguir las palabras del gringo que estaba a mi lado: “What the hell, let’s do it!”, una frase que en colombiano quiere decir algo así como “¡Qué hijuep..., hagámosle!”.

La sangre de culebra es uno de los principales ganchos para convencer a los más de cinco millones de turistas que aterrizan en Vietnam cada año de que visiten la región del delta del río Mekong, ubicada a unas dos horas en bus de Saigón o Ho Chi Minh, la urbe más grande del país. Allí, en el suroeste, se encuentra la pequeña ciudad de My Tho, donde se coge una lancha para visitar los poblados cercanos que bordean el río y observar a su gente y sus casitas rústicas de colores que parecen detenidas en el tiempo hace décadas. En las agencias de viajes donde se compra el tour de un día que lo lleva a uno por los canales y senderos que colman esa región, le advierten que la aventura tendrá una sorpresa etílica que lo revitalizará, aumentará su potencia sexual, mejorará la calidad de su sangre y lo volverá ágil de cuerpo y mente, como una serpiente.

Pero, como contaba un reportero del periódico The Washington Post en una crónica de viaje, el vino de culebra no sirve de viagra ni lo convierte a uno en un ser más sagaz y lúcido. Todo lo contrario: uno se vuelve lento, empieza a hablar enredado y se ríe por estupideces. Eso sí, la “prenda” hace que las mujeres se vean más bonitas; incluso las lugareñas, que, con todo respeto, no son lo que uno podría describir como “bellezas”. La verdad es que tomar vino de culebra me pareció como beber aguardiente: es fuerte al principio, quema un poco la garganta, tiene un dejo anisado y después del segundo trago uno empieza a sentirse algo torpe y eufórico.

El paseo que lleva al comedero donde probé dicho brebaje —una caseta de techo de lata y sin paredes que no se merece el título de bar o restaurante— incluye recorrido en canoa, excursión en bicicleta destartalada por una villa típica, visita a una finquita apícola y el clásico final por un mercado ambulante donde venden “la mejor miel de Asia”, “las mejores artesanías de madera de Asia”, “las mejores pinturas de paisajes de Asia” Porque el objetivo de todo plan turístico en Vietnam es que uno compre y consuma más. Yo, como buen turista, me llevé un “non la”, sombrero típico en forma cónica que parece la caperuza de una lámpara.

Antes de probar el vino de culebra, el guía, que parecía un extra de la serie de guerra ochentera Misión del deber, sacó una pitón viva aparentemente inofensiva de unos dos metros de largo para que todos los curiosos nos la lleváramos al cuello y nos tomáramos fotos. Luego explicó que la sangre de estos animales es “medicinal” y por eso los vietnamitas la toman hace siglos. Contó también que se produce al sumergir serpientes cobras agonizantes en tarros de vino de arroz o en alcohol puro, y que al líquido final le agregan la sangre de esa misma culebra para potenciar el efecto. El primer shot viene gratis con el tour, los siguientes cuestan un dólar; o dos, si uno es mono; o tres, si tiene pinta de jeque árabe. Se puede comprar en botellas, cuyo precio también varía dependiendo del “marrano”, pero digamos que el promedio es de 20 dólares. Y si usted es de los que les tienen miedo a las serpientes, puede comprarlo con escorpiones o estrellas de mar dentro de los envases, que suelen ser botellas recicladas de agua o de whisky.

El recorrido terminó para mí en un restaurante a la orilla del río, donde el mismo gringo que me había impulsado a tomarme el vino —que resultó ser de esos cuya única motivación en la vida es visitar países subdesarrollados— me confesó que conocía Colombia, que todavía soñaba con sus mujeres, que le encantaba su comida.?Y ahí, al otro lado del mundo, todavía a medio palo por los efectos de la sangre de culebra, imaginamos que My Tho era un pueblo perdido en el departamento del Tolima, que el río Mekong era el Magdalena y que el licor de serpiente era guaro. Y fue entonces cuando repitió “What the hell, let’s do it!”, y sacó una botella que acababa de comprar para que brindáramos por última vez con ese trago del demonio.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.